“Trabajar cansa” por Gabriel Zanetti

 

Tal vez lo que más me afectó de dejar Madrid y regresar a Santiago, fue no gozar más de la beca con la que mi familia subsistía. En cuanto pisé este país la palabra trabajar se infló. Imperaba hacerlo, nunca me había visto en esta tremenda situación; de no encontrar pega no tendremos lo mínimo: comida, pañales, tarjetas bip cargadas, teléfonos con saldo, puchos.

Antes había trabajado para que mis papás no me echaran de casa. Nunca me amenazaron directamente con eso, pero se percibía cierta presión tácita. Era bastante justificado en todo caso, hace rato había dejado la universidad, me la pasaba carreteando y leyendo, apenas ayudaba en casa. Fui cajero en Blockbuster, trabajé en una empresa verificando el orden correlativo de miles de facturas, atendí el salón de pool Liverpool de Ñuñoa, entre otras cosas en las que no duré mucho. Aterrizamos en octubre de 2011 y en noviembre encontramos algo. B un reemplazo como secretaria en un colegio y yo un cargo de corrector de pruebas abiertas, una especie de SIMCE pero con preguntas de desarrollo. Como estábamos de allegados en la casa de mis papás nos las arreglamos hasta fin de año. Llegó 2012. No pasó nada, el mundo no se acabó, tampoco se iluminó. Al revés, se presentó como un desierto laboral.

Muchos años antes de partir a España, B había trabajado como temporera en el fundo Santa Marta para tener plata para sus estudios. A mediados de enero nos fuimos a vivir a Buin para emplearnos. Todo daba lo mismo: éramos entusiastas, proactivos, incluso ilusos, pienso ahora. De lunes a viernes a las 13.00 en punto pasaba a recogernos don Hugo, el contratista. En un furgón Kia amarillo canario comenzábamos las vueltas por el campo –Buin, El Recurso, Alto Jahuel, Cruz del Sur– hasta llenar el vehículo de trabajadores.

El Fundo Santa Marta está pasado del Puente del Inca, antes de Huelquén. El trabajo es pesado –bajé cinco kilos– y el ambiente laboral denigrante. Te asignan un puesto en una línea, junto a un riel donde van saliendo diferentes tipos de uva. Uno tiene que embalar, cortar, embolsar, dependiendo de la especie. La Thompson es la mejor pagada. Este año, según me informan, estaba a 350 pesos el cajón. Unas pocas monedas por las cuales B y algunas trabajadoras se agarraron del moño. Un conflicto de acaparamiento: de un momento a otro empezó a salir sólo Red Globe, pagada a 180 el cajón, y las viejas de más años en el packing tenían Thompson guardada hasta debajo de la falda. No me quería meter, hacía lo que podía con mi torpeza al trabajar. Pero tuve que involucrarme en la pelea. Rápidamente don Hugo paró la jornada, nos sacó a todos del galpón, se encaramó sobre unos pallets y comenzó a dar latigazos.

No recuerdo cómo terminó ese día. Pasó como ocurre con todo lo monótono, se transforma en un solo recuerdo largo e interminable: poner el culo en el furgón, meter racimos dentro de las bolsas, dolor de pies, el olor a vinagre, hacer la fila en el conteiner de pago hasta las dos o tres de la mañana. Podría decir que ese trabajo es lo más cerca que he estado de mi percepción de la esclavitud, pero al final, es un poco injusto. No porque las características del trabajo de temporero no se asemejen a eso, al final no hay mucha diferencia, por ejemplo, con la rutina de mi mamá –que tiene un buen puesto, bien pagado–, se levanta a las 6.30, maneja media hora, trabaja en el computador, inspecciona el parque que tiene a cargo en un carrito de golf, maneja otra media hora de regreso a casa, cocina, atiende a mi hermana chica, come y duerme. Veinte años así.

Trabajar, seguramente, es una de las experiencias más traumáticas de la vida. Más aún cuando se está recién entrando a la máquina, rueda a la que cuesta entrar y mucho más salir. Es inevitable preguntarse por qué seguimos trabajando. Probablemente, si no tuviéramos dos hijas, todo sería distinto y podríamos estar parados sobre “el empedrado que hicieron otros hombres” –como escribe Pavese en su poema Trabajar cansa– descifrando el mundo con una lata de cerveza, con la delirante pero banal percepción de la realidad que tienen algunos artistas o poetas. Si algo hemos perdido con todo esto es entusiasmo, juventud, tiempo, belleza. La vieja idea de todos estos conceptos, en realidad. Aquellas palabras, como otras igual de importantes, han mutado para siempre en nuestros diccionarios personales.

Gabriel Zanetti

Gabriel Zanetti

Santiago, 1983. Ha publicado Cordón Umbilical (Spleen Ediciones + ML Ediciones 2008, Malaletra Editores, 2009) y Prohibiciones y títulos (Lecturas Ediciones, 2015). Es productor literario en Ediciones UDP.
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