“Domingo en la zona central” por Gabriel Zanetti

Fotografía Carlos Bogni

 

Seguramente quienes odiamos el domingo entramos en la clasificación de personas inmaduras. Desde una resaca poco dócil a visitar a los papás –con una mezcla de lata suprema y alivio por no tener que cocinar–, la inminencia de un examen, o el tener que ir a trabajar el lunes cae sobre nosotros como un tsunami de soledad, vacío, incluso vértigo difícil de palear y definir. Debo haber percibido por primera vez esta onda horrorosa a los diez años. Fue un día de enero en la casa de mi abuela, donde todos los que vivían ahí dormían el trasnoche de un cumpleaños. Mis papás se habían ido a casa. Yo siempre pasaba los fines de semana donde la mami Carmen, en su barrio vivían mis amigos.

Hacíamos campeonatos de tenis en la calle, éramos bastante buenos, o al menos eso creía Luis Moreno, conocido esgrimista y dirigente de la DIGEDER, quien nos veía jugar mientras regaba su antejardín. Todo lo jugábamos hasta que se iba la luz; las pichangas en el Parque Juan XXIII, –donde los árboles eran otros rivales –, carreras en bicicleta por la calle, rondas de pimpón o bañarnos en la piscina de la casa de Jorge Van de Wyngard. Ese domingo de enero me aburrí tocando timbres y dando vueltas en bicicleta. No había nadie. Unos pasaron la tarde donde unos primos, otros, me enteré después, partieron a la playa o al sur a pasar las vacaciones.

El domingo, por otra parte, nos privaba de los placeres del vandalismo. Padres más autoritarios que otros –en esa época todavía se daba correazos– que llamaban a hacer tareas o simplemente a “entrarse” nos cagaban la onda. Los sábados, en cambio, teníamos permiso. Contábamos entre trece y catorce años. Luego de pasar el día botando testosterona de todas las maneras pensables, nos íbamos a duchar –y a corrernos la paja de pasada–, sacábamos nuestras mejores pintas y nos juntábamos en alguna de las casas a comer completos. Una especie de lo que hoy se llama “previa” donde participábamos Caracol, Parra, Jorge, el guatón Mario, Lucas –el primer argentino de la camada de extranjeros de finales de los noventa–, el Play –bautizado así por su adicción al Play Station– y yo. Luego salíamos a intentar seducir a las minas de barrio. Había una en especial que nos tenía locos. Romina, una preciosura de ojos verdes que solía leer en la ventana o jugar al diábolo en la esquina del pasaje. Igual, la ternura nos duraba poco. Coronábamos la noche robando chapas de autos, armando barricadas, rayando paredes, fumando unos cigarros. Todavía no bebíamos.

Los hábitos de la infancia, al menos para mí, son un fractal de mi vida actual. Hago más o menos lo mismo: en vez de ir al colegio de lunes a viernes voy al trabajo, y los fines de semana voy al supermercado y a la feria –como lo hice con mi abuelo durante más de una década–, estoy en familia, intento seducir a mi mujer, veo a mis amigos y hacemos otro tipo de desmanes. Los domingos los intento capear con la actividad tal vez más adecuada y popular de este moribundo día: ver, escuchar y jugar fútbol. No hay nada peor que los domingos que no hay fecha, es la representación total de la nada –pienso en la tristeza de un estadio vacío–, como ese cuadro increíble de Edward Hopper “Domingo temprano por la mañana”, que representa para mí la desaparición abrupta de la población, con un golpe sin daño material, o como si todos se hubieran subido al mismo tiempo a un ovni para evaporarse definitivamente.

Existen personas maduras. Antes pensaba que eso era imposible, pero las hay. Son aquellas que se adaptan a los relatos del capitalismo sin problemas, consideran las llamadas reglas del juego como una promesa de felicidad y bienestar. Están siempre ansiosos de sumarse a las nuevas tendencias, desde qué comer, dónde ir de vacaciones, hasta cómo celebrar el cumpleaños de sus niños. Viven adaptándose al medio (curiosamente suelen llamar a los delincuentes “inadaptados”), hasta sus propias caras son capaces de adaptar, con manos profesionales de las tijeras, cosmetología, o el bisturí de la cirugía. Poco menos que si les toca trabajar de lunes a domingo terminan asumiéndolo sin muchos problemas. Para este perfil de individuo el mercado ha conseguido maquillar el vacío y poco menos que la muerte. La pintura de Hopper, un edificio de dos pisos con sus comercios cerrados, no existe en Santiago. Siempre hay algo abierto, luces, ofertas, casi una promesa de vida eterna que a nosotros los inmaduros –o melancólicos– no nos toca.

 

Gabriel Zanetti

Gabriel Zanetti

Santiago, 1983. Ha publicado Cordón Umbilical (Spleen Ediciones + ML Ediciones 2008, Malaletra Editores, 2009) y Prohibiciones y títulos (Lecturas Ediciones, 2015). Es productor literario en Ediciones UDP.
Gabriel Zanetti

Latest posts by Gabriel Zanetti (see all)