“Primeras impresiones de Ñuñoa” por Gabriel Zanetti

 

He escuchado cierto desprecio o desconfianza por Ñuñoa. Algunos se pierden, dicen que todas las calles son curvas. La queja de quienes consiguen departamento o casa en estos barrios es que a ciertas horas, sobre todo el fin de semana, todo cierra de golpe: ni un café abierto, ni una fuente de soda. A ratos, ni las micros pasan, pues no tiene sentido buscar pasajeros en el pueblo fantasma en el que es capaz de transformarse este sector. Un amigo me dijo una vez: “ustedes podrían vivir donde quisieran y viven en ese pueblo de mierda, me enferma esa superioridad moral que tienen”.

No sé si eso es verdad. De lo que sí estoy seguro es de que los ñuñoínos poseen un misterioso amor por la comuna, una especie de compromiso que probablemente tiene que ver con la propia biografía. Recuerdo, por ejemplo, cuando conocí a Sonia Montecino y me contó su historia con Rolf Foerster, su marido. Había un momento clave del relato que ocurría “en la plaza más chica del mundo”. Yo me anticipé y le dije “en Julio Zegers y Villanueva”. Mi conocimiento sobre aquella plaza produjo amistad entre nosotros, su historia cercanía y familiaridad para mí, puesto que mis abuelos Zanetti Guzmán se conocieron en la Plaza Ñuñoa, y mis abuelos Reyes Craig, luego de casarse, compraron un terreno cerca de la Chacra Valparaíso e hicieron la casa donde formaron su familia. Tal vez esa es la palabra: familia. Historias de amor que producen hijos, niños que se crían acá y fijan sus recuerdos encima de esta comuna. La memoria personal impresa sobre estos parajes.

Suelo bromear con que vivo en el campo. B, mi esposa, que nunca había vivido por acá, escribió en Facebook la semana pasada: “Qué onda Ñuñoa, pasó un tipo hoy gritando “leche burra”. Llegué a preguntarle si era verdad y me dijo que lo comprobara yo mismo. Días más tarde pasó por afuera: a primera, segunda y tercera impresión se escuchaba justamente “leche burra”, pero al poner máxima atención noté que gritaba un “traigo humas”, apenas comprensible –como estila el gremio voceador, basta recordar, por ejemplo, al “café-cafó, calentito el Nescafó” del Estadio Nacional–. Talla aparte la de mi cuñado. Cuando niño pasaba un tipo gritando “Felipe” y este se asomaba por la ventana pensando que alguien lo llamaba, cuando el señor en realidad gritaba “berlines”.

Una mezcla de campo y pasado. Dan esta sensación ombúes, quillayes, pataguas, palmas y palmeras, el parrón cargado de uvas del Parque Juan XXIII, el Parque Pucará y sus alrededores onda western, ciruelos, damascos y morones que se revientan y tiñen la vereda. También la cordillera, el San Ramón puntualmente, que se ve en HD. Al parecer lo que atrae es el paisaje y una promesa de tranquilidad. Las señoras y señores de más edad se conforman con hacer sus cosas en el Caracol de Chile-España, en Los Carros, en las farmacias de Irarrázaval, en los almacenes que suelen tener carteles del tipo “Se ponen inyecciones” o “Sra. María, hago aseo” o “Se plancha”. Probablemente esto no tiene que ver con una actitud retrógrada, sino un revisitar situaciones de confort de la infancia y juventud, esa memoria de la que hablaba antes. Al menos para mí, en ciertos sectores, es lo que fue la zona central: campo con aspiraciones de ciudad, tal vez algo similar a lo que se refería José Ángel Cuevas con la idea de “Ex Chile”.

Me sumo eso sí a las quejas de cierto exceso. Posiblemente esta comuna tiene el consumo más elevado de incienso y palosanto, no hay semáforo ni plaza sin malabaristas, sin minas jodiendo la pita con esas banderas. Es difícil sentarse en alguna terraza de bar sin que aparezca un folklorista mediocre, un mimo, o lo que es tal vez lo peor, el poeta oficial de estos pagos: Homero Castillo Durán, tratando de venderte sus autoediciones. Los árboles envueltos en manteles de colores tejidos a croché son una vergüenza, la multiplicación de mandalas en muros particulares y, ahora último, en los puentes de la Villa Frei, la representación de un sector de la población derechamente ocioso.

Al parecer el espíritu de algunos, entre los que me encuentro yo, es la de negar el progreso de la comuna. No de la mayoría, puesto que esta otorgó a Pedro Sabat la alcaldía por cinco períodos seguidos, en los que vimos el surgimiento de estacionamientos subterráneos, la erradicación de las ferias navideñas en las plazas, el cierre prematuro de restaurantes y botillerías, la construcción de montonera de edificios de más de veinte pisos. A esto se suma la instalación de parquímetros en calles residenciales, como una manera de presionar a los dueños de las casas para que vendan y poder construir más torres. Son de esas casas antiguas, fachada a la calle, sin antejardín ni entrada de autos. No pueden estacionar sus vehículos en la calle porque les saldría ridículamente caro. El asunto llegó a los matinales de televisión. Martín Cárcamo apuró al encargado municipal –insinuando un negocio oscuro– y éste respondió: mucha gente quiere vivir en Ñuñoa, no se lo podemos negar.

Gabriel Zanetti

Gabriel Zanetti

Santiago, 1983. Ha publicado Cordón Umbilical (Spleen Ediciones + ML Ediciones 2008, Malaletra Editores, 2009) y Prohibiciones y títulos (Lecturas Ediciones, 2015). Es productor literario en Ediciones UDP.
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