“Dejar de ser Iván” por Pavel Pavlovich | Traducción Bruno Lloret | Cuento inédito |

Mi padre se llamaba Iván. Iván cazaba osos mas mentía. Le mintió a su primera esposa, a su segunda esposa, a sus propios padres, al mismo cura. Se fue a servir al ejército antes de que cumpliera diez años y sólo me recuerdo de sus disparos. Iván tenía veintidós y el pelo como los témpanos. Mi madre me habla de esos días. Yo sólo tengo imágenes. Los quince que dormíamos juntos caminábamos afuera de la ciudad a conseguir sustento de los bosques. Con mi madre y sus hermanas comíamos nieve a un borde, cerca de los árboles, esperando que Iván volviera del recorrido de las trampas. Salíamos antes del sol para ser los primeros en el coto. Teníamos noticias de él cuando en el valle estallaban los disparos. El sol salía, los pinos se ponían a transpirar y los escopetazos se multiplicaban. Otras familias se quedaban con nosotros y hacían más fogatas. A veces escuchábamos a los altos señores en sus motos, cruzando la orilla del bosque, junto al lago. Sus motores rompían la calma y sabías que no ibas a encontrar mucho, porque asustaban a los animales, le disparaban a cualquier cosa, incluso a hombres desprevenidos. Una vez arrastraron a Yuri por todas las lozas del pueblo. De eso tío Rodrigo sacó fotos. Lo pillaron en el camino y le ofrecieron andar sobre los motores. Yuri aceptó.

1

El gran señor Krögh y el alto señor Saur

 

2

La tercera vuelta, Yuri cayendo

 

3

La última vuelta, ya casi sin Yuri

Las calles un santo sudario.

Nosotros y el hambre.

Entre los señores y babr poco se podía hacer. Cuando no tenías noticias de ellos la necesidad estaría a raya. La caza era la vida. Iván volvía con el trineo cargado con carne y pellejo al linde del bosque, comíamos algo ahí y partíamos, los hombres a jugar y nosotros al mercado. Cuando no teníamos tanta penuria íbamos más tarde o temprano con otra familia. Un día de esos Iván no volvió. Sí el vecino y los dos trineos. Mi madre siempre dijo que Iván lo tenía planeado.

Durante último mes que estuvo entre nosotros le decía en la madrugada que había estado soñando con la muerte. Su cuerpo desplomado al pie de un árbol. Iván mirándose muerto abajo, colgando con una mano de las ramas. Flotando suave. Esa noche entraba la tormenta en juego y el sol desaparecía por seis meses. Iván se quedaba ahí, sentía el tiempo. Hundía los ojos en los copos o la corteza de los árboles petrificados. Luego del deshielo llegaban los cuervos, los zorros, las hormigas, el corredor con sus garras podridas y su sonrisa deshecha. Entremedio, y sólo ante la cara verde de Iván, el babr. El babr siempre cobra la cuota. Le gustaba chupar los ojos a medio licuar, hundir la lengua por uno de los hoyos, tratar de llegar a la médula espinal. Sorbiéndote el jugo te quita el ser. Entonces, en el sueño, Iván era libre: el babr chupaba por el cráneo, la pierna del Iván flotante era chupada por la nariz del cadáver de Iván, cruzaba su cabeza y entraba al sistema del babr. Seis horas después era liberado, ascendía hacia el pálido y negro astro. Mi madre pensaba que eran excusas para no salir a cazar. Lo arrastraba al fogón mediante ruegos y ahí le servía potaje espeso. El tiempo que pasó hasta que desapareció Iván temblaba. Siguió haciéndolo todo pero sin estar ahí.

Según los primos Iván volvió por una semana, liberado del ejército, pero no alcanzó a llegar a vernos. Antes se pasó por el bar. Se colgó una balsa al hombro y caminó sobre el lago justo en el deshielo. Estaba borracho y era una apuesta. A medio camino empezó a remar y tratar de pescar con la escopeta. A la mañana del segundo día se detuvo en el centro del lago, rodeado de hielos agrietados y aguachentos. Lo envolvió la bruma, esperó media jornada y con la luna encima se voló la cabeza. Pero los primos no habían estado ahí. Mentían. Como su primo mismo. Nosotras íbamos a encontrarlo, mostrarle su bastardo a los ojos, obligarlo a volver.

Mi madre nos despertó en la noche. Nos preparamos para un viaje y salimos en jeep a una orilla de la laguna. Íbamos al fiordo de los zancudos. En verano recolectábamos huevos de pescado y pájaros enamorados en sus pantanos. Iván tallaba en un tronco garabatos y tomaba con los hombres, abrazados unos doce, hasta que llegaban los camiones de la región y volvíamos a los techos de los campamentos. Pasábamos seis semanas ahí, recolectando y durmiendo bajo el sol. En otoño el hervor de animales se iba enterrando, haciendo criogenia, bajando los pálpitos, abrazando la calma. El lugar durante el invierno era un puro silencio. El jeep avanzó hasta que el bosque nos dejaba ante un murallón de nieve. Nos montamos en una escalera y, cinco metros arriba del jeep, con raquetas, caminamos hasta la punta del ganso. En tres jornadas nos quemamos los pies. Por las noches nos colgábamos de los pinos para encontrar paz. Mi madre con Teresa, yo con Delia y el bastardo, Romeo con Lenia. Compartimos cacao con ron y tortilla. Romeo se atrevió a preguntar a dónde íbamos. Mi madre llamó de nuevo al silencio y disparó una bengala roja al cielo, cosa de ahuyentar los pesares. En la madrugada de la tercera jornada Lenia se hundió en la nieve y desapareció. Mi madre nos obligó a caminar más rápido. Nos siguió detrás empuñando una pala. Cuando alguno movía la cabeza corregía con hierro. No se podía llorar, se pegaban los ojos. Un par de veces agarró a la guagua por la cabeza, la colgaba de los sobacos y la llevaba desnuda en la punta de un palo. El bastardo lloraba mientras se iba poniendo verde, encrespando las patas cada vez que rozaban la nieve.

Según mi madre Iván se había perdido cazando y dentro de la cabaña de verano lo había pillado la tormenta. Si no usó calefacción quizás todavía le quedaba oxígeno. Lo mejor en esos casos era acostarse y respirar hondo, sacarse los calcetines y las botas, quedarse envuelto en frazadas, untarse con grasa las partes, aprovechar el diario seco para forrarse los calzones por dentro. Mi madre enterró su bastón donde calculaba estaba la trampilla del entretecho. Con Teresa y Delia estiramos la red sobre los pinos, a veinte metros. Romeo y mi madre instalaron la grúa de madera, prepararon la escafandra de latón, la pechera de cobre, los guantes sofocados. El bastardo, mientras, reposaba de cara a la nieve. Chillaba como un cerdo y nuestros estómagos sonaban de las ganas. Tiernas ancas de bebé quemándose. Mi madre lo tomó de nuevo por las patas y se acercó a nosotros, dejando a Romeo bajo la grúa, dentro de la armadura, enganchado de un arnés y con la linterna colgando de las pinzas. Nos dio la espalda y acercó la linterna a la nieve. Se fue abriendo un hoyo bajo sus pies a puro calor. Con las raquetas chapoteaba sobre el aguahielo, controlaba el descenso con la mano libre. Se fue sumergiendo. Nos instalamos a escuchar, tratando de no pensar en nuestros dedos muertos.

Cuatro horas después Romeo no daba señales de querer volver. Mi madre decidió esperar hasta tarde. Cuando la nieve rosada empezó a crujir de noche caminó hasta la grúa con el bastardo y se asomó. Tiró una bengala. Se cuidaba de provocar un colapso en el túnel. Según la técnica le quedaba media hora antes de que se le acabara lo guardado a la lámpara. Luego era tumba de hielo seguro. Nos hizo poner los guantes sobre los ojos, pero escuchamos. Untó al bastardo en aceite, lo colgó por el cuello desde una cuerda y fue bajándolo. El llanto se ahogó, el túnel se derrumbó sobre sí. Entonces mi madre fue desenrollando la cuerda hasta estar con nosotras y le prendió fuego a la mecha. Los siete metros de nieve brillaron por dentro, se sintió una onda, la nieve se derritió de golpe. El agua corrió hasta el lago, desplazó el pasto, las piedras, algunos arbustos, pero no la cabaña. Las vigas estaban bien puestas, era estructura seria. Romeo era un armadillo en el techo, dentro de la armadura. La cabaña no tenía puerta ni ventana, y dentro se escuchaba un torrente. Corrimos y ahí estaba Iván, abrazado con el gran señor Krögh. Tenían neumonía y fiebre del encierro. Los ojos rojos y una claridad de mente en el futuro, fuera del tiempo. No habían llevado la cuenta de los días. Sobrevivieron de las marmotas cazadas y las papas del almacén. Eran el invierno en persona, Iván y el gran señor Krögh, pero estaban vivos. Mi madre agarró los restos del bastardo entre sus manos y se los restregó a Iván en la cara. Masticó las cenizas. Luego nos pidió que los asistiéramos y cocinó sopa para todos. Aprovechó lo que quedaba de la lámpara para mantenernos vivos. Nos llevó lejos y quemó la cabaña de verano. Contra las llamas azules empezamos a mirarnos las plantas de los pies entre todos, borrachos con ron con el permiso de mi madre, pensando en qué modelos de pies íbamos a tener que encargar a la capital. Mi padre el mentiroso lloraba de felicidad. Era como volver a nacer. Desde ese día hasta que desapareció en Silesia respetó a mi madre, dejó de llevarle la contra. No pudo dejar de mentir, pero eso sería dejar de ser Iván. El gran señor Krögh nos regaló una imagen, la había conseguido por la red de partes de guerra.

4

En la foto salía su compañero de patrulla, sobre un foco del camión los guantes de Iván.

 

Detrás de la foto, Iván.

 

[Texto íntegro pronto en venta en Los confines: compendio moderno de la joven literatura rusa (Nueva Vostok, colección Baikal, 2018)]

 

Pavel Pavlovich

Pavel Pavlovich

Pavel Pavlovich Pojábov (Irkutsk, 1995). Licenciado en Limnología, mención Fisiología vegetal, en la Universidad Estatal de Irkutsk. Ha sido galardonado en numerosas ocasiones en el concurso juvenil de prosa, poesía y ensayos “Valentín Grigórievich Rasputin”, a cargo del consejo de Arte y Técnica, Óblast de Irkutsk, con los siguientes trabajos: Estudio sobre los nenúfares del Baikal (poesía, 2010), Balalaika Baikala Baikal Laika (prosa, 2011), Rancio Óblast en tus huesos (poesía, 2011), Correspondencia con Valentín Grigórievich (ensayo, 2011), Mi amigo el babr (cuentos, 2015). Ha sido traducido en numerosas lenguas, entre ellas el inglés, español, francés, húngaro y quechua. Ha incursionado en la música concreta, la sátira documental e instalaciones multiformato. Actualmente vive con su abuela y se dedica al estudio de flora en ambientes siberianos y a la escritura en sus ratos libres.
Pavel Pavlovich