“Dos vueltas de ventaja” por Francisco Armanet | Cuento inédito |

 

La conocí en mi casa, se llamaba Julia y apareció en una navidad que celebramos en familia. Era novia de un primo idiota que corría maratones y eso a ella le encantaba (lo de las maratones, lo de la idiotez no lo sabía). Estábamos sentados en la mesa después de comer y mi primo se jactó durante diez minutos completos sobre todas las medallas que había ganado a lo largo de su ridícula trayectoria como atleta. Yo miraba a Julia sin disimulo y me enamoraba rápidamente.

—Sí… Ya tengo siete medallas —decía Hernán—. Ha sido difícil pero le he ganado a los mejores del Chile.

La Marcia, mi abuela, miraba a Hernán con los ojos brillosos.

—Eres el orgullo de la familia, Hernancito —le decía, al tiempo que alzaba su copa para hacer un brindis porque el tipo corría rápido—. Salud por Hernán —dijo la vieja y todos chocaron sus copas. Yo no alcé la mía.

Julia era hermosa pero no parecía estar cómoda. Miraba tímidamente a mis padres, a los padres de Hernán, a mi abuela, y luego bebía un sorbo corto de su vino. Algo la inquietaba. Seguramente Hernán no le daba lo que ella necesitaba. Pasaron algunos minutos hasta que todos nos paramos para abrir los regalos. Fue ahí cuando alcancé a oír que mi primo le susurró unas palabras a Julia.

—Este viernes… Este viernes es la carrera final —le dijo.

—¿En serio? —preguntó ella fingiendo asombro.

—Sí, es este viernes ¿Irás? —le dijo.

—Claro, allí estaré —contestó con una voz suave, dulce y elegante.

Pasé por al lado y me dirigí hacia el árbol de navidad esbozando una sonrisa pícara. Todos abrimos los regalos y luego me fui a dormir. Quedaban pocos días para el viernes, yo debía descansar.

Al día siguiente desperté temprano y entrené todo el día. Veinte minutos de cardio, doce sentadillas y una arcada. Siete flexiones de brazo, un poco más de cardio, y luego otra arcada. Diecinueve abdominales, cara de asco y finalmente un poco de vómito. No, no estaba listo para competir contra Hernán en la maratón del día viernes, pero lo haría igual. Por Julia, lo haría igual.

Esa noche dormí como un bebé. El miércoles y jueves volví a entrenar, esas veces sin vómito, y el viernes amanecí como rey. Me di un baño de sales exfoliantes, me unté Calorub en las piernas y me vestí para la carrera.

—¿Adónde vas así? —preguntó mi madre cuando me vio salir de la casa hacia el auto.

—A la carrera —le dije.

—Ah, ¡qué bueno que animes a tu primo!

—No, madre, no alentaré a Hernán. Más bien competiré contra él y quién cruce la meta primero se quedará con Julia, su novia. Mi novia.

Me subí al auto y salí andando. Conduje rápido por la autopista. Al llegar al lugar en el centro de la ciudad, vi a cientos de personas que se habían reunido para presenciar el evento. Hacía mucho calor y me sudaba la espalda. Caminé entre la multitud seguro de mí mismo. De pronto, unos cinco minutos antes del pitazo inicial, vi Hernán conversando y riéndose con otros tipos. Estaban todos a su alrededor y le chocaban las manos y daban palmadas en la espalda.

—Ay, Hernán qué rápido eres. Ay Hernán qué ágil —le decían.

Continué caminando hasta llegar a la línea de partida. Fue en ese momento cuando vi a Julia. Vestía prendas sueltas y simples. Era muy hippie y eso me fascinaba.

—Hola —la saludé—. ¿Nos hemos visto antes?

—Hola –contestó Julia—. Estuve en tu casa para la comida de navidad.

—Ah, no recuerdo haberte visto.

—No importa. —Rió tímidamente, y luego preguntó—. ¿Viniste a alentar a Hernán?

—No… Yo corro maratones desde muy pequeño, sólo que no hablo mucho del tema. Para mí no es más que un deporte.

—Ah… –dijo Julia—. No lo sabía. ¿Y cuál es tu mejor tiempo?

—Un horr veineiraes mntos.. —contesté.

—¿Cómo? No te entendí…

—No te preocupes. Hablar no es lo mío —sentencié y de pronto apareció Hernán justo frente a mis ojos.

—¡Francisco! –dijo entusiasmado, mientras tomaba a Julia de la mano—. Qué bueno verte alentándome. De verdad te lo agradezco mucho… Tú sabes que han sido años de esfuerzo y el hecho de que mi familia esté acompañándome es un verdadero…

—Vengo a competir –interrumpí.

—¿Cómo dices?

—Lo que oíste, piernas locas. Vine a competir. ¿Acaso no le contaste a tu novia que fui yo quién te introdujo en el mundo del atletismo?

Hernán soltó una carcajada inocente.

—Qué gracioso eres, Francisco… —Rió, y luego miró a su novia.

—Julia —le dijo—. Él es mi primo tartamudo. Es lo más gracioso que hay.

—Hablo como corres, piernas locas. —Lo desafié hasta que Hernán entendió que hablaba en serio. Dejó de sonreír, apretó la mano de Julia y me clavó la mirada encima.

—Te sacaré dos vueltas de ventaja, tartamudito —dijo casi tocando mi nariz con la suya.

—Ya lo veremos —contesté.

Mi abuela, la Marcia, apareció repentinamente entre los competidores.

—¡Hernán, mi orgullo! —gritó y luego se dio cuenta que yo también estaba ahí.

—¡Francisco! Mí, mí, mí…

De pronto, sonaron las campanas. La carrera comenzaría en un minuto. Se produjo un momento de silencio. Miré a los participantes, sentí el calor sofocante, y después contemplé a Julia y su belleza. Hernán aún no le soltaba la mano. Una voz ronca habló por altoparlante.

—Competidores —dijo, y todos nos posicionamos en la línea de partida. Me arrodillé frente a la franja blanca en la calle y esperé el pitazo inicial.

—¿Por qué te arrodillas? —preguntó Hernán a mi lado—. Estos no son cien metros planos.

—Dos vueltas de ventaja —le recordé.

—En sus marcas… —señaló la voz—. Listos… ¡YA!

Rápidamente, y sin siquiera poder advertirlo, Hernán salió disparado por la calle. Lo perdí de vista en pocos segundos y quedé solo en la pista.

—Chucha. —Pensé a todo ritmo—. Este huevón de verdad es rápido.

El resto de los atletas también lo era, pero mi desafío no era con ellos. Corrí a la velocidad más alta posible por el asfalto y no pasó mucho tiempo hasta que me vino un incontrolable ataque de arcadas.

—Oh, ¿qué le pasa a ese chico? —oí que preguntaba la gente al costado de la calle al ver que yo me retorcía del asco.

—Es mi nieto —contestó la Marcia entre la multitud—. Cuando tartamudea pone esas caras, pero no sé con quién estará hablando ahora, ¡si va solo!

—Pues, que alguien lo ayude —dijo otra persona.

Sentí un dolor punzante en el estómago, recordé las clases de educación física en el colegio y, por mucho que quise continuar la carrera para ganar el corazón de Julia, tuve que detenerme. Dejé de correr, descansé la vista en el cemento, y respiré profundo apunto de vomitar. Hernán pasó como una bala por al lado.

—¡Una vuelta de ventaja! —Lo oí gritar antes de perderse nuevamente en el horizonte.

—Maricón —pensé, aceptando, poco a poco, que el tipo realmente era veloz.

Una nube solitaria cubrió el sol dándome sombra por unos segundos. Miré alrededor, vi a la gente observándome con curiosidad y, de pronto, todo se volvió difuso. Me voy a desmayar, pensé, perdiendo el equilibrio. Luego vi a Julia caminando hacia mí.

—Oye, ¿estás bien? —me preguntó como una novia preocupada y cariñosa.

—Físicamente estoy mal —le dije tosiendo—. Pero en lo que respecta a las emociones, nunca he estado mejor…

Y era verdad. Cada vez que yo veía a Julia, todo se volvía placentero. Incluso en la fatiga del cuerpo, en el calor sofocante, y en la oscuridad de la derrota, su mirada perdida lograba encontrarme. Nos hicimos a un lado de la calle y de pronto llegaron unos tipos con camilla. El público se había vuelto a concentrar en la carrera y en los competidores que seguían activos.

—Súbete —me dijo ella—. Los paramédicos te cuidarán.

La miré agradecido y le di la mano.

—Te amo —le confesé con dulzura.

Ella me miró, extrañada. Y cuando creí que se iría para no volver nunca más, dio un paso hacia mí y me besó la frente sudada.

—Algún día estaremos juntos —me aseguró secándose el sudor de los labios con la mano.

La nube solitaria destapó el sol y los rayos volvieron a iluminar la ciudad. Me recosté en la camilla, cerré los ojos y la imaginación me llevó a un lugar feliz junto a Julia. Casa en el campo, niños, perros, un huerto grande y el amor desbordándonos a los dos. Entonces, escuché la voz ágil de Hernán que gritaba ingenuamente:

—¡Dos vueltas de ventaja!

 

Francisco Armanet

Francisco Armanet

He trabajado en distintos medios digitales y actualmente me encuentro en vías de publicar mi primer libro de cuentos con la editorial Cuarto Propio. Vivo en Recoleta y tengo 27 años.
Francisco Armanet

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