ANTES DEL OTOÑO | CUENTOS | IVAN TEILLIER | LECTURAS EDICIONES

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Foto Revista Desastre | Cuentos | Iván Teillier | Lectura Ediciones

Antes del otoño

Entró dando zigzagueas chaplinescos. El paquete se le deslizó en el mesón mientras apoyaba los codos entre un par de botellas vacías.

La cajera, la sin par Rosita, lo conocía bien. Arribaba cada anochecer con sus libros manoseados que ofertaba de mesa en mesa a los parroquianos, por lo general, renuentes a convidarle un vaso de vino.

−Parece que no le ha ido muy bien ahora último −Pablo muequeó y desvió la mirada de sus ojos pardos bulbosos semejantes a los de Peter Lorre. Estudiaba las dos mesas del fondo del establecimiento. En la de la izquierda jugaban una partida de dominó el ex pugilista de sempiternos tics visuales; el frutero de la esquina de Portugal con Diez de Julio, y el jovenzuelo experto en reparaciones de “artículos eléctricos y otros”, según rezaba la pretenciosa tarjeta que repartía a troche y moche los viernes, días de concurrencia masiva y heterogénea.

“Noche perruna. Qué fría, además. A ver, don Pablo, vamos viendo: saldo actual contante y sonante no suena ni resuena. Por tanto deberé ingeniármelas para cancelar lo mínimo e imprescindible: alojamiento. En lo referente a la mercadería, el capital, digamos, tengo −dobló el pulgar de la mano− uno; dos −el índice− tres −el dedo del medio− tres –susurró: Ercilla, Inventor de Chile, con excelente empaste, comprados a precio de huevo en la liquidación de Rivano. A menos de diez pesos no los doy ni amarrado. Diez cada uno, ejem. Ay, qué sed, por la Madonna. Cuento también con algunos Corazón, un poquitín grasientos, pero igual pasarán a otras manos. En buen estado y para salir de apuro hay dos Mujercitas con ilustraciones… “

−¿Pidió algo?

La gorda exhibió al sonreír una dentadura digna de estrella cinematográfica, observó Pablo. Miró en seguida, con indisimulado nerviosismo, hacia la mesa de marras. No, definitivamente el campeón de categoría medio mediano del campeonato de boxeo de los barrios en 1948, el crédito del Deportivo Unión Central, no era, ni sería lector de D’Amicis.

−No alcanzan las fuerzas para una pedida en forma, Rosita. Ocurre que… −rompió a toser, una tos persistente que lo molestaba desde inicios de marzo cuando aún el sol calcinante de la ciudad recibía sus denuestos mientras traqueteaba por calles y avenidas.

−Está resfriado, es todo −lo interrumpió la cajera−. Quizás dónde durmió anoche el niño…

Pablo contuvo el lagrimeo con un trozo de camisa desteñida que usaba a guisa de pañuelo.

Un nuevo y aún más violento acceso de tos lo cumpulsó a tomarse del borde del mesón.

−…Ocurre, fíjese, que no dispongo de un ochavo siquiera. Se trata sólo de una caña para componer “la corporación”, ¿sabe? Qué lío. Luego recomenzaré mi recorrido habitual, si san Sebastián quiere, noble, bendito soldado romano mártir, no me abandones en esta difícil hora.

Ya repuesto, con los ojos lagrimeantes, desorbitados, insistió: −En un rato más le cancelo. Permítame hacer un negocio por ahí primero. Me tengo mucha fe.

La cajera se limitó, ablandada por fin, a preguntarle: −¿Blanco?

−Elemental, pues Rosita.

Siempre bebía solitariamente. ¿Cuántos años hacía que vagaba entre restoranes de baja estofa: clandestinos situados en barrios de bronca y malolientes cocinerías? Al menos diez, concedió. A partir de su exilio voluntario de Loma Colorada. Subió al tren al norte en un verano que se perdía en su memoria cada vez más frágil. Con lo puesto, más el colchón de plaza y media y el volumen ajado de Pickwick Paper’s, aporte de la biblioteca liceana. ¿Por qué había tomado tal determinación? Su padre no lo quería ver ni en pintura, le dijo. Y su madre y las cuatro hermanas ya no lo soportaban. Pues, recién egresado del Liceo Mixto local, sin tener nada qué hacer, dedicaba sus días de ocio (Ocio: leer ante una mesa de la Biblioteca Municipal; caminar sin rumbo por las calles polvorientas del estío y enfangadas del invierno; charlar en torno a una botella que nunca era una sola, con sus amigos en algún chinchel cercano a la Estación del ferrocarril…).

Hasta que un amanecer de cielo límpido partió feliz en el “tren de los curados”, demorando un día en llegar a Santiago, su meta anhelada.

Acusaba como nunca antes el frío cuyas agujillas le pulsaban el cuerpo retaco que había ganado el apodo de “Napoleón” en sus días liceanos. El frío lo flechaba desde los cabellos desordenados hasta los pies embutidos en los zapatos dados de baja por su amigo poeta −también oriundo de la región de la Frontera−, aunque, claro está, a él la existencia le era boyante. Residía en el barrio alto; sus comidas eran regulares y la indumentaria era la de todo un caballero. Mas aún no asomaba en el bar con la prenda prometida (chaqueta, camisa, un par de pantalones) que lo sacarían de apuro…

Estaba, lo admitió al entreverse en el brumoso espejo que colgaba detrás de la caja registradora, en el límite de la embriaguez. Sin embargo, ya no era el showman del restorán, su predilecto, situado entre dos iglesias de la Avenida Matta, la remozada gracias al Mundial de 1962.

−Está medio malito ya. ¿Ve? −informaba la gorda a un habitúe que charlaba con un invisible interlocutor acero del deporte chileno y sus avatares.

−Se da cuenta −el cliente giraba ahora hacia la registradora con torpeza de oso− si el árbitro, ese gringo vendido a la mafia, no le pisa los callos al Tani Loayza tendríamos a nuestro primer campeón del mundo. Para qué hablar de los tenistas, mijita. Un ejemplo −yo la vi, pues− Anita Lizana, Lucho Araya, otro que llegó hasta las finales, oiga. Y qué me dice de Manuel Plaza, flor de maratonista… ¡Y Arturo Godoy! ¡Honor y gloria a Arturo Godoy!, el iquiqueño por todos los poros. Qué peleón le hizo al negro Joe. Yo vi las dos películas de las peleas completitas. En el Esmeralda. Y las escuché en vivo en mi Emerson, qué noble radio ésa. La primera pelea fue la mejor. A quince vueltas resistidas con bravura por Godoy. ¡Agáchate, Godoy! −el parroquiano envió un de rechazo a la maciza registradora− a punto de ganarla estuvimos. La segunda, Rosita… mejor ni hablar −el cliente tragó aire, manoteó el vaso vuelto a llenar y siguió: −Casi me matan a Arturito, el negro lo dejó hecho papilla, así y todo el iquiqueño quería seguir recibiendo mamporros. ¡Chileno hasta la muerte el hombre! Como ve, siempre hemos estado a punto de ser campeones. A punto siempre.

Pablo reordenaba los libros desparramados sobre el mesón. Palabras, palabras, pensó. Deshojándose como los árboles de la Avenida Matta. Palabras al aire, aquí y allá, sólo palabras. El debía, desde luego, gastar saliva cual charlatán de feria para lograr vender siquiera un libro diario. El, dispensador de buenas lecturas. Empero, su elocuencia desde hacía un buen tiempo a esta parte, distaba de ser la misma. ¿El ocaso de un líder de la venta librera ambulante?

De mañana, en El León Dorado −ese oasis de plena calle San Diego−, en el que contaba con crédito (hasta consumir dos botellas y un sándwich de pernil); la venia del dueño para telefonear gratis y el préstamo de una mesa en la que se dedicaba a resolver puzles de El Mercurio dominical, amén de tirar líneas sobre futuras y mi millonarias ventas, etc., habíase preguntado por la causa de su decadencia.

−Bueno, pues, Pablito. ¿Con quién desea hablar?

Había sido sorprendido con la mano en el teléfono.

−Está en la luna, usted.

−En realidad, me gustaría llamar a alguien −discó de nuevo. Ojalá, pensó, esta vez no conteste el gruñido de los bóxers del vate amigo−. Nadie −rezongó.

El portaliras no le negaría una cooperación, después de observarlo, impresentable como, estaba para hacerle una visita a su casa. “Ojala se ponga con una chaqueta de tweed, gruesona. Las noches de Santiago están glaciales”.

La cajera atendía al frutero que atusaba su bigotillo azabache consultando por su cuenta corriente. Las manecilIas del reloj de pared señalaban las veintidós quince. Jueves… pensó Pablo. Mas qué importaba. Todos los días eran para él similares.

“Siempre la misma canción”.

−Oiga, llévele un libro con monos a sus regalones −insistió la gorda al frutero.

−Debería llegar con algo a la casa, la pura verdad −admitió el cliente−. La patrona no me ve hace tres lunas. Ya está me quedo con este, el menos cochino. A ver…

El tintineo de las monedas hizo palpitar el corazón de Pablo.

−Cuídese, amigazo −le advirtió el frutero palpando el libro−. Desde la mesa lo oíamos toser harto feo. Después de esta vida no hay otra, señor.

−¿Otra peor?

Pablo alzó los hombros. Dio una media vuelta perseguido por la cajera que le encajó el paquete desamarrado bajo el brazo.

Le extendió las monedas: −Son suyas, Pablín.

−Favor que me hace. ¿Borró mi cuenta?

−Sí, por supuesto. ¿A quién deseaba hablarle?

−A un amigo.

−Escasones están… Si gusta, yo podría darle el recado.

−Es un asunto particular, Rosita, merci bocú.

En el umbral hizo la venia de rigor en sus diligencias mercantiles.

La calle Portugal era invadida por microbuses, taxis y liebres que ensordecían con los bocinazos y blasfemias de choferes apresurados. Pablo −peatón de fuste− endilgó, entre tiritones y castañeo de dientes, hacia la Avenida.

Se aproximaba el otoño número cuarenta y uno de su existencia.

“Cuarenta y uno deambulando por Santiago. Qué labor la mía. Sin ninguna meta. No me arrepiento: seguiré mi camino hasta que alguien diga FIN”.

Frente a un banco roñoso declinó sentarse unos segundos.

−Alguien −masculló con un pie sobre un madero astillado−. Estrellas, qué pueden hacer por mí. Nada, nada. Muertas o agonizantes, parpadeando apenas. O recién nacidas, díganme, qué harán por este admirador.

Retornó a la callejuela oscura, lateral, entre San Diego y Arturo Prat.

La iglesia de los Sacramentinos le pareció más imponente que nunca, recortada contra el cielo.

−Como siempre al filo del toque de queda el regalón −lo saludó el hospedero con cara hosca.

−El toque es a las doce, ¿no? −lo encaró Pablo.

−¿Y qué hora cree qué es? Y viene pasado a trago para remate, hombre. Plata en mano o si no se va a dormir al Mapocho, amigazo.

−Hoy anduve regularcito. Salvé apenas los costos incluido el flete y gastos menores… −Pablo tanteaba las escurridizas monedas de cinco pesos en el bolsillo del pantalón.

−¿Cuánto tiene?

−Ni para pagarle un cuarto de cama. Tengo que dejar, un resto de plata para mañana. Salgo a las seis y a esa hora dónde voy a encontrar clientes, si están muy esquivos, viera…

−Son treinta pesos. Rapidito.

Pablo traspasó un terceto de monedas a la mano ahuecada y siempre lista del hospedero.

−Me rindo –dijo−. Ha ganado usted en mala lid. Hace demasiado frío, más que en Loma Colorada. Allá sí que tenía una buena cama. Con colchón CIC y en una pieza para mí solo. No se ría de mí, señor. Es cierto.

−Pare de toser −rezongó el hospedero abriendo la puerta− entre sin hacer ruido. No vaya a despertar a los viejos, tienen mal genio. No comen en lo noche y en el día picotean donde pueden.

Pablo caminó a tientas hacia su lecho, el tercero de la fila de la izquierda, el suyo, el eterno camastro sobre el que cayó extenuado con el paquete apretado contra el corazón.

 

ANTES DEL OTOÑO
|Cuentos, Iván Teiller. Lecturas Ediciones, 2016 |