Fragmentos de “Lumpen” por César Cabello | Tacto editorial, 2016

Fragmentos Lumpen César Cabello Tacto editorial

Lumpen | César Cabello | Tacto editorial 2016

 

50 Aniversario de la Población Sta. Olga, Lo Espejo

Celebro la sombra de mi infancia en una toma de terrenos,
al grupo de niños con el que jugábamos a explorar
la fábrica abandonada, el hospital inconcluso,
las fronteras de los aeropuertos.

Celebro las horas desérticas,
las hechizas lámparas: velas al interior de tarros de pintura
con las que alumbrábamos la marcha nocturna
de los nuevos pobladores que llegaban por Panamericana
hasta el baldío, todavía sin nombre.

Celebro al homo faber,
a las dirigentas del comité Sta. Olga de Kiev
y al político desconocido que –sin pedir nada a cambio–
convenció al propietario de esos manzanares
para que firmara la expropiación.

Celebro la falta de vigilancia de los primeros años,
el peso del puñal que se aliviana
porque caminas solo,
sin detractores.

Y aunque a veces me descubro
envuelto en el ropaje de tus calles
–veo como extiendes tus manos
por encima de mi propia vida–
también celebro el día en que me alejé de ti
y solo regresé para cargar el ataúd
en el funeral de un amigo
o consolarme
con las mismas verdades
de El dios abandona a Antonio.

Celebro que me dieras un lugar,
una colmada tumba para arrastrar hasta allí mis huesos,
aún fuertes, aún no heridos por el horror
de tener que recobrarte.

Mano de obra

Esta casa tiene la forma de la noche.
La construyó mi padre sin ser arquitecto.
En ella puso en juego sus horas robadas al trabajo
y la liquidez de un auto que por necesidad
tuvo que venderse.

Esta casa tiene la forma de sus manos,
la estatura media del hombre derrotado bajo la puerta,
por donde solo pasa él y su voz sombría: albañil-cadáver
despedido por una familia numerosa.

Pido permiso para entrar en esta casa,
ponerme al frente de mi madre y mis hermanos,
encolar las sillas y reparar las alas rotas del viejo comedor,
reponer los huesos oxidados de los catres.

Pido permiso para exponer aquí parte de mi historia,
buscar oro al fondo de esa terca palangana
donde nos lavábamos el rostro
antes de ir a la escuela.

Pido permiso para volver sobre mis pasos,
beber del agua del torrente detenida en la copa.
Quizás mi padre quiera regresar aquí.
Saber que los hijos de un obrero
no tienen edad para abandonarse.

Wéstern o la división del trabajo

No recuerdo haber jugado más que con trenes en la infancia.
Mis sueños y el peso del hierro me devolvían a una edad remota,
donde la combustión de la sangre y del alma
convergían en el camino interminable
de los rieles.

Iba a ser maquinista (o mecánico de aviación),
pero el trabajo y mis anhelos fueron separados por el tiempo,
como en esa lucha de indios contra vaqueros.

Pienso en esto, sentado frente al polígono fabril
donde se construían las locomotoras
y que hoy albergan las bodegas
de un supermercado.

Solitario, como un vagón fantasma
que retorna –sin fuerzas– por la vía.
Furioso contra ese tren negro –sin luces–
en el que se ha convertido mi existencia.

Oración por Michael Jackson

Señor, recibe a este muchacho
que cantó y bailó sin distinción de raza
en los escenarios del mundo entero
y que ahora se presenta ante ti
como uno de tus ángeles más famosos.

Explícale, Señor, que fue un buen modelo
para nuestra naciente clase media: infantes que mantenían
económicamente a sus familias; primeros profesionales
egresados de poblaciones con baja escolaridad.

Y aunque algunos de nosotros reprobáramos
y no llegáramos a ser nunca The Jackson Five,
porque solo nos alcanzó para formar parte
de una banda de delincuentes, dile, Señor,
que lo perdonamos por haberse blanqueado el cuerpo
y por cambiar su rostro con cirugías estéticas
para parecerse a ti o a Peter Pan.

Acá la moda, la ropa de marca y el maquillaje,
acabaron con algunos de nuestros amigos
en fiestas que terminaban sin mujeres
y a balazos.

Estuvimos muchos años
escuchando la misma cinta de casete,
ensayando el Moonwalker y enamorándonos
de inmigrantes negras que llegaban a emplearse
a los cafés del centro de Santiago.

Cuéntale, Señor, que a pesar de todo
no lo recordamos como a una pobre mierda del pop,
sino que nos lamentamos por sus acusaciones de pedofilia,
por su adicción a las drogas y por sus últimos discos
que no obtuvieron la aprobación de la crítica.
Vicios humanos de quienes son abusados por el éxito
a muy temprana edad.

Pídele a Michael, Señor, y que esto no se te olvide,
que obre un milagro en favor de nosotros,
que escuche nuestras peticiones inútiles,
allá donde él está, contigo, en el Futuro.

¡Amén!

De cómo un delincuente aprende el código del hampa

No hay obras. No puede hablar.
El mal se le presenta como un bolo de cenizas
atorado en la garganta.

¡Di amor! ¡Compañerismo!
Pero este no aprende y entra en esa estrecha celda
en la que se ha transformado su corazón.

Allí esconderá el hurto de su primer trabajo,
llevará a una colegiala cimarrera a culear con él,
recibirá a amigos y a desconocidos
hasta altas horas de la noche,
porque el límite, en ese espacio de sombras,
no lo da el cansancio ni la luz que se desvanece
sobre los cuerpos reunidos en silencio.

Sin acepciones ni dobles lecturas,
cada uno será el carcelero del otro.

Ya crecidos, con caras de ángeles corruptos,
solucionarán sus diferencias empujándose,
cuesta abajo, por el despeñadero.

Sus tutores advertirán a la policía sobre estos instintos,
los futuros delincuentes sonreirán sin entender.
A pesar del juego, sus pequeñas almas
se mantendrán inquebrantables.

Carceleros

Cuelgan de sus cinturas un manojo de llaves
como si la libertad fuera un asunto serio.
Le dan importancia a los cerrojos y a las jaulas,
al pichón que nace y nunca abandona el nido.

Se conforman con solo mirar por las rendijas,
unir un pie a una cabeza que pasa y saluda
sin levantar el rostro.

Están del lado de los cerdos y de los capataces,
de los dictadores y de los árbitros de fútbol.
Nunca opinan, pero de noche, antes de dormir,
repasan sus castigos sobre un potro de tortura.

Sus esposas viejas
esperan que les pongan
una mano encima,
como por la tarde hicieron
con el condenado a muerte.

Al igual que buitres de pesadas alas
los carceleros no conocen la carne fresca.

Están del lado de los cerdos y de los capataces,
de los dictadores y de los árbitros de fútbol.
También, de todos nosotros,
cuando ensayamos esta idea
de reclusión.

Más fiel que mujer de presidiario

Mis rodillas se doblan y estoy ante ti dispuesta
a la fellatio, a la adoración. Como un pequeño monte te alzas
por encima del razonamiento, del coito apresurado,
por turnos, en la sala de visitas.

Sin saber de ti, hiero con puntadas la ropa en tu beneficio,
arrastro un bolso con víveres y ofertas de supermercado.
Me dejo abusar. Mi amor traspasa el manoseo de la guardia
y sus preguntas obscenas.

Estoy aquí sentada con nuestro hijo al que le falta un brazo,
porque la miseria no es completa si la mutilación
no se hace visible y una piedra cae bañada de sangre.

En la fila de ingreso a la prisión,
hablo de ti a las mujeres de otros reos.
No te conocen, pero todas coincidimos
en que compartimos el encierro.

Cesar Cabello

Cesar Cabello

(Santiago, 1976). Ha publicado “Las edades del laberinto” (Santiago, Piedra de Sol Ediciones, 2008), “Industrias CHILE S.A.” (Santiago, Piedra de Sol Ediciones, 2011), “El País Nocturno y Enemigo” (Santiago, Piedra de Sol Ediciones, 2013) y “Lumpen” (Santiago, Tacto Editorial, 2016). Ha sido incluido en las antologías “La memoria iluminada. Poesía mapuche contemporánea” (Málaga, Cedma, 2008); “Los cantos ocultos. Antología de la poesía indígena latinoamericana” (Santiago, LOM, 2009); “Memoria poética. Reescrituras de La Araucana” (Santiago, Cuarto Propio, 2010); “Escribir en la muralla. Poesía política mapuche” (Buenos Aires, DLG Ediciones, 2011). En 2006 obtuvo el Premio Eduardo Anguita. En 2007, 2012 y 2016, recibió la Beca de Creación del Consejo Nacional del Libro y la Lectura. En 2010 y 2012 se le concedió el Premio Mejores Obras Literarias, por los libros “Industrias CHILE S.A.” y “El País Nocturno y Enemigo”.
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