La reconstrucción (fragmentos) | Francisco Ovando Silva | Inédito

La cámara que me entrega Casariegos es telemétrica, lo que significa que para enfocar tengo que hacer calzar en la mirilla un cuadro amarillo con la imagen que quiero. Cuando me la entrega pregunta si sé cómo se ocupa, si he hecho el trabajo de un fotógrafo. Algo, le digo, mientras ensayo el enfoque sobre cualquier toma: es más fácil si se tiene como referencia algún palo o fierro.

En el diario es otro, un fotógrafo contratado, el que hace estos trabajos, pero pronto me familiarizo con la máquina: siento un pequeño poder que se acentúa cuando noto las señas del disgusto en el rostro de algunos soldados. Quizás esta cámara no es del regimiento sino la misma que ocupa Casariegos. Lo imagino tomando fotografías del campo de trabajo, practicando. Aspira al mundo, a salir de Loído y llevar consigo la evidencia.

Casariegos me deja encargado con uno de los soldados y se retira: él dice “acompañar” pero es evidente la intención; que no me mueva ahí donde no debo, que no mire lo que no quiere que se mire. Como sea noto al rato que gozo de cierta libertad. Diría, incluso, que son sólo algunos edificios los que están vedados para mi ojo. Cosas, supongo, que de todos modos nada tienen que ver con el reportaje que debo entregarle a Gabriel.

Los ordeno: soy artificioso en mi retrato. Pienso en las partes del reportaje en que podría ir cada uno de los cuadros que se arman.

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Pido un contingente de veinte soldados: chiflan y llaman por radio. Noto la importancia del asunto para Casariegos. Tardan pero llegan. Hay una docena, lo más viejos, que se ordenan atrás, de pie. Los otros, jóvenes, se acuclillan como si fueran parte de un equipo de fútbol. A ellos no se les nota, a los más viejos sí. Es primera vez que me percato: tienen los ojos hundidos bajo el casco, se les proyecta una sombra sobre la nariz que los distancia.

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Dos vigías en sus puestos, consumidos. Uno sostiene el rifle firme, el otro lo tiene apoyado contra la pared y observa por la rendija apoyado sobre su codo. Un tercero, gordo, que parece sufrir estando de pie.

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El cas.ino de oficiales, prohibido. En el otro, de suboficiales y personal, sonrisas repartidas sobre las mesas. Los concurrentes voltean sus rostros a la cámara y hacen el esfuerzo de mantenerla mientras enfoco. En la cocina conscriptos nuevos moviendo javas de bebidas. Un viejo calvo haciendo de garzón: lleva gillet y paño y un trozo de carne cruda sobre una bandeja.

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En el patio los más jóvenes haciendo flexiones de brazos, sentadillas, abdominales, en camisetas blancas llenas de tierra. Alrededor los otros haciendo vítores. Son pocos, en total, y no alcanza a hacerse el efecto que quiero, de un movimiento sincronizado y repetido en diagonal. De todos modos saco la foto: tiene algo de didáctico.

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Vamos al cobertizo de los materiales y consigo que dos soldados, mayores y sin ningún rango, sostengan entre ambos una enorme viga de madera. Les pido, excusándome en el encuadre de la foto, que flecten las piernas, en una posición que sé no podrán sostener por demasiado tiempo. Ceden de a poco, hasta que uno suelta la viga y ahí saco la foto. Les digo que debemos repetirla, que la sostengan entre los hombros y saluden a la cámara. Ellos obedecen, acostumbrados y mansos.

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Los dos guardias de la entrada, a ambos lados de un portón metálico negro coronado de puntas. Se ven pequeños los hombres en contraste. El soldado que me acompaña, en su única intervención, aconseja que es mejor abrir el portón, para que se vea afuera, que hay casas. Le encuentro razón. Repetimos la foto. Al fondo salen unos niños que no se percatan de la fotografía y se llevan las manos a la boca.

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Pido ver la oficina de planos, a algún tipo de ingeniero que estuviera trabajando en la reconstrucción, pero me lo prohíben. En cambio, traen desde uno de los galpones a dos tipos escuálidos, morenos, de pelo chuzo y desordenado. Llevaban camisas celestes y corbatas. Una foto a cada uno. No sonríen. Les molesta haber sido abducidos de sus tareas.

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En el galpón que usan de garage. La flota de camiones verde oliva alineados, listos para presentarse al servicio. Frente a cada uno va un soldado – en la fantasía de la foto es su chofer, como si cada conductor tuviera que elegir su máquina y jamás separarse de ella -. Las piernas separadas, las manos atrás, el mentón en alto. Al fondo, de entre los camiones, apenas las figuras engrasadas y oscuras de los mecánicos, en overoles manchados, que hacen andar esas bestias.

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Al final una foto de Casariegos en su oficina.

Cada mueble ha sido dispuesto alrededor del escritorio: a un lado la mesa de ruedas en la que guarda su colección de vinilos; al otro un mapa del territorio de la reconstrucción, con chinches y anotaciones, desplegado con disciplina y minuciosidad. El campo de batalla. Él sentado y recto, contenido. La sonrisa guarecida en esa línea de pelos que le corta por sobre el labio. Los ojos hinchados. Insiste en que sean varios intentos. En algunos se pone de pie. Dice que es importante que vean su lado humano: “Hay un espíritu, Linero, que mueve nuestra labor más allá del deber”. Pone un disco y se demora, marca cada gesto para asegurarse de que alcanzo a capturar. Es un autómata, el sonido es broncíneo y una línea curva azul se forma en el brillo de sus zapatos.

Se acaba el rollo. Rebobino y me lo guardo. Casariegos me pide que le mande copias para tener el registro completo. Hace un comentario de la cámara, acerca del enfoque y la posibilidad de medir a partir de los números grabados que circundan el lente. Hay una naturalidad en la sucesión de nuestras palabras que le resta la importancia al encuentro: pienso que es una señal, más bien. Ahora hay algo que depende de mí – el reportaje –, de lo que depende – cree Casariegos – su traslado y eso lo ha suavizado.

Ahora nos despedimos, dice, y caigo en cuenta que no nos volveremos a ver, que se va acabando lo del reportaje. Me pregunta si ya me voy a Santiago, pero le hago el quite a la respuesta que quiere: No, prefiero quedarme un tiempo más, ver si puedo terminar de ordenar las ideas en Loído. Me dice que es está bien pero sospecho que piensa lo contrario. Le comento que es por el encargo, la calidad final del reportaje. Se tienta: al final es un hombre, como otros, y la idea que tiene de sí mismo es superior a su trabajo. Todo en orden. Le devuelvo la cámara, y, más por cortesía, agrega que si necesito algo que lo venga a ver.

Camino a la salida veo en el patio a los conscriptos entrenando aún. O son otros, otro curso, o empezaron de nuevo – porque era posible que para mí, para la cámara, solo actuaran el ejercicio – y se estiran, como tablas, de espaldas sobre el suelo. Luego uno de ellos, de rango superior, grita una palabra a medias, y los conscriptos se sincronizan y doblan. Dejan tensos sus cuerpos en torno a la bisagra, como una V, levantando tanto como pueden el torso y las piernas.

 

[Fragmento de La reconstrucción, novela seleccionada entre las 19 del longlist del Premio Herralde 2016]

 

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Francisco Ovando Silva

Francisco Ovando Silva

(1989), Licenciado en Literatura Hispánica en la Universidad de Chile. Publicó Casa volada (ed. Cuneta 2013) y Acerca de Suárez (ed. Pez Espiral 2016).
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