“Las visitas” por Rodrigo Arenas-Carter

 

Un chileno acaba de estar de paso por nuestro departamento. Es un veinteañero que lleva dos años viajando, y ahora hizo una pequeña escala en Guatemala City para continuar hacia México DF vía terrestre. Todo esto no sería más que una anécdota, si no agrego el dato que prácticamente cada mes alojamos a algún personaje proveniente de Chile. Quizás, una de las razones es la escasez: somos pocos. Según los datos de la embajada, menos de 300 chilenos vivimos en Guatemala. Y aún menos somos los que lo hacemos en la Zona 1, centro histórico que es prácticamente visita obligada para cualquiera que pase por este rincón del planeta.

Esa escasez hace que muchos viajeros caigan en nuestro hogar. Claro, tienen que adecuarse al colchón sencillo y a la falta de agua caliente y nevera. Pero al final, y como diría Larry David, “la cosa funciona”, y todos quedan felices, listos para seguir a México o bajar hacia Nicaragua. Sin embargo, no creo que sea la única razón. Intuyo que cada vez más hay personas, entre los treinta y cuarenta años, que optan por viajar hacia la aventura de nuestro continente. Tránsito que suele durar hasta un par de años y que desemboca normalmente en un regreso planeado, o en el inesperado anclaje en un país nuevo. Gente que se hace de una mochila y ahorros suficientes para poder dedicarse a sacar fotografías, tener una intensa vida social, y quedarse en cada ciudad que les parezca interesante sin el apuro de las tres semanas de vacaciones legales. Personajes que salen de la norma en Chile, y que no están preocupados de un trabajo estable, de una pareja, de comprar una casa a cuarenta años plazo, o que en otros casos están lo suficientemente desengañados para sentir que, por mucho que se esfuercen, sus jubilaciones serán, de todas formas, miserables.

Incluso en los lugares más impensados me he topado con ellos. Tiempo atrás, estuve de paso por una ciudad con rostro de pueblo llamado Mobile, en Alabama. Lugar que, creo, representa eso que denominamos el “Estados Unidos profundo”: tractores, suburbios, calles enormes pero vacías, trailers, hombres de barba y camisa escocesa, junto a pequeños restoranes donde te sirven café a cada momento. En el centro, durante un mediodía de verano, me encontré con este treintón y su cartelito de Will Work for Food. No sé cómo, pero logré reconocerlo, y la conversación fue corta pero fluida. Confesó que era oriundo de Coronel y que llevaba cinco años huyendo de la migra. Habiendo pasado por Miami y Houston, sólo esperaba encontrar rápido algún trabajo.

Hay otros casos. El último personaje que nos visitó tenía absolutamente planeado su regreso dentro de seis meses más. Ansiaba volver a Valparaíso para aplicar todo lo aprendido durante este periplo, como trucos para dormir en los parques, o las técnicas secretas de serigrafía aprendidas en Mesoamérica. Este muchacho, Ingeniero Químico, saltó desde el puerto a Buenos Aires, y de ahí a Bogotá, hasta instalarse varios meses en una ciudad de Nicaragua llamada Granada. Y, pese a que la última parte de su trayecto puede preparar cualquier sorpresa, lo veo tan convencido de regresar, que espero un mensaje desde el cerro Barón dentro de medio año más.

Otro personaje del cuál deseo hablar es de un buen amigo que tengo en esta ciudad. Llegó a Guatemala de casualidad, con la misma ignorancia que la mayoría de los nacidos en Chile tienen/teníamos sobre estas tierras. Al mes conoció una chica, saltando de nuestro departamento hacia el hogar de sus suegros. “Me voy a vivir con F.”, nos dijo y desde entonces lo vimos cada vez menos. A los tres meses se casó con ella y ahora tienen un bebé chapín. Sólo regresaron al sur para que ella pudiera conocer a la familia de él, pues mi amigo ya tiene en trámite su nacionalidad guatemalteca.

También pasaron por aquí una artista cibernética, turistas que sólo deseaban llegar a Antigua Guatemala para beber hasta morir, una simpática pareja que recorría el continente dando talleres de elaboración de libretas artesanales, entre otros. Al pensar en ellos, puedo afirmar que la mayoría de los chilenos que he conocido, y con los que he podido entablar una conversación, digamos, amable, están/estamos huyendo de algo. El treintón de Coronel había huido de la pobreza. Nuestro amigo del puerto escapaba del planeado guión que le espera a los profesionales en Chile: compra un auto, viste camisas Polo y pantalón Dockers, saca panza, compra un departamento. Mi compa que se casó en Guatemala siempre decía que no se sentía capaz de tolerar más el clasismo, cosa que comparto. Y, la chica punketa que conocí en Nueva Orleans huía del materialismo rampante que se ha tomado la calles de Santiago. Viajaba sólo con una pequeña mochila que incluía su equipo de tatuaje, el cuál le había permitido ganarse la vida en diversos países del mundo. La muchacha, muy acogedora pero siempre inconforme, no fue capaz de adaptarse a la puntualidad ni al particular sentido del humor de la costa este. Hace poco supe que estaba feliz, trabajando en un estudio en Medellín, luego de regresar a Sudamérica vía buses viejos y lanchas inestables, habitando una pequeña pieza y rodeada de vecinos que todavía le preguntan por qué no vive en su país natal.

 

Rodrigo Arenas-Carter

Rodrigo Arenas-Carter

Escritor, artista visual e investigador independiente. M.A. en Literatura Norteamericana. Autor, entre otros, de la novela Once (2015) publicada en Guatemala, país donde actualmente vive. Su obra visual puede verse en http://rodsands.weebly.com/
Rodrigo Arenas-Carter

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