“La península” de Ignacio Mardones Nally (Chancacazo, 2016) | Recomendación y selección de poemas por Pablo D. Sheng

 

El libro de Ignacio Mardones Nally es un acierto. Pocos poemarios materializan y unen la percepción del mundo con lo plástico. De hecho, lo que más me gusta del conjunto es que logra conectar las sospechas de una mente con la sensación de una ternura llena de delicadeza. De a poco Sofía, Úrsula, Diana o Priscila tienen la posibilidad de llegar ser penínsulas. Por eso mismo a todas las leo rodeadas de agua, conectadas, mediante una entrada pequeña y angosta, a un continente, un pedazo de tierra, lo que sea, pero siempre como ejes que posibilitan la escritura.

Otro de los aciertos es que los poemas tienen la gracia de no ser definitivos. Operan como extensiones de un continente que brilla y que sucede a medias. Cada elemento aparece cargado de vida. Esto me recuerda a lo que dice Shitao: los elementos cargados de vida habitan donde reina la muerte. Esa sentencia, se me ocurre, está en una escena de los poemas, allí en una pareja de ancianos en el parque, nublados por la publicidad, mientras hay una mujer que fija sus ojos en la niebla.

En La península los elementos cuajan y desaparecen, tirados, sin que me dé cuenta, a cualquier sitio. La naturaleza, compacta y detallista, que proviene del ojo y del ritmo de Mardones, aísla una interrupción, hace del poema, a veces, algo incompleto. Eso me gusta, porque una lagartija, por ejemplo, puede copular a distancia con otra, encima de las trenzas de una mujer. Así lo que es dinámico se vuelve estático, pero de un estatismo en vértigo y, entonces, como lector, de él me hago parte y contemplo.

 

 

Selección de poemas

 

VILMA

Lo que escucha en la aurora son hojas que caen
y nada más –o tal vez el espíritu de un loro
en busca de plumajes reconfortantes.

La paz es estar en la seguridad de un búnker.
Con telescopios afinados distinguir la borrachera animal
entre copas mustias: palpar ese cofre abierto
con el ojo crítico de los visores.

Enseñarle a hablar a los loros es una posibilidad:
está aburrida de pedir ayuda
mediante silbatos.

Cree que es hora de ejercitar su voz humana.
El viento gris en el poliéster de su abrigo
hace un sonido diferente.

Pasa por sus labios un susurro
o tecnología discreta puesta a funcionar
por la sed que tiene de escucharse a sí misma.
Una segunda fase: el pozo de arena donde jugaba
esconde los amuletos de la muerte y de la vida.

 

SOFÍA

Sofía señala una poza de agua.
Cree valiosos haber descubierto una porción de líquido
con reflejos tan perfectos, en un parque donde las tormentas
descargan solamente luz.

Estamos a martes y hace calor: los charcos
se gobiernan a sí mismos y luego se evaporan
en espirales de perfume.

El sufrimiento invade las temáticas
incluso la geometría: ayer un triángulo o una pirámide
le pisoteó el estómago.
Más tarde comprendió que era su propio cuerpo
en posiciones de yoga.

Dijo que no es necesario viajar para adquirir conocimiento:
llanuras o páramos desolados de la sabiduría, –es inútil
resistir con botellas de vino intentando anticiparse
a los ritos del presente.

Estas calles, estos edificios, flores sitiadas, santos de yeso
también son una distracción.

Observa las hilachas en las mangas del cartero: qué bien las lleva
y con qué astucia camina, él llegará a su casa por la noche
y las quemará frente a su esposa con un encendedor.
Después la conducirá a la terraza para leerle cartas sobrantes
a la luz de los faroles.

 

LIDIA

La huerta del manicomio también es un su cementerio.
Quién sabe cómo funciona su cabeza:
al otro lado del mundo siempre es China
incluso en China, su polo opuesto
es la Nueva China.

Así viaja por el planeta, extranjera
–con rasgos asiáticos forzados en los ojos
mientras imita un idioma
que nunca entenderá.

Cómo podría apuntar a su corazón con un arma
cuando sé que sus palabras son súplicas
para que corte un pétalo de la flor de los naranjos
y lo presione contra su frente.

Lidia se toma de las manos, está desocupada, aburrida.
Cómo le gustaría a ella regar un campo inmenso
con ese vientecillo tibio de las mangueras cuando el pozo se agota
y apuntarle también a sus calcetines rojos sobre la tierra
y dormir, y soñar.

 

ELVIRA

Elvira pasa el año en una traslúcida
laguna de pirigüines, ahí es testigo
de las órbitas del dolor. Su mano se mueve
y me toca fuerte, golpes: dos estatuas abrazadas.
Ellas no juegan como nosotros.

El campo que guarda las cáscaras
de los frutos que comimos
está cubierto de nuestro romance juvenil:
sabemos que el remedio ante lo que arde
son plumas de aves del paraíso, pero las fuentes
que las alimentan se han secado.

Ahora es lógico que los inviernos se culpen entre ellos
y que el único objetivo de la floración primaveral
consista en producir semillas
para el interior de nuestros cascabeles.

Si Elvira llega a cazar uno de esos pájaros
yo estaré para recordarle que ciertos terroristas
explotan al aire libre, que alguno podría estar entre las plumas
quizás en la forma de cristales íntimos
afilados por la devoción.

 

“La península” de Ignacio Mardones Nally (Editorial Chancacazo, 2016)

Pablo D. Sheng

Pablo D. Sheng

(Independencia, 1995)
Fue parte del taller de poesía de la Fundación Neruda. Obtuvo el premio Roberto Bolaño de novela. Publicó Charapo (Cuneta, 2016).
Pablo D. Sheng