“Aprender a pescar” por Gabriel Zanetti

 

 

 

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Fotografía Fran Mella |  Colectivo Haluro |

 

Aprendí a pescar solo. Un día me aperé con una caña, carrete, nylon, destorcedores, anzuelos, algo de ferretería y partí. Los nudos, el modo de encajar un gusano, el funcionamiento de todo, se puede aprender sin muchas complicaciones investigando en internet. Pero eso no es saber pescar.

Mi abuelo era pescador. Lo vi arrancarse al sur durante veinte años, generalmente para la apertura de la trucha, en la segunda semana de noviembre. Alguna vez escuché a mi tío decir “y si llevamos a Gabriel”, a lo que don Héctor respondía “tal vez el otro año, todavía está muy chico”. Ese año nunca llegó. Cuando tuve edad él ya estaba muy viejo. Luego, enfermo.

Cómo guardarle rencor por eso a alguien que se portó tan bien conmigo. A veces iba con mi tío, otras, las más, con amigotes. Me producía cierta ansiedad escuchar su auto cuando llegaba. Sabíamos la fecha de regreso, además, teníamos la costumbre de ir a su casa cuando volvía para comer pescado. Yo le abría la puerta, lo ayudaba con los bolsos. Él tomaba la “Coleman”, la ponía sobre la mesa y la abría. Truchas arcoíris, fario, salmones, entre un montón de hielo casi transformado en agua

A veces mi abuelo salía a la terraza con sus cajas de pesca. La primera vez que la abrió traté de tomar una mosca, pero me corrió enseguida, diciendo que era peligroso. Ahora que lo pienso era una especie de mundo vedado, del cual podía percibir una forma de maravilla y goce impostergable, a pesar de que no había ningún relato además de las acciones descritas.

La Boca de Rapel fue el lugar donde pesqué por primera vez. La primera tarde allí me fue mal, como a todo pescador de vez en cuando. Lo pasé bien, pero me prometí levantarme temprano sí o sí y enfrentar el río, que estaba magnífico a las siete de la mañana, lleno de vapores y silencio interrumpido solo por miles de garzas al volar todas juntas y hacer chocar sus alas, cuyo sonido se pixelaba en el aire. Igual les echaba unas chuchadas mientras las veía volver a sus islas, cuando no has pescado nada comienza la neurosis del silencio, mañas y cábalas varias. No hay nada peor que aparezca gente y que se acerque donde estás instalado. Ni hablar de los de verdad, aquellos que se ganan la vida con esto, que suelen hacer desprecios, bullying, justificado por lo demás. Un amigo preguntó en una salida ¿qué es eso que llevan ahí? “Pescado, pos ahuevonado”, respondieron.

Los pescadores como uno son un cacho. A grandes rasgos hay dos tipos: el sociable y el antipático. Este último jamás te dice con qué señuelo está pescando, a pesar de tener una bolsa llena de róbalos y pejerreyes, que es lo que sale ahí. Responde “no cacho”, “con cualquier cosa”, si anda de buen humor te manda a recoger pulgas de mar o te dice “con cualquier huevá que brille”. Por lo menos es sincero y no da la lata como el sociable. De estos hay dos tipos, “el profesor”, un latero por antonomasia, te dice cosas como “deja ver tu armada”, te interroga por el grosor de la línea, el número del anzuelo, el peso del plomo, siempre encuentra todo mal y comienza a dar cátedra “el pejerrey más bien succiona en vez de morder”, etc. El otro tipo dentro de los sociables es el alcohólico.

Me olvidé de todo y salió un pejerrey enano que devolví al agua. Luego de eso me dediqué a observar el río. Noté ciertos vapores anormales, leves burbujeos que nunca había apreciado y comencé a lanzar el anzuelo en esos sectores y me fue bien. He dicho “me olvidé de todo”. Al parecer esa es la epifanía, una modalidad de trance, de meditación. Hace no mucho me encontré con un poeta en el Regenbogen y hablamos de salir de pesca. Al final de la conversación me dijo “nunca he vuelto a sentir lo que experimenté pescando con mi tío cuando tenía diez años”. Lo dijo con un tono diferente a lo que habíamos hablado antes, como si las palabras por si solas no bastaran. Me fui pensando en eso mientras caminaba a casa. Para mí la pesca es de las pocas experiencias no verbales que tengo con el mundo. Más aún: de las pocas experiencias no verbales con las que estoy en el mundo. Como si el nylon y el anzuelo te conectaran a una red desconocida o ignorada.

Gabriel Zanetti

Gabriel Zanetti

Santiago, 1983. Ha publicado Cordón Umbilical (Spleen Ediciones + ML Ediciones 2008, Malaletra Editores, 2009) y Prohibiciones y títulos (Lecturas Ediciones, 2015). Es productor literario en Ediciones UDP.
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