“El frío en la zona central de Chile” por Gabriel Zanetti

 

Fotografía Fran Mella | Colectivo Haluro

 

De niño prefería el invierno. Además de la lluvia, los días nublados, el sonido del temporal sobre los techos, los árboles moviéndose y el olor a tierra mojada –lugares comunes al fin y al cabo- me atraía la catástrofe, los móviles de televisión que mostraban helicópteros, periodistas como Juan Manuel Ramírez totalmente embarrados, triciclos cruzando personas, el ansiado anuncio de la suspensión de clases.

Para los del ochenta el aluvión es el de 1982, la imagen ese Mini blanco cayendo al río Mapocho. Para mí -tal vez para otros-, es el de la Quebrada de Macul, ocurrido en de mayo de 1993 y la escena Irarrázaval a la altura del 4700, mientras esperaba el furgón escolar. Tenía nueve años, cursaba cuarto básico. Debe haber sido la una y media y como era de esperarse el tío Félix no apareció en su Zastava. Me quedé mirando, primero el agua turbia bajar por la avenida, luego ramas, finalmente televisores, colchones, restos de camas, puertas y basura en general.

Estuve mucho rato pegado. Cuando subí al departamento mi mami Juli, quien cuidaba de mi hermana Constanza y de mí en ese entonces, se sorprendió al verme. Luego de explicarle que el transporte escolar no había llegado me contó todo lo que informaban en los medios. Me paré frente a ese IRT gris de 14 pulgadas a mirar y escuchar: Las Perdices, ocho muertos, cortes de agua potable en la Región Metropolitana. No sé qué le dije a mi abuela, bajé la escalera y me puse a limpiar la vereda con un escobillón. Hice un montón con todas las ramas, que no eran pocas. Tenía un espíritu solidario que llegaba hasta cierto punto. De haber estado mis padres ahí, por ningún motivo podría haber ayudado. Te vas a resfriar, me habrían dicho. Ponte pijama.

Pocas cosas me sacan bruscamente de lo que estoy haciendo como el anuncio de un EXTRA en cualquier canal. Todo lo relacionado con desastre me llama a la infancia, a momentos inéditos, por escasos, de unidad familiar. Aquella tarde mi papá, dos tíos y dos primos estaban atrapados por el agua en la compraventa de autos de la que eran dueños, ubicada en la esquina de Exequiel Fernández y Camino Agrícola. Les costó un poco salir, llegaron súper tarde y con una historia que contar pero no les pasó nada. Ahora que lo pienso del noventa en adelante nunca nos pasó mucho. O jamás percibimos que nos ocurriera demasiado.

Desde que soy padre de familia –casi siete años– siento que recién ocurren cosas. Peor -o mejor- aún: desde mi primera hija en adelante es como si recién pudiera tener un punto de vista, una percepción del mundo valedera. Tal vez la responsabilidad desintegra ciertos velos, la ingenuidad que algunos padres cultivan en sus hijos confundiéndola con la comodidad. Ahora encuentro al invierno como una temporada brutal. Exceso de gastos en calefacción, médicos y medicamentos para las niñas, que apenas alivian sus malestares. Salbutamol, Ibuprofeno, Paracetamol, Amobal, jarabes de hiedra, Congestex, tampoco la homeopatía y la ayuverda pueden contra el efecto invernadero, el smog y el círculo infinito de incubación de bichos en la sala cuna y el colegio. Levantarse es una proeza, secar la ropa es una verdadera ecuación, no dormimos bien y nos transformamos en sujetos problemáticos en el trabajo: no podemos cumplir con nuestras funciones por quedarnos en casa cuidándolas.

Cómo no preferir la primavera y el verano. Sus días larguísimos, los paseos por parques, caminatas en calles colmadas de ciruelos rosados y blancos, cervezas furtivas, vinos fríos, pastel de choclo, duraznos, damascos, sandías y melones, minifaldas. Si es el frío o el calor la temporada más agradable del año es una discusión vieja. Se suele retomar con ciertos amigos o familiares cada vez que el invierno o el verano despliegan todos sus recursos y magnitud. Lo peor de esta última estación tal vez es el calor extremo, las alergias que sufrimos algunos, bajar la gordura acumulada con el frío. Pelos de la cola, finalmente. Salvo que el calentamiento global nos achicharre a todos al unísono, sólo me es plausible pensar en que el invierno es cosa de ricos. O por lo menos de ociosos, solteros o poetas.

Gabriel Zanetti

Gabriel Zanetti

Santiago, 1983. Ha publicado Cordón Umbilical (Spleen Ediciones + ML Ediciones 2008, Malaletra Editores, 2009) y Prohibiciones y títulos (Lecturas Ediciones, 2015). Es productor literario en Ediciones UDP.
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