“Alfiles” por Alex Saldias | Cuento inédito

 

Caminando por este potrero, me acuerdo de cuando era chico. No teníamos para comprar volantines, por eso atrapábamos los que se iban cortados. Me acuerdo de una batalla intensa. Eran dos volantines peleando como aguiluchos durante horas. Uno tenía dibujado la bandera chilena y el otro tenía escrito ALFILES desde un extremo a otro. Nosotros esperábamos mirando al cielo. Esperamos hasta que el de la bandera chilena aserruchó hacia abajo, tomando por sorpresa al de los Alfiles. Se fue cortado y nosotros corrimos hacia la carretera. Cruzamos las rejas mirando siempre hacia el cielo. Corría mucho viento. Los autos tocaban sus bocinas. Nosotros seguíamos mirando hacia arriba. El volantín era blanco con negro. Yo lo quería porque me recordaba al Colo-Colo. Sé que el Matías también lo quería. Trabajábamos en equipo, pero al final sólo uno se quedaría con él después de una buena mocha. No pensábamos en eso cuando el volantín se desplazaba por el aire y nosotros corríamos sin fijarnos en lo que había al frente. El viento me raspaba los ojos, no podía ver nada. En esa época me costaba ver las cosas en general, por ejemplo, lo rápido que pasaban las tardes, los meses, los años. Mi adolescencia había sido una constante persecución. A veces yo perseguía, pero la mayoría de las veces escapaba. Con el Matías reventábamos los candados de las bodegas y después vendíamos las cosas que robábamos. No hacíamos daño a nadie. El volantín caía como una hoja de árbol en otoño. Mi viejo desapareció un día. Me acuerdo de su espalda y el peso de sus manos. Mi mamá lloraba entre sangre y moretones. En la casa quedaron mis abuelos, mis tíos, mi mamá, mis hermanos y mis primas. Tuvimos que ampliar varias veces, a medida que mis primas tenían hijos. Todos sabían lo que yo hacía pero nadie preguntaba. Mis abuelos se hacían viejos. Me mandaban a conseguir trabajo. En un dieciocho de septiembre me puse a pelear con el José, el pololo de la Débora, mi prima mayor. Habíamos tomado harto. Nos mandamos a la chucha. Fue la última vez que me echaron de la casa. Después de eso recuerdo la cama de bronce que vendí y las monedas de a diez en el bolsillo. Todo era como una carrera. Me venía siguiendo el hambre. Cuando chico se me olvidaba el hambre corriendo tras los volantines. Corría un viento tibio. Nos metíamos por pasajes y saltábamos panderetas. Las viejas nos gritaban: cabros hueones, pero nosotros no las escuchábamos. El Matías cayó preso por meterse a robar en una casa. No le alcanzaba la plata. Tenía dieciocho años y tres hijos. Yo me acostaba con su señora de vez en cuando. Había sido mi polola cuando éramos chicos. Pensaba que era lo correcto. A veces dormía en una bodega. Mi mamá había mandado a buscarme con mi hermano chico. Yo no quería volver mientras estuviera el José ahí. Era el dueño de la casa ahora. La Débora no me quería volver a ver. Antes jugábamos a los esposos. Ahora no me prestaría el labio de abajo para saber cómo se sentía morderlo. El José apareció un día en la bodega donde me estaba quedando. Traía coca-cola y empanadas de pino. Dijo que necesitaban gente en el taller. Trabajé con él hasta que me robé un par de cosas y me pillaron. Mi mamá me defendió, se puso de mi parte, y el José y la Débora se fueron de la casa. Todas mis primas y mis tíos se fueron. A veces aparecían para saludar. Mis hermanos estaban en el colegio. Mis dos abuelos murieron el mismo año, uno detrás del otro. La tumba de mi abuela se hundía con lentitud. La de mi abuelo con rapidez, la tierra se lo llevaba con hambre. Yo recorría con un dedo el vaso de vino que me serví infinitas veces en el Quita Penas. El volantín caía como las semillas de plátano oriental en primavera. Se perdía dentro de un terreno cercado. Nosotros éramos expertos saltando panderetas. Yo me pasaba por la reja de la casa que había sido del Matías. Su señora se había vuelto a casar, pero yo la seguía viendo. Nunca volví a ver al Matías. Le habían dado quince años. Cuando chico tenía los pelos parados. Le decíamos El Mecha. Mi mamá me preguntaba por él. Se le estaban olvidando las cosas, pero se acordaba de cosas antiguas. Me decía que invitara a almorzar al Mechita. Me preguntaba por la mamá del Mechita. A veces se le olvidaba ir al baño y se cagaba en el sillón. Ponía cara de culpa, como cuando los perros se mandan un condoro. Tenía que quedarme con ella todo el tiempo. Me conseguía plata con los vecinos y la acompañaba a cobrar la pensión. También vendía en la feria cosas que me traían. A veces teníamos que comprar materiales para el colegio de mis hermanos chicos. No nos alcanzaba. El Christopher, mi hermano, se puso a trabajar de empaquetador en un supermercado. Él le compraba colación a la Jocelyn, mi hermana más chica. A veces también ayudaba con algunas cuentas. Le iba bien en el colegio. No perseguía volantines. Ya estaba haciendo la práctica en una empresa. Yo seguía con mi mamá en la casa. Seguí con ella hasta que se murió. No tuve estómago para ir al funeral. Me perdí por varios días, semanas, meses. Mis hermanos quedaron solos en la casa. Cuando llegué, los vecinos me querían linchar. No fue un buen año. No había volantines cruzando el cielo en septiembre. Quizá no miré al cielo en todo ese tiempo. La Jocelyn quedó embarazada. El papá de la guagua trabajaba y ganaba bien. Se vinieron a vivir a la casa. Yo no tenía problemas. Pusieron cable. Veíamos los partidos. Al Christopher le estaba yendo bien en la empresa. Mi sobrina crecía cada vez más. Ya me decía tío. El pololo de la Jocelyn decía cosas de mí. No le gustaba que tomara de día. Estai pasado a cerveza, decía. La Jocelyn se empezó a poner pesada. Cerraba con llave. Sabía que yo no tenía llaves. Me hacía pasar por el portón. Hablaban de mí en voz alta. A veces me ignoraban cuando yo comentaba las noticias o me hacía el chistoso. Les molestaba. El Christopher se fue. A veces me llevaba comida. Una vez me llevó una tenida de ropa. Un día me abrazó y dijo que me cuidara. No lo vi más. La Jocelyn se casó. No me invitaron al matrimonio. Ahora viven en Ñuñoa. Ni se aparecen por Puente Alto. Me puse a barrer las calles. Estaba sólo en la casa con mis perros. Decían que el Matías me estaba buscando. Al final yo pesqué el volantín. Lo agarré porque mi palo era más largo. Mis primas quisieron vender la casa. Hicieron varias reuniones. Yo llegué a algunas. No entendía nada por la caña y la angustia. Me sobaba las manos. Nos vamos a repartir la plata, decían. Pero yo insistía en que no la vendieran. Enumeraba todas las cosas que habíamos vivido ahí. Era la casa de los tatas, donde nació y murió la mamá. No me pescaban. Pensaban en pesos. Hablaban de hipoteca, avalúo fiscal, abogados, porciones, millones. Nadie tomaba en cuenta que ese seguía siendo mi hogar. Después hacían las reuniones sin mí. No me enteré de nada. Seguí barriendo y regando la plaza con mis perros. Fue así hasta que llegaron los pacos a sacarme. Grité un poco. Me rompieron la cabeza. Grité harto. Me llevaron al hospital, después a la comisaria, después me soltaron. Al final el volantín estaba todo rajado. Cambiaron la chapa de la casa. Fui a un albergue, pero estaba lleno. Vaya a San Bernardo, me dijeron. Eran las diez de la noche. Los perros me siguieron. Llegué a este potrero. Me acuerdo de cuando era chico.

Alex Saldias

Alex Saldias

(1993) Profesor de Lenguaje nacido y criado en Puente Alto. Fan de Iron Maiden, Albert Camus y los sánguches de potito. Ganó el primer lugar del concurso Roberto Bolaño 2015 con su novela “El Rey Azar”. Además obtiene el premio único y contrato de edición en el I Premio La Pollera de Libro de Cuentos, versión 2015. Actualmente escribe cuentos mientras espera la segunda venida de Cristo.
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