“Las siete vidas de Lucero” por María José Navia | Presentación al libro “7 veces Lucero + versión original”

 

 

No sé qué opinan ustedes de los covers de canciones pero a mí me encantan. Me gusta mucho ver cómo un artista le imprime su propio sello a una canción que creemos conocer: la vuelve más dulce, más tenue, o bien le imprime una nueva velocidad. Hay, eso sí, covers que son miedosos, y dejan la canción casi intacta. Y entonces la única diferencia es la voz. Una voz distinta sobre palabras y ritmos familiares. Pero hay otros que le dan nueva vida a canciones en las que nos sentimos alguna vez en casa, que nos muestran nuevas posibilidades, que transforman y nos transforman, en su paso. Hay covers, incluso, que nos gustan más que los originales. O nos gustan por razones distintas. Me pasa, por ejemplo, con Across the Universe de los Beatles y luego la versión de Fionna Apple que hace que el mundo, al menos por un instante, se detenga.

Un cover deja atrás una vida para dar otra. Un cover nos vuelve, también, a una vida que tal vez habíamos olvidado. Dar una versión a algo es conjurar a la vez la muerte y la posibilidad de sobrevivir.

Esto adquiere aún más fuerza en este libro. Una colección de covers valientes, despiadados. Que juegan con motivos, con detalles, con colores, que habitan Lucero, de Óscar Castro con nuevas vidas y muertes. En el original, en este cuento “realista y apegado a los cerros” como comenta Claudia Apablaza en el prólogo, un hombre va con su caballo, Lucero, y debe cruzar la cordillera por un paso muy estrecho. Hay reglas, claro, y él debe disparar su pistola dos veces para dar aviso del cruce. El problema es que otro jinete ha hecho lo mismo. Y al mismo tiempo. Y ahí se encuentran a la mitad del camino sin que ninguno quiera retroceder. Y las palabras fallan, no alcanzan. De la mala suerte se da paso a que la suerte decida: sacan una moneda y el resultado le es adverso al protagonista quien no llora sino que quita lentamente, como una ceremonia, todas las cosas que lleva sobre el caballo. Luego: el empujón. Y también: el abismo.

Comenta el narrador: “como quien se descuaja el corazón”

Ese es el resumen y uno podría haber anticipado estas nuevas vidas simplemente como nuevos cruces. Dos autos enfrentados. Otras decisiones de vida o muerte. Pero lo cierto es que estas siete versiones actualizan este relato de otras maneras. Como si escribir una versión de Lucero fuera no solo trabajar sobre las decisiones tomadas por el relato, lo que vemos sobre la página, sino también todas las que no se tomaron, los murmullos que se escuchan bien bajito, ese silencio animal que no puede responder.

Volvamos a Oscar Castro: dos hombres y dos caballos. Aún más cerca, zoom in: un hombre y su caballo, ese que siente como una extensión de sí mismo. Un cuento, digamos, masculino, de cruces rodeados de abismos. Y la cordillera en todas partes. Dice Castro: “Recortadas unas sobre otras, las cresterías de la cordillera barajan sus naipes pétreos hasta donde la mirada de Rubén Olmos puede alcanzar.” Recién comenzamos y ya el paisaje está jugando a las cartas con nosotros. O, como dice la expresión: se ponen todos los naipes sobre la mesa. Y, al final de ese párrafo: “Y cuando se ha detenido, cruza su pierna izquierda por encima de la montura y despeña su mirada hacia el valle.”

Azar, paisaje, despeñarse. Un párrafo y ya está todo escrito.

Y entonces tomamos una de las versiones, la de Arelis Uribe, y vuelve el cruce y la cordillera (el cuento se titula “Los Andes”), solo que ahora en primera persona: “Voy en avión atravesando la cordillera. Me preguntó por qué la gente atraviesa un murallón así. A quién se le ocurrió primero cruzar este cardumen desordenado de cachalotes varados.”

La reflexión de la narradora persigue a quienes cruzaron antes que ella, a los conquistadores, en sus viajes de exploración, a los indios, para detenerse en lo que no está, las mujeres: “No sé si hubo mujeres en esas travesías, si esas mujeres caminaron por la cordillera menstruando o embarazadas o violadas o con miedo a ser violadas. Me pregunto si hubo niñas y cómo era su ropa. No he leído libros que las nombren.”

Y si bien Castro tampoco las nombra, Arelis Uribe las trae de vuelta. Les da un lugar. Un paso.

Mujeres también son las protagonistas de “Final de temporada”, de Kati Lincopil donde se recupera el cara y sello, el peligro de una decisión y el nombre de Lucero lo lleva la narradora. Aquí vuelve el peligro, de dos chicas que se quedan solas en la casa mientras sus mamás salen a trabajar: “Los veranos, donde el día se hacía más largo y solitario, los pasábamos en su casa o en la mía, encerradas hasta que volvieran nuestras mamás del trabajo, sin abrirle la puerta a nadie, temerosas del cartero o del tipo que pasaba a tomar el estado del agua.”

Y el peligro aparece en una fiesta, en una escalera para ver el cielo, para mirar las estrellas.

(Antes, la narradora del cuento de Uribe comentaba: “Buscaba formas de irme de la casa sin irme de la casa.”)

Hay otros cambios. De la naturaleza se pasa a la ciudad y el cambiar de lugar, el cruce, el quedarse solo y a la intemperie, puede darse en un viaje en micro, como el del protagonista del cuento “Oscar Castro” de Álvaro Bley. Y en ese cruce se trae el humor, otro ingrediente que no está en Lucero, donde las decisiones son severas, humanas, tremendas. Hay dos momentos aquí: primero la reflexión del narrador sobre si darle su asiento a una señora que, según él, “lo merece más”.

Y leemos lo siguiente: “Después de esto, pensé en las repercusiones que puede tener mi acción. La señora, tarde o temprano, va a tener, con señores y otras señoras, una conversación del tipo qué atroz la sociedad en la que vivimos hoy en día o, en su defecto, qué mala está la juventud. Uno de estos dos temas va a ser acompañado con té, café, galletas y algún pastel preparado por la más hacendosa del grupo de amigas. Ahí, en ese contexto, la señora va a decir que mira, que fíjate que a mí, y ya es más de una vez que me ha pasado, un cabro me dio el asiento en la micro. No todos son malos.”

Luego, se sube a la micro una chica que le gusta y él le cuenta sobre Lucero, el cuento de Castro. Mientras ella “veía su celular y tecleaba cosas”. Le pregunta qué haría si estuviera en su lugar, en la situación de deshacerse de algo que ella ama.

Es una conversación a la rápida y de pie, en una micro. Pero la reflexión se queda ahí flotando: porque deshacerse de algo que uno ama es, al final, deshacerse de un pedazo de uno mismo. Como dice el cuento original: “como quien se descuaja el corazón”. En un mundo de cosas desechables y de palabras vacías, el cuento de Castro, y sus relecturas, traen de vuelto el peso de las decisiones. Castro no deja morir solo a un caballo, mata y despeña una parte de su protagonista. Es un cuento sobre abismos, como dice Apablaza y también de la fuerza de lo irrevocable. De todo lo que matan cada una de las decisiones que tomamos.

Y es un caballo el que se deja morir. El caballo de los conquistadores de los que habla Arelis Uribe, pero también el caballo que trae consigo el eco de otros caballos, como el de Crimen y Castigo, de Dostoievski, que un cochero golpea sin piedad y que hace que Raskolnikof, hasta entonces con la sangre fría y un plan aparentemente perfecto, se descarrile. Se despeñe.

Dice Derrida que una de las cosas más brutales de la violencia hacia los animales es sentir que no entienden porqué los están maltratando.

No sé si esto sea verdad, pero sí creo que la presencia de Lucero trae un silencio distinto. Castro dice que el caballo no puede responder pero lo cierto es que la respuesta es esa inquietud de no entender lo que está diciendo. Y en Siete veces Lucero, si bien no vuelve el caballo en la mayoría de los relatos, sí se le abre la puerta a otras presencias animales. Así, por ejemplo, en Jimmy, de Alfredo García Cid, dos chicas que ponen su departamento disponible para couchsurfing se quedan a cargo de un perro que poco a poco se va ganando su cariño (“Seguíamos nuestra rutina de vivir sin preocuparnos mucho del futuro ni del pasado, solo que ahora hay un perro entre nosotras.”). A este cuento también llega la muerte y la decisión brutal, el momento de peligro. Y el perro, claro, no responde.

Y no sé si los humanos responden mucho mejor.

En “Techos”, de Christopher Holloway, lo que se pierde es un gato y el narrador trata, dice, de “pensar como uno”. Mira también páginas web para tratar de entender el comportamiento animal. El narrador no consigue llorar y busca, busca, sigue buscando. Recuerda otros gatos del pasado. Y, si volvemos a Castro también encontramos esta falta de lágrimas, esta muerte para la que no hay duelo, esta presencia incómoda que es testigo de nuestras decisiones, a veces, sí, bestias. Hay afiches de gatos perdidos, algunas respuestas, y una oración que se queda por ahí resonando: “A veces hay que caer para no levantarse.”

Así como hay otros animales que reemplazan al caballo, también hay otras suertes que se dejan al cara o sello, hay otras muertes ancladas en decisiones de esas sin vuelta atrás. Y ya la expresión es decidora: sin vuelta atrás. Solo avanzar. Es lo que pasa en el cuento de Francisco Molina, “Tenía un lunar en el iris” en el que dos amantes deciden quitarse la vida en un baño. La historia comienza con un inventario: “Somos un mueble, el espejo, esta tina, la ampolleta de luz blanca y los dos cuerpos que absorben parte de esa luz. Eso hay alrededor y es todo lo que hay.”

Y también: “Aceptaste ponerle fin a todo esto conmigo, los dos en esta tina. En el momento donde el vapor no nos dejará pensar con claridad, el hambre no nos dejará pensar con claridad, seremos turbios, seremos manchas, estaremos existiendo al mismo tiempo que no…”

Lucero vuelve una marca en el cuerpo del otro, en los ojos del otro que ya pronto van a dejar de mirar. “Tienes un lunar en el iris. Es la forma de un lucero, como un punto que amenaza con terminarlo todo iluminando.”

Me gustan estas palabras, me quedo aquí, las repito: como un punto que amenaza con terminarlo todo iluminando.

También Holloway habla, casi al final de su cuento, de una “melancolía luminosa”

Y en la última vida de este Lucero volvemos a las imágenes y su belleza en el texto de Sofía Flores. Imágenes que nos dicen que “apuntar y nombrar es hacer aparecer.” Y también: “como aquel caballo marcado en la frente reclama lo que le pertenece.”

Spivak dice que traducir es la forma más íntima de leer. Siete veces Lucero trae de vuelta el gesto de traducir desde la reescritura: la intimidad de saborear las palabras de otro, de habitar una decisión o un dolor, desde la belleza, sí, pero también, pero sobre todo: “como quien se descuaja el corazón.”

 

Texto leído en el marco de la presentación del libro de cuentos “7 veces Lucero + Versión Original” Editorial Los Libros de la Mujer Rota, antología de autores jóvenes chilenos. Furia del Libro. GAM.  Santiago, 2016.

Maria José Navia

Maria José Navia

(Santiago, 1982)
Escritora y académica UC. Doctora en Literatura y Estudios Culturales (Georgetown University).
Ha publicado la novela SANT (2010) y el libro de cuentos Instrucciones para ser feliz (2015). Escribe sobre libros en Paniko y en su blog www.ticketdecambio.blogspot.com
Maria José Navia