Cuento | “Dirá la palabra del frío” por Evgenii Vorobyov | Traducción Pablo D. Sheng

Siempre te miro cuando doy vueltas. Tú vienes los fines de semana. Yo vengo de lunes a lunes, pero no importa esperar días enteros para encontrarte en el local de lentes. ¿Sabías que acá el día no pasa, que la nieve de afuera ni siquiera nos toca, que el aire acondicionado nos inventa un mundo y este mundo cerrado, de vidrios, de tiendas, de maniquís, de ropa y cajeros automáticos, no se parece en nada al mío, al del que vengo yo?

Nieva, lo sabes, y todos en la ciudad quisieran cambiar de nombre, incluso tú. Temo no verte más, cuando la pompa de jabón desaparece de a poco y la echo a volar por la ventana y sé que, mientras me baño, el agua se lleva reflejado tus pies, tu rostro, los lentes que ocupas y sacas de los mostradores. Los árboles, pienso, blancos ahora, están lejos, pero, algún día, llegaremos a ser un árbol. Como mi papá que se ahorcó en el verano cuando las peonías florecían en Bystrinsky.

Algunos copos de nieve en las taigas, de algún modo casi mirando Japón desde la costa. Ya sabes, los que estamos al final del transiberiano podemos mirar la isla, ser chinos un poco y querer viajar al sur, recorrer el mar y llegar a Mongolia, a China.

Imagino que en Bystrinsky, hoy, hacen menos veintiséis grados, el sol quema de tan helado. De seguro, las pisadas de las barnaclas logran ser vistas, pequeñas, en la nieve, junto al correr de las grullas. El reflejo, en la mañana, tembloroso de la luna en el baño. Dos trabajos, te digo, que tengo, el de la semana y este de días sábados y domingos. Llegas temprano y me saludas con tus ojos, guiñándome me imagino y con eso me devuelvo a las estepas donde mirar el océano es también mirar América, Alaska.

Ahora no puedo ver. Más rato las cámaras me dirán qué hiciste todo el día. Guardo esos videos, las instantáneas en mi celular y miro tus movimientos, cómo atiendes a los clientes, los lentes que te pruebas junto a las otras compañeras de trabajo. Las siluetas que parecen ruidos imperceptibles. Noto que ambos danzamos en esta megatienda, aunque sea invierno y afuera los camiones delineen caminos para que la gente, con sus peludos, avance, los autos avancen, todos avancen, incluso yo que llego acá a las seis de la mañana después de mi trabajo de guardia en una empresa donde los perros ladran y tengo que por lo menos beber dos litros de café, media botella de vodka y jalarme algún químico para resistir los días, o dormir un poco, media hora, lo que sea para llegar un sábado y un domingo a verte, a imaginarme contigo entremedio de los árboles falsos de este mall de seis pisos.

La verdad es que mi papá no se ahorcó. Se tiró de uno de los edificios más altos de Bystrinsky. No soportaba que para comer tuviera que cambiar cosas y conseguir unos rublos que apenas nos alimentaban a mí y a mis hermanos. Recuerdo que los volcanes humeaban y el cuerpo de mi papá también humeaba cuando lo cremamos.

Tu nariz está helada. Llevas poca ropa y hay una montaña que arrastra un río. Llevo unos pescados frescos que el sol alcanza a iluminar. Tienes el cuerpo colorado. El pelo lacio y rubio cuelga y nos desnudamos en el frío amanecer de esta estepa. Incrusto en los pescados unas ramas mientras miro el río torrentoso que bajo su superficie quema. Dejo que tus manos también se quemen junto a las mías. Los pescados se cuecen y los devoramos y pasamos el bolo de lo que mordemos en nuestras bocas. Pero despierto. He estado durmiéndome de pie. Pienso en mi cama, en las manchas de aceite en el colchón, en la humedad del pasillo, las luces blancas y en la foto que tengo de mi mamá y mi papá mirando fijamente a uno de mis hermanos bebés.

Recuerdo que antes del suicidio, mi papá tiró su colchón por la ventana. Dijo que las cosas estaban mal, que los trabajos esporádicos no te dan la suficiente suerte para sobrevivir en el mundo, que mi mamá le era infiel y yo solo me dedicaba a mirarlo, a pensar que quizá el colchón podría estar quemándose, calentándonos quizá en una noche y no congelarse afuera, arrastrado por los ventarrones que hacían que el cuerpo se volara. Mis hermanos chicos hurgueteaban en un pan y sorbeteaban la leche que nos dejaba mi mamá temprano antes de irse al trabajo. Creo que eso era lo que le molestaba, su trabajo, ella llegara tarde y no la viera en el día, no pudiera hacerle el amor en la noche por su cansancio.

A esa edad, como a los quince, yo pensaba mucho en lo que me decían en el colegio, en las catequesis, eso de que los hombres tenemos ojos que no sirven para ver, oídos que tampoco sirven. Eso del bulto en la espalda y la apertura de un hoyo en la pared que estaría hecha para mí. Las palabras del frío se cumplirán, pensaba. Arrebatos de Dios, de los lentes, del agujero en la muralla o del concreto a medio terminar, por donde la luz del sol se escapa a veces, que recubre la zona donde almorzamos. Ese sector de seis pisos que cumple la misma función de un mall, pero lleno de escaleras. El cacin0 para los trabajadores, la sala de urgencias por si tenemos un accidente, los camarines y las salas de descanso. Solos nosotros, tú y yo, vemos lo que hay detrás de las paredes espejeadas, de los reflejos instalados de pie en la ciudad.

De mi familia ya no sé nada. Supe que mi mamá murió por comer tantas arvejas y terminó ahogada en un lago. Quizá esas muertes tan idiotas digan algo, por ejemplo que yo moriré de tiña y enloquezca por, quizá, no tener una suficiente higiene, menos en invierno, o que mis hermanos menores, Orlóv y Krylóv, se entreguen a la calle, los echen de sus trabajos. Al menos son buenas personas, solo que apenas han sabido encontrar un lugar en el mundo. Como yo, que solo he escapado. Huí de Bystrinsky a los diecinueve años. Dejé embarazada a una compañera de trabajo. Hicimos el amor cuando la panadería cerró. Cerca del molinillo, de los moldes de pan. Aún las sobadoras y sus rodillos de acero crujían. Oímos unos pigargos que chillaban. Varias veces más hicimos el amor, pero dejé de hacérselo porque Irina dejó de ir, por vergüenza imaginé. Me gustaba besarle su espalda carnosa, tibia como leche, morderle su abdomen plano, acurrucarme a él. Cuando apareció en mi casa, con guata y llorando, miré sus ojos azules y el pelo que se dejó en melena y le dije que se fuera. En verdad la eché, a gritos, casi a golpes. Al otro día me fui de Bystrinsky. Llegué a una ciudad cerca del río Lena. Tenía unos pocos rublos en mi bolsillo. En Yakutsk trabajé en una minera de diamantes, en Yubileyny. Encontré trabajo gracias a que conocí al señor Vládivos. El yacimiento se encontraba a media hora de la ciudad. Iba quince días seguidos, después volvía. El señor Vládivos me ordenó que tenía que trabajar con él, pero siempre y cuando me casara con su hija. El día que llegué a la Yakutia estuve rondando unas iglesias hasta que llamé a un número. Me contestó el señor. Unas horas después nos reunimos y me hizo la oferta. A mí no me importaba. Quince días después conocí a su hija gorda. Tampoco me importó, solo que era tan gorda, que apenas podía levantarse de su cama. Exagero, pero para mí era un monstruo flojo dependiente de la riqueza del señor Vládivos. Del yacimiento a cielo abierto de diamantes mis compañeros perdían brazos, algunos quedaban atrapados en los fosos blanquecinos y terrosos. La nieve en invierno nos hacía el trabajo más lento, pero las maquinarias nos dejaban limpios los caminos. Los rublos que recibía era el mínimo y pensaba que con los diamantes y las gracias de Vládivos me haría rico. Al menos no pagaba por comida ni casa, solo tenía que resistir quince días en la mina, quince días durmiendo con mi esposa gorda. Me di cuenta que el señor estaba casado con una rusa y su hija, por eso, salió de cabello casi blanco y alta, un mastodonte que apenas resistía en la cama. Varias veces hice el amor con ella, pero no quiero recordarlo. Escapé a los cuatro años. Me vi más viejo. Supe que dejé una hija allí. Vládivos no me persiguió, yo creo que logró entender que era joven, que además no quería estar sobado al becerro de su hija. Con Vládivos jamás tuvimos problemas, por el contrario. Él era el jefe de nosotros y nosotros sabíamos responderle bien, aunque alguna que otra vez tenía que levantarnos la voz, amenazarnos con que nos echaba, e incluso lo hizo con un par de compañeros que no llegaban a las metas que teníamos que sacar de diamantes. Las faenas eran arduas para, pienso ahora, pero tampoco los veía esforzarse. Cuando escapé de Yakutsk decidí irme a Moscú. Me demoré casi una semana en recorrer esos nueve mil kilómetros que separan a las ciudades. Yo nunca había estado allí, pero la verdad llegué a las afueras, debido a los precios de los pisos. Viví con gente de origen negro, latinos, tailandeses, de todo tipo con quienes compartíamos piezas y camas. Uno de ellos, un latino, una vez intentó besarme mientras dormía. Sentí su mano agarrándome los pelos del pubis, y yo prendí la luz, desperté a mis compañeros de pieza y lo echamos. Terminamos bebiendo vodka y celebrando que había uno menos y que tendríamos más espacio en una pieza en la que dormíamos ocho personas. La oscuridad nos azotaba por las noches de invierno, pero no era tanto como en Bystrinsky.

Miro, a lo lejos, desde la entrada, tu espalda. Hoy entraste a las once y saldrás a las nueve. Llegaste sosteniendo un abrigo largo y vestías un chaleco azul que imaginé quitártelo. Pero después te vestiste de blanco para ofrecer lentes. Te imagino en el baño, sentada en el inodoro. Aprietas tus piernas, levantas tu falda y luego te inclinas para secarte. Te imagino cambiándote de ropa. Tu uniforme blanco, el labial que usas para dejar delineada tu boca y las pestañas negras, marcados tus párpados de negro. Aprietas firme tu cartera y presionas unos botones que te llevan, en una plataforma metálica, junto a otras compañeras, al segundo piso donde estamos nosotros, los de la tienda. Miro tus piernas. Vuelves a inclinarte, pero ahora es para sacar unos lentes del mostrador y hacer que un cliente se los pruebe. Tomas papeles y carpetas, los guardas, anotas una que otra cosa y calculas los valores de aquello que vendes. En la media hora de colación miro tu almuerzo, las papas cocidas que te sirves con un pedazo de carne y las ensaladas. En mi plato solo respiran las zanahorias, los restos de sopa fría que no quise comer. Al volver me pregunto si acaso es tu cara la que en ese vidrio se refleja. Parece que sí. Aunque quito la mirada, la evito, para que no pienses que solo vengo un sábado a verte a ti, que los rublos que hoy gano solo los desenvuelvo en mirarte, aunque ansío que ya termine la jornada para seguirte a tu casa.

En Moscú encontré solo trabajos de guardia. Hice algunos cursos para ser contratado en más partes. Así he ido engordando, haciéndome más fofo, más hambriento de papas, de vodka y acostumbrándome a jalar unas diez veces diarias. De mis hijos no sé nada y tampoco me interesa saberlo. El dinero me alcanza para la pieza que tengo, para mí solo y no tener que depender de nadie, salvo de la vieja que me la arrienda. Ella no es un problema. Incluso he logrado meter a Maria a la cama, una prostituta de la que un tiempo estuve enamorado, aunque ahora solo la frecuento, la llamo un día que tengo libre. La verdad es que el sexo con ella cada vez me importa menos. Maria es mayor. He visto cómo su cuerpo se afloja, cómo, de a poco, yo me he ido convirtiendo en su único cliente y, además, solo esos días nos dedicamos a jalar mientras nos quedamos acostados en la cama y yo miro su espalda blanca, su pubis rubio y sus senos que cada día cuelgan un milímetro más. Esas caderas ya no son las mismas. Las siento, cada vez que hacemos el amor, más sueltas. La he visto empobrecerse. Creo que nos queremos un poco. De todas formas lo pasamos bien y, cuando hay un poco más de dinero, salimos a comprar caviar y los preparamos en casa con pan y mantequilla.

Vuelvo a ver solamente tu nuca. Estoy detrás de ti en el bus y no te das cuenta. Al fin la jornada laboral terminó. Hoy dijeron que harán un ajuste del personal, mejor dicho una reducción. Eso tú no lo sabes y es probable que no te echen porque eres del part time. Quienes corremos riesgos somos los contratados. He seguido tu caminata rápida, pero no me reconoces ni lo has hecho en todo el trayecto que he estado tras de ti. Debe ser por la ropa que en el trabajo ocupo, todo de negro, el chaleco anti balas, una gorra de policía, la pistola y la luma colgadas de mis caderas. Me miraste por el retrovisor, pero yo sigo aquí, expectante a que bajes. Tú vas al otro lado de la ciudad al que yo voy, pero no me importa. Hoy tengo la noche libre. El bus ilumina la silueta que dejas. Recojo una boleta que se te cae. Compraste un sándwich que debes llevar en tu cartera. Afuera hay menos veinte grados y nieva. Mañana las calles van a ser distintas, llenas de nieve que alguna vez deglutiste o jugaste con ella lanzándoselas a otros niños. Miro hacia afuera y por las calles avanzan carros y furgones de policías. Las balizas suenan y deambulan por este sector. Ya te vas a bajar, logro notar. Te paras y yo me muevo. Fijas la mirada al fondo del bus y miras a unos adolescentes que visten de negro. Recuerdo a unos punks que entraron hace unos días al mall. Nos ordenaron que los siguiéramos. No hicieron nada. Tan solo subieron y bajaron por las escaleras mecánicas una y otra vez. También fijo la mirada y distingo que tienes un ojo más chico que el otro. El bus se tambalea, va más lento por la nieve. Te agarras del fierro y yo hago lo mismo para levantarme. Presionas el botón, te detienes frente a la puerta y el bus para unos metros más allá. Bajamos. Me quedo un rato quieto, como haciéndome el perdido y avanzas. Doblas en una esquina y apuro el paso. Veo que te acercas a una reja, sacas las llaves. Te detienes de nuevo en la puerta de una casa de dos pisos con sus luces apagadas y abres. Me quedo afuera y enciendes las luces, abres la cortina y me miras, pero yo te doy la espalda. Haciendo sonar sus balizas, pasan más carros de policías por esta calle que no es una avenida principal. Vuelvo a caminar, hacia el otro lado.

[Texto pronto a la venta en Los confines: compendio moderno de la joven literatura rusa (Nueva Vostok, colección Baikal, 2018)]

Evgenii Vorobyov

Evgenii Vorobyov

(Esso, 1992). Licenciado en Ingeniería aeroespacial en la Universidad Nacional Nizhnii Nóvgorod. Recibió el premio Neformat y, gracias él, publicó la novela Incompoemasión. Ha sido traducido a numerosas lenguas como el húngaro, hebreo, francés e inglés. Ha trabajado en algunas compañías de teatro y alcanzó la fama por su interpretación de Fiodr Dostoievski en la obra Todos íbamos a ser Alexander (Compañía Khameny). Actualmente termina un doctorado en aeroelasticidad y desarrolla una tesis sobre controles térmicos. El texto presentado corresponde a uno de sus relatos del libro inédito Las taigas y los rublos ortodoxos.
Evgenii Vorobyov