Fragmento de “Charapo” de Pablo Apablaza |Editorial Cuneta, 2016|

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Una muñeca, un cuchimilco de juguete se mezcla con aire pesado, la imagen de la subida a la sierra y mi casa de adobe, seca y fría. Mi mujer sancocha carne y pica cebollas. Estoy en la puerta, preparándome para decir adiós, sin saber por dónde comenzar. Fue la última vez que estuve con ellas, el día que me marché a Santiago. En la casa ya no había más luz. Los vidrios de la ventana, los muebles de la sala, los armarios y las camas desaparecieron.

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No contestaron. Dejé un par de mensajes en la operadora. Llamé a la casa de sus papás. Mi suegra dijo que vio a mi mujer y a la niña la semana pasada. Pedí que me llamaran pronto. Volví a la cabina telefónica. Sonaba ocupado. Llamé a mi cuñada. Supe que estaban bien. Mandé dinero.

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Llegué a la fábrica de bordados repleta de máquinas PR655C. Presenté mi currículo. Nadie lo miró. Me pidieron la visa. Mi jefe era un chino al que apenas se le entendía lo que hablaba. Tenía un capataz: Santelices. Calculaba medidas, entraba y salía de la bodega con bolsas de tela. Al principio me demoraba. Camacho flojo, me decía Santelices. Él usaba poleras con cuello ancho, largas, que tapaban su barriga. Sus ojos siempre dilatados. Se echaba gotas. Caían al piso. Santelices las secaba con el pie y me miraba lloroso. Y el chino, tras él, medía un rollo de tela y lo volvía a doblar.

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Caminé de Plaza de Armas hacia el norte. En el centro de llamados me dieron la dirección de unas piezas. Toqué la puerta y una peruana no quiso abrirme. Dijo que la dueña no recibía a nadie, pero yo tenía para dos meses completos y ahí me dejó entrar. Un hombre, Charls, mencionó que una pieza sobraba. Cuando hablé con la dueña, le dije que ya tenía trabajo pero no contrato. Estuvo a punto de echarme. Su boca se descarrilaba y tiritaba. Su nombre era Luisa. Podía quedarme si los otros arrendatarios no tenían problema. Subí a dejar mis cosas. Luisa dijo que debería acostumbrarme a la casa. La pieza daba al pasaje. Quizá se refería al ruido.

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La mujer se llamaba Diana. La encontré en la cocina. Aunque le dije que esperara, se acercó y bajó mi cierre. Intenté contenerme, pero terminó limpiándome con su boca. Subimos a mi pieza y nos acostamos. Besé su cuello. Toqué sus tetas. Miré la foto de mi esposa y mi hija. Dejé de moverme. Pensé en Diana, en las luces que entraban al cuarto e iluminaban sus pezones negros. Cholitas dieron vueltas en mi cabeza, resplandecientes como luces de neón. Me sumergí en las sábanas para que esas imágenes me sacudieran, se movieran y no pararan aunque mis ojos se cerraran. Las sábanas me enrollaron. Dejé de abrazarla.

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Me metí a la cabina. Pagué tres mil pesos por media hora. No contestó mi esposa. Hice lo mismo que la vez anterior: llamé a los papás de mi mujer, que no la veían hace tres semanas. Llamé a mi cuñada. Titubeó. Dijo que no sabía nada. Cortó y redisqué. No podía decirme. Cortó. Llamé a mis suegros. Me dieron un número. Marqué. Respondió mi hija. Un hombre la hizo callar. Habló mi esposa. Se fueron a vivir a otra parte y con un nuevo papá para la niña. Gastó toda la plata que mandé. Corté

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Antes de subirme al bus, cuando oscurecía en Arica, me comí unas papas fritas. Sentí sed durante todo el viaje. La sal exprimía mis labios. Esa sensación se extendía, una incomodidad en la parte baja de la espalda, una puntada que aparecía a ratos y me despertaba. Cuando venía por La Serena olí el mar. Estaba fresco. El bus se detuvo unos veinte minutos. Salí a comprar. Eché una lata de cerveza en una bolsa negra. Me quitó la sed. Una niña pequeña se sentó a mi lado. Movía sus piecitos, se sacaba las sandalias y cubría su cara con las manos como si llorara. Atrás se sentó su mamá. En un momento hicieron cambio de asiento. Ella no duró mucho rato a mi lado. Quizá me encontró hediondo, pasado a fritura o a chela. Cuando llegamos a Santiago, me ardieron los dedos. La puntada en mis riñones pasó a ser una puntada en mi pulgar, aunque nada me había apretado ni golpeado.

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El viento descorrió la cortina y un gato se asomó por la ventana. Recogí mi ropa del piso y la olí. Miré mi codo para ver si tenía una herida. En la camisa había sangre, olor a vagina y menstruación. Vi caminar al gato en la calle. Me tocaba ocupar la lavadora los domingos. De Tarata me traje tres camisas, dos poleras, dos pantalones, cuatro calzoncillos y algunos pares de calcetines. Unas botas que servían para todo allá y también acá. Tenía que usar mi propio detergente pero aún no lo compraba. Puse la opción de lavado rápido. Pedí prestado el tendedero a Luisa. Podía dejarlo afuera pero temí que los niños jugaran con mi ropa, se robaran mis calzoncillos, usaran como guantes mis calcetines o cayera caca de paloma en mis camisas. Así que tendí las cosas en mi cuarto. Daba un poco de sol. No importaba si la ropa se humedecía. El gato caminó por el pasaje hasta que lo perdí de vista.

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Volver no tenía sentido si mi familia no quería verme. Cuando llegué al consulado, pregunté a una mujer dónde ver lo de mi visa. Caminé por un pasillito para encontrar el despacho. Crucé a mi izquierda. Encontré un par de asientos, el mesón y la única fila de esa sala. La casa era antigua y blanca, de dos pisos. Esperé una hora, parado. Escuché que tuvieron que llevarse a un peruano detenido por falsificar sus papeles. La secretaria dejó de atender. Había diez personas antes que yo. Leí los carteles y traté de memorizar lo que decían: trámite de residencia traiga cédula pasaporte contrato. Pasé el rato dictándomelos. Di mi DNI de extranjero para que revisara mis antecedentes. Dijo que no asistí a ninguno de los tres juicios que hicieron allá en el Perú. No podía acercarme a mi esposa ni a mi hija. No era violencia intrafamiliar, era algo así como violencia por abandono. Ni siquiera ella entendió la información de su computador. Si entraba al Perú sería inmediatamente arrestado. Eso fue lo único que me quedó claro.

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No había patios en las casas del pasaje. En el día, los pájaros se posaban en las tejas. Se agrupaban palomas y los gatos las asustaban. Bajaban por unas aberturas del entretecho que no fueron cerradas. Propuse a Luisa arreglarlo, junto al Charls, un fin de semana, siempre que nos hiciera una rebaja en el arriendo. No aceptó. Pensamos que era mejor así. Me encontré desnuda a la Diana en el baño. Estaba la puerta sin pestillo y ella, recién bañada, secándose. No hizo nada y entré. Le apreté la colita y ella me gimió en la oreja. Eso hizo que la tirara al suelo y la abriera de piernas, sin que importara si nos ensuciábamos ni por qué hoyo se la metiera. Salí antes de correrme. Diana estaba roja, sudada, y le dije que nos bañáramos. Nos metimos a la ducha. Apenas cabíamos pero me la chupó.

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El olor a basura venía de un rincón de la pieza. Era como el de una chucha sangrona. Cuando llamé a la Diana, sentí que el olor me rozaba la cara. Las sábanas rasmillaban mis piernas, no me dejaban dormir. Se acostó conmigo, se colocó de espaldas. El olor a vagina de nuevo. No era ella, me di cuenta. Fui al baño. En el espejo, dos manchas de acné que quedaron allí para siempre, mi pelo tieso, una barba sin crecer. Me desvestí: mis piernas cortas, mi cuerpo acajonado, la barriga. En el cielo del baño unas manchas cafés. Eran hongos. Intenté limpiarlos con pedacitos de papel higiénico. El cielo se descascaró. Los restos de yeso cayeron en mi pelo y el cerámico. Los eché en una bolsita. A la mañana siguiente, Luisa le convidó a la Diana ajo, romero y le dio un rosario. Me dijo que la acompañara a la iglesia. Sus papeles vencían pronto y trabajaba sin contrato. Fuimos a la que queda cerca de la Vega. En la entrada, por los bordes, relucían los rosetones y las esculturas de vírgenes. Ella se arrodilló. Tiré unas gotitas de agua bendita en mi frente. El olor de la Vega se confundía con el de la cera quemada. Recorrí las pinturas del Vía Crucis. Tomé el hombro de Diana y nos fuimos.

Pablo D. Sheng

Pablo D. Sheng

(Independencia, 1995)
Fue parte del taller de poesía de la Fundación Neruda. Obtuvo el premio Roberto Bolaño de novela. Publicó Charapo (Cuneta, 2016).
Pablo D. Sheng