“El pejerrey en la zona central de Chile” por Gabriel Zanetti

 

 

No recuerdo con exactitud a qué edad mi abuelo materno comenzó a llevarme a hacer sus trámites. Según mi mamá desde los tres años –en camioneta, sentado adelante, a ratos sin cinturón, algo imposible en estos tiempos de alharaca total–, pero la verdad mi memoria registra desde los cinco años en adelante, después del Plebiscito de 1988, del triunfo de Aylwin en 1989 y del Colo-Colo campeón de América 1991. Estos hechos son mi bautismo. La realidad la empecé a percibir e interpretar de ahí en adelante.

No había mejor panorama para mí. Hablar con don Héctor muy escuetamente por teléfono –no decía chao ni adiós al terminar de hablar– y esperarlo. El período de vacaciones de invierno me gustaba especialmente, puesto que no solíamos salir en días hábiles por el colegio. Hacíamos gimnasias bancarias en el centro, me presentaba a las minas del Banco Santiago y del Chile y, dependiendo de dónde estuviéramos, pasábamos al Ciro´s, al Cornerbar, o al Bar Nacional. “Es de roto venir al centro y no tomarse un pisco sour o un schop”, decía. Yo tomaba néctar de damasco, alucinaba con el aserrín en las entradas, y empezaba a entender esos gustos que representaban, al menos en esos años, la hombría: comer con las manos sánguches de pernil o lengua con palta en marraqueta, sentarse en la barra, hablar de boxeo, fútbol, hípica y mirar mujeres.

También íbamos al CODRIPRA de la Panamericana sur. La razón: las pavas para la cazuela. En ningún lado eran tan buenas y además siempre había. El paseo al centro carecía de la melancolía de este viaje. Ahumada, Huérfanos, Bandera, el comercio ambulante, las faldas cortas del Haití, lustrarse los zapatos, comer fuera, incluso cuidarle el maletín y recordarle dónde estaba la camioneta a don Héctor, que era muy distraído, construía alegría aunque diluviara. Por el contrario, el trayecto a la avícola de San Bernardo era el non plus ultra de la melancolía. Nos ensimismábamos al subir por Duble Almeyda a Vespucio cuando todavía no era autopista, sortear muchas rotondas, mirar los viñedos de San Luis de Macul cubiertos de ese nublado, una especie de sábana vieja sobre el cielo, tomar la Panamericana –donde debería haber un letrero que diga “Bienvenido a la zona central de Chile”– y estacionar. Atravesar esa cortina de goma de colores para espantar las moscas del negocio ya hacía que valiera la pena el viaje. El olor era nefasto.

Mi abuelo se movía de acuerdo a la temporada, seguramente algo muy de la zona central. En verano visitábamos los poblados de Nos, Buin, Maipo, Paine, Alto Jahuel, Chada, en busca de las picadas de melones, las esquivas melonas, granados, frutillas, choclos humeros y sandías –una de las postales de la zona central–. Sobre estas últimas decía “tienen que sonar en re menor cuando les pegas para elegirlas”. Estaba en contra de la sandía calada y en contra de las opiniones de los demás en general. Era un tipo magnífico y moderno para su generación, de hecho odiaba a los viejos, podría contar mucho sobre él, pero solo mencionaré algo trascendente para este texto: mi abuelo, probablemente desde la primera vez que salimos juntos, impuso un lenguaje y una poética en mí.

Decir que aquel es el lenguaje y poética de la zona central de este país es tirarse a una piscina con poca agua, aunque probablemente tenga algo de cierto. Conmigo utilizaba un tono agudo y piante que distaba totalmente del que empleaba en casa o en su fábrica. Además cultivaba el delirio. Por ejemplo, le gustaba quedarse pegado frente a la pileta de la plaza Ñuñoa, siempre llena de basura. Los envases de chicles, Negrita, Superocho, latas de cerveza y servilletas eran peces, les poníamos nombres, armábamos subespecies. Hablamos en hueveo pero en serio, durante toda nuestra historia. Don Héctor era el salmón que venía de vuelta, río arriba, sin picar con nada, a esconder los últimos huevos y yo el hambriento pejerrey, lleno de energía, torpe pero veloz, iluso, en aguas aparentemente tranquilas.

Las fuentes de soda de toda la ciudad eran nuestro centro de reuniones, no importaba dónde estuviéramos, si conocíamos el lugar o no, entrábamos empoderados a boliches del centro, de las cercanías del Persa Bio-Bio, Gran Avenida cerca de la casa de mi bisabuela o Maipú cerca del Cementerio Parroquial. Tiendo a pensar que compartir un lenguaje y una poética es la única manera de cultivar la amistad. En el caso de un abuelo y su nieto hay algo más que eso. Probablemente el traspaso de un mito, como del que intento hablar.

Gabriel Zanetti

Gabriel Zanetti

Santiago, 1983. Ha publicado Cordón Umbilical (Spleen Ediciones + ML Ediciones 2008, Malaletra Editores, 2009) y Prohibiciones y títulos (Lecturas Ediciones, 2015). Es productor literario en Ediciones UDP.
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