Fragmento de “El Coronel” por Cristóbal Riego | Novela | Inédito

Fragmento de "El Coronel"  por Cristóbal Riego

Ilustración Delnudo

Por las mascotas y sus dueños no siento más que un sano, afilado y plácido resentimiento, porque ellos me enrostraron su felicidad y la profundidad de su vínculo durante toda la infancia. Uno entraba a la sala de clases y un compañero decía: ayer se murió el Bob Esponja, o el Luigi, o quien fuera –uno de esos nombres ridículos que surgen cuando los padres dejan el nombre a cargo del hijo–, lo encontramos estirado debajo de la escalera, duro como palo. Todos los otros niños se acercaban y lo consolaban. En torno suyo se congregaban fuerzas que yo no entendía pero quería para mí, y el niño falsamente triste decía: quería tanto al Luigi, lo amaba, era un miembro más de la familia, y así se le podían morir familiares todo el rato, uno por cada mascota. Se ganaba el permiso para saltarse clases, faltar a las pruebas y recuperarlas cuando quisiera y atraía amistades y condescendencia como la leche condensada atrae a los niños gordos. A mí no me dejaban tener mascotas, mi mamá rechazó mi sugerencia de tener un gato con la extrañísima excusa de que le daba miedo saber que había alguien en la casa cuando sentía que tenía que estar vacía. No se negó alegando que los departamentos fueran demasiado estrechos para los animalitos y el gato iba a querer jugar, no dijo que fuera mucha responsabilidad para un niño, sino que le daría vergüenza salir de la ducha y darse cuenta de que el gato estaba ahí, mirándola con esos ojos que parecen expresivos pero que al centro tienen algo así como un vacío, tal vez un raro efecto de la luz, y hasta ahí llegó la discusión.

Mi papá también dijo que no porque es un monstruo alérgico y odia a todos los animales domésticos. Es el típico hombre que cuando entra a una casa con mascotas –la de mi abuelo, por ejemplo– reacciona como si evidentemente fueran una molestia para todo el mundo: pregunta a los dueños de casa por qué no fueron capaces de encerrar al bicho, como si ese bicho no tuviera derecho a compartir nuestro espacio.

Así me gané el desprecio de mis compañeros de colegio. Ni siquiera tuve el consuelo que podía entregarme una mascota, porque no merecían ese título mis estúpidas tortugas ni mis pescaditos de 600 pesos que compraba en una tienda en Providencia. Por esa plata conseguías unos pescaditos raquíticos, anémicos, a veces con la aleta dorsal picada, que con suerte duraban un par de meses. Mi abuela me llevaba a comprarlos, y en la casa les tenía un tanque enano que nunca lavaba, y cuando mi mamá me decía que los tenía nadando en su propia caca, que estaba segura de que eso en algunas partes del mundo era usado como tortura contra los enemigos del gobierno, yo le respondía que lo hacía sin intención, que lo que pasaba era que se me olvidaban porque eran muy fomes. Y tenía razón: nadaban todo el tiempo en círculos hasta que de repente se pegaban al vidrio y seguían en línea recta, sin darse cuenta de que no avanzaban durante horas. Los miraba y pensaba en que una vez había escuchado o leído que desde el centro de una pecera redonda se podía hacer una interpretación completa y adecuada de los movimientos del universo, solo que distinta a la nuestra, y me decía que mi pecera no era redonda, y que aunque lo hubiese sido esos pescados no eran capaces siquiera de darse cuenta de que tenían un vidrio pegado a la nariz, qué iban a trazar los movimientos de los planetas. Ahora lo tengo más asumido: yo era nerd.

Las tortugas eran un poco menos fomes. Su única gracia consistía en que las podías sacar al aire durante un rato, y correteaban por el piso desesperadas, directo a esconderse a los lugares oscuros. Me imagino que para ellas lo normal era buscar un rincón sombreado y húmedo y descansar hasta reproducirse o quién sabe qué, sin duda una meta noble, pero que causaba que se perdieran constantemente. Después de unos días aparecían totalmente resecas, convertidas en heroicas sobrevivientes, o alguien encontraba sus cadáveres, al mover el sillón o el refrigerador una vez al mes para hacer la “limpieza profunda”, como decía mi mamá. Comían unos camaroncitos que parecían estar apanados, pero yo los probé y la verdad es que eran asquerosos. A esas tortugas las quise tan poco que cuando mi mamá las regaló yo ni siquiera me di cuenta. Aunque tal vez estoy exagerando, sí lloré a uno de mis peces que se llamaba F, porque ya a esas alturas se me iban agotando los nombres: se habían muerto el Harry Potter y el Cocodrilo y mi única pescadita, Marie Curie, aunque creo que eso de que fuera mujer lo inventé, tal vez muchos de los otros eran mujeres y yo los bautizaba con nombres de hombre. Estaba el Robert Plant y el King Crimson y uno increíblemente fome, que no se movía y según mi mamá tenía depresión: se llamaba Escuela de Rock; el Gokú, el Pedro y el Picapiedra, el Célula y el Molécula y el Átomo, había millones, muchos otros que he olvidado, y era tal el volumen de nombres que tenía que poner que empecé a optar por sistemas ordenados. Partí con los libertadores de la Patria: José Miguel Carrera, Bernardo O’Higgins, Manuel Rodríguez, y mi papá me obligó a agregar al general San Martín, pues me dijo que había sido indispensable la ayuda de nuestros vecinos. De ahí en adelante me quedé en blanco, no conocía a otros libertadores, por lo que le puse a uno Salvador Allende, que según mi abuelo era tan bueno como los otros, y me cambié de criterio a los modos musicales: Jonio, Dorio, Eolio, Frigio, Lidio, Locrio, y como se me acababan incorporé las variaciones, y se volvía cada vez más difícil diferenciar al Lidio del Mixolidio, al Frigio del Hipofrigio, aunque mi mamá, a pesar del enredo creciente, conservó siempre la capacidad de nombrarlos correctamente a todos, o tal vez se aprovechaba de mi confusión y le daba a cada uno, con confianza, un nombre cualquiera. Finalmente quedamos de acuerdo en que el abecedario nos serviría, al menos por un tiempo: F era el sexto pescadito en un legado que iba de la A a la Z. Estoy seguro de que lo lloré para participiar de ese sufrimiento bacán que le veía a mis compañeros: F no había sido para mí más importante que los otros. Cuando por fin se murió, cosa que esperaba con ansias, pinté una cajita de fósforos en su honor y lo enterré con una cruz formada por dos palos de helado pegados con cola fría. No era católico, pero me pareció que una cruz era lo apropiado, y obligué a mis papás y a los otros niños del barrio a formar parte de la procesión, los hice armar una fila y a que uno a uno me dieran su más sentido pésame, que era algo que había visto cuando se murió mi abuelo, no el que yo quería sino el viejo hijo de puta que se había escapado con toda la plata, y luego lo enterré debajo de unos arbolitos que había en la parte de atrás del condominio y derramé una lágrima discreta, hay que ser digno en el sufrimiento, me dije, nadie debe darse cuenta, así que les di a todos las gracias con tranquilidad, sorbiéndome los mocos, y les pedí que ahora por favor me dejaran solo con mi familia, pues teníamos mucho en que pensar. Mi papá y mi mamá me consolaron a pesar de que creían que estaba exagerando, que no era sano que un niño hiciera tremendo espectáculo por un mero pescado: tal vez es hipersensible este niño, deberías considerar llevarlo al psicólogo, mujer, escuché luego que le decía mi viejo a mi mamá en voz baja, mientras pensaban que yo me distraía leyendo.

 

Cristóbal Riego

Cristóbal Riego

Nació en Santiago en 1993.
Cristóbal Riego

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