“Tao Conu Ching” por Matias Ávalos | Cuento | Inédito

(1)  Por tu destreza para elaborar/ El equilibrio/ A ti te fue dado el terremoto.

Pichi es camionero aunque fue futbolista y pintaba para crack, estuvo a punto de firmar un contrato para Cerro Porteño de Asunción del Paraguay, pero se enamoró y tuvo que dejar el fútbol, prefirió cruzar a Misiones y tener mucho sexo con una madura paraguaya que conoció en Asunción en su primera semana en la ciudad. Primera y única.

El equipo paraguayo lo había encontrado en Solano, sur del Conurbano Bonaerense; Edgar, encargado de las inferiores del club, estaba de visita en casa de su hermano menor, habilidoso albañil que había ido a probar suerte a Buenos Aires y le fue como a muchos. Se instaló en Buenos Aires, provincia, se hizo su casa en el mismo barrio de Pichi, La Florida.

Cuando Edgar llegó y lo vio jugar, llamó pidiendo autorización para llevárselo al club, autorización obtenida de inmediato ya que Edgar le había dado a Cerro grandes y numerosas joyas de todos los puestos. Creó arqueros que llegaron a la selección paraguaya, incluso descubrió varios enganches (su especialidad) que terminaron triunfando en Europa. La comisión directiva le giró el dinero del pasaje para el Maradona de La Florida y unos pesos más para convencer a los padres de que el chico viaje a otro país con un desconocido, pero no hizo falta ningún tipo de persuasión, los padres de Pichi se maravillaron con la idea de que su hijo triunfara, esquivándole (esto lo pensaba la madre) al inevitable destino de albañil o chorro que le esperaba. El padre, en cambio, más que maravillado estaba aliviado, un hijo en el exterior (de la ciudad, de la provincia, del país o del continente) sería antes que nada un hijo en el exterior de su casa. Digamos ,un problema menos. Él no esperaba que Pichi fuera una estrella, había visto cientos de Maradonas morir en el olvido, se conformaba con que pudiera mantenerse solo y eso era para él era ser una estrella.

A las dos horas de llegar a Asunción ya estaba entrenando. Deslumbró a varios con sus extrañas gambetas. Extrañas, sí: hacía una especie de asterisco con las piernas del que salía siempre con la pelota limpia y el rival relegado a la difícil (e inútil) tarea de seguirlo; corría como si bailara con sus piernas largar y delgadas que ondulaban al viento en cada zancada, dejando atrás a cualquier ñandú que intentara perseguirlo para frenar lo inevitable. O sea, el destino de la pelota apenas se encontraba con los pies de Pichi, su destino de romance juvenil pero rabioso, o rabioso por juvenil, con la red.

Pero todas las ilusiones que el astro en verde despertaba se esfumaron en el asado de bienvenida que le organizó la pensión del club. Deslumbró esta vez por su capacidad de consumir enormes cantidades de vino y asado sin discriminar color, cepa, cortes y puntos de cocción. Hasta la elegancia rabiosa mostrada en sus corridas al arco contrario, tuvo su igual en los embates dirigidos a la mujer de un dirigente del club, embates que fueron correspondidos, de manera que después de una noche de sexo sin protección, ambos partieron a Misiones para disfrutar de sus diferencias. Diferencia en las edades, por ejemplo: el casi astro tenía 16 y ella 39. Diferencias de firmeza: Pichi era una delgada y morena acumulación de rigidez, con su pija bastante por encima de la media siempre dura, era el perfecto opuesto de ella que era un conjunto armónico de redondeces blandas, suaves y blancas. Tetas, culo, piernas, brazos, todo en ella era una curva perfecta dibujada por el vuelo veloz pero liviano de una gaviota. Se amaron en las cataratas y ese fue el fin de la carrera futbolística del crack.

Estuvieron alrededor de dos meses en un telo de Iguazú hasta que el período de ella dejó de venir y Pichi se volvió a Solano para jamás saber nada más de ella ni de Paraguay.

A los pocos meses de su vuelta del país vecino empezó a ayudar a una amiga de su mamá a hacer las cosas de la casa. Ella una cuarentona separada, con un cuerpo que para Pichi era, en sus fantasías, de un arquero que esperaba desafiante que ejecute su penal. La proyectaba así, solo vestida con medias y botines, con guantes negros y sus pechos bamboleantes, agazapada moviéndose de derecha a izquierda abajo de los tres palos esperando que él dispare con toda la fuerza que el cuerpo era capaz de proporcionarle. Deseaba fulminarla.

En pocos días de trabajo ya empezaban a terminarse las actividades urgentes, ya el pasto estaba corto, los arboles podados, el fondo ordenado, el tanque de agua limpio, los perros bañados, Pichi había sido un gran empleado, así que, bien como recompensa o puro gusto, empezaron a coger.

Ella tenía una hija con sus mismos dieciséis años que lo merodeaba de manera extraña cuando la jefa de casa, después del mañanero religiosamente sostenido que se echaban apenas Pichi empezaba la jornada, se iba a trabajar.

Entonces la rutina era la siguiente: entraba a la casa (tenía llaves) e iba directamente a la habitación donde ella siempre desnuda y boca abajo, porque independientemente de cómo o dónde estuviera, apenas escuchaba las llaves se ponía boca abajo, se destapaba, ponía una almohada en su pelvis para quedar más cómoda y, elevando todo lo que podía la cola, abría las piernas y esperaba. Ahí llegaba él, miraba el espectáculo unos segundos y apenas lograba una erección decente, ante la atenta mirada de la hija que se encaramaba atrás de la puerta apenas Pichi  entraba a la habitación, se tiraba a la cama y la embestía mientras ella le susurraba que lo iba a acusar con su amiga, que era un degenerado, que la estaba lastimando y así por unos minutos, los suficientes como para que llegaran juntos al clímax y Pichi sacara sus veinte centímetros de virilidad y, al mismo tiempo que ella tenía un estremecedor orgasmo, él la llenaba de semen.

Ahí se decían “buen día”, ella se bañaba, le dejaba encargadas las tareas del día y se iba a trabajar.

Era entonces cuando la hija empezaba con la (a esa altura no es exagerar llamar) persecución. Siempre que Pichi se daba la vuelta la piba estaba ahí espiándolo toda la mañana. A la hora del almuerzo venían las preguntas incómodas.

— ¿Ya hiciste todo lo que te pidió mi vieja?

— Sí, después que baje el sol un poco me queda regar las plantas, pero eso nomás.

— Ah, está bien ¿no sea que se enoje, no?

— …

— Sino, todas las mañanas te termina puteando

— …

— ¿Por qué te dice degenerado? Se queja mucho de vos a la mañana, además le gusta quejarse parece. ¿No será masoquista? ¿No seré yo también masoquista?

— No sé qué es eso, tu mamá puede ser lo que quiera porque es grande, yo trabajo acá nomás. Hablá con ella.

Se levantaba, lavaba los platos y se iba a su casa. Esa era la rutina.

Hasta que un día llegó la propuesta. Estaban almorzando como siempre, pero esta vez el ambiente estaba más tenso. Esa mañana a diferencia de todas las anteriores Pichi la vio espiándolos. Eso confirmó sus sospechas. La piba estaba loca, pero eso no lo asustó ni le dio asco sino que lo calentó terriblemente; entonces la pija se le infló más que nunca provocando un mayor orgasmo a ambos, orgasmos que culminaron con litros enteros de leche hervida en la espalda de la mujer, pero también con el respaldo de la cama y la pared salpicadísimos.

Pichi sabía que la piba se iba a volver insoportable pero no sospechaba la forma. Fue la forma la que lo sorprendió.

— O me cogés como te cogés a mi mamá o le digo que me intentaste violar.

No creía lo que estaba escuchando, todo parecía un sueño por.no que se volvía pesadilla. Ella lo sacudió de su mudez golpeando la mesa al tiempo que profundizaba.

— Me gustás desde siempre, desde que somos chicos y al principio cuando te veía cogerte a mi vieja sentía mucho odio, pero después vi que era mejor, ella te estaba preparando para mí.

— Vos estás re loca pendeja.

— Y eso te encanta, hoy acabaste como nunca porque yo te miré.

— Fue susto.

— Fue calentura, yo te caliento y esa es la única verdad. Tenés un día para decidir, si mañana después de cogértela a ella, no venís y me cogés a mí, llamo llorando a mi viejo para decirle que me quisiste violar y que sos el amante de mi vieja.

Pichi estaba fuera de sí, sabía que cualquier decisión podía tener consecuencias graves. Le tenía más miedo a lo que haría su propia madre si se enteraba que le estaba cogiendo la mejor amiga.

Así que tomó el camino más corto. A la siguiente mañana después de los encargos, esperó que ella saliera y entró a la habitación de la piba.

Estaba tocándose en la misma posición que hacía unos minutos y como todas las mañanas lo esperaba la madre. La diferencia eran los años, era como ver el mismo paisaje del mismo cerro desde la misma ventana y a la misma hora, pero una P.M. y otra A.M., la hora exacta dos veces en el día del reloj descompuesto y sin sentido que es el sexo. La madre era el atardecer, colores ladrillo dibujando formas redondas, húmedos violetas cayendo desde los costados sobre un espejo rojo y vertical que bien podía ser una concha, bien un volcán o bien el mar actuando de un animal total y tranquilo esperando mansamente ser alimentado.

Pero ahora veía el amanecer a las siete de la mañana de la vida, un sol pletórico abrazándolo todo con una luz blanca que produce figuras duras, figuras blancas pero calientes, de un calor que quema antes que calentar. Un calor mortal y todo ese sol saliendo de un punto muy chico en tamaño si se lo compara con todos los efectos que de él se desprenden, un pequeño sol que, gracias a la misteriosa fuerza de la antimateria, atraía a todos los cuerpos extensos a su alrededor, a todos, sí, pero especialmente a su pija que estaba inflada y latiendo como nunca antes. No pudo más. Se la puso toda. No veía nada, estaba encandilado, de esa primera vez solo se acuerda de una presión y un calor muy intensos en toda la pija, de las caderas de ella en sus manos que eran las manijas desde donde se agarraba para no ser chupado entero por ese sol (concha) que lo estaba quemando entero y de la sensación de que al momento de acabar un río entero que intentaba calmar ese fuego original le pasaba por la pija.

Así fue durante dos meses: llegar a la casa, cogerse a la madre, esperar que se fuera a trabajar, cogerse a la hija, ducharse, ordenar la casa, hacer el almuerzo, comer, coger otra vez con la piba, lavar los platos, esperar que se vaya el sol, regar las plantas e irse a su casa, casi todos los días escapando de tercer polvo propuesto por la insaciable nena.

Al segundo mes después de que ella se fuera a trabajar, fue como siempre a la habitación de la hija pero esta vez no estaba, la buscó por la casa hasta encontrarla vomitando en el baño.

— No me viene hace un mes.

— ¿Estás segura?

— Me hice un test.

— ¿Y?

— Estoy recontra embarazada.

-— La puta que lo parió mi vieja me mata… y tu vieja también.

— A mi mamá lo que menos le conviene es decir algo. ¿Te pensás que está como para hacer una escenita de celos?

— ¿Pero qué mierda vamos a hacer?

— Decirle la verdad, que yo siempre estuve enamorada de vos, le vamos a agradecer por el buen gesto que tuvo de contratarte para acercarnos.

— Pero…

— Pero nada, tu relación con ella se termina de la mejor manera, toda sospecha sobre si se cogía a un menor desaparece y a ella no le va a quedar otra que ayudarnos. Ni yo digo nada de su relación, ni vos hablás del tema y todos felices.

— ¿Entonces cuándo?

Esa misma tarde hablaron con ella y todos entendieron que lo mejor era participar del silencio. La madre hizo como si Pichi fuese el noviecito de toda la vida de su hija, la hija hizo como si Pichi y su mamá fuese la primera vez que se veían, hasta lo presentó como su novio. Pichi solo se dejó llevar.

Pasaron los años con la misma velocidad imperceptible que un partido de noventa minutos en cancha de once. Nació el primer hijo, un varón al que llamaron Edgar en honor a los tiempos en que Pichi era el mejor del barrio y pudo serlo del continente, se hicieron una casa en el fondo de donde vivían ella y su madre, después tuvieron una nena.

Pichi es camionero y solo juega los fines de semana al fútbol. La suegra rehízo su vida con un hombre más joven que ella, viven juntos adelante. Su suegrastro tiene su misma edad, se llama Juan Pablo y a veces va con Pichi a hacer de changarín en la maderera donde trabaja.

Con la suegra nunca más tuvo nada, verla como abuela de sus hijos apagó los pocos deseos que sobrevivían a aquella época en que se la cogía a diario.

Todo era normal, salía temprano a la mañana tipo siete, ponía en marcha el camión, a veces, si tenía que ir a buscar madera a Entre Ríos se llevaba a Juan Pablo, si no, si tenía reparto en la zona, se iba solo a la fábrica a cargar y salir a repartir o a cortar madera hasta cumplir el horario. Tipo diecinueve volvía a casa.

Doce horas afuera, trabajaba de sol a sol para darle todo a sus hijos y a su mujer.

Ese tiempo fuera de casa generaba los típicos comentarios malintencionados de los vecinos.

— ¡Tenés que laburar menos vos, eh! Te van a comer los ojos. Mirá que está lleno de buitres.

Una y otra vez le decían los pibes del barrio después del partidito del domingo. Él se reía nomás, lo entendía como chiste. Empezó a escucharlo como advertencia cuando notó que solo a él y al Cobani se lo decían, y al verse relacionado por los chistes con el Cobani, a quien por su trabajo patrullando por las noches él mismo le conocía unos cuantos cuernos, se sintió más zarpado de lo habitual. Quiso quedarse tranquilo y alejar toda duda sobre la fidelidad de su mujer, así que un lunes salió como todos los días, pero dejó el arma que usaba por precaución en el reparto sobre la heladera, como para tener un motivo para volver. Dejó el camión a unas cuadras y volvió caminando muy despacio, llegó como a los cuarenta minutos de haber salido, giró muy despacio las llaves para no hacer ruido y, cuando iba a abrir la puerta, se topó con la traba puesta. Eso quería decir que cuando salió, la mujer se había levantado a trabar la puerta, cosa que jamás pasaba a pesar de la insistencia de Pichi de que lo hiciera por seguridad. Entonces gritó su nombre, se escucharon murmullos. Pasó un minuto y la mujer abrió. Llevaba un camisón distinto del que tenía cuando salió, pero no dijo nada.

— Me olvidé el fierro y los puchos.

— ¡Dónde tendrás la cabeza vos, eh!

— ¿Por qué pusiste la traba? -Preguntó mientras se guardaba el fierro en la cintura y prendía un cigarrillo.

— ¿Vos me estás cargando? Te la pasás diciéndome que el barrio está jodido y jodiéndome para que trabe la puerta.

— Pero nunca lo hacés. ¿Por qué tardaste tanto en abrirme?

Cuando terminó la frase avanzó lento a la habitación mirando cada centímetro del suelo con el corazón frenándose como si lo hubiera picado una serpiente y en algún lugar de la casa estuviera perdido el antídoto que lo salvaría

— Tardé porque estaba acostada, uno cuando duerme no es muy rápido.

— Pero si te habías levantado a trabar la puerta, tan dormida no estabas.

Al entrar a la pieza vio una zapatilla al lado de la cama que no era suya ni de su mujer. Sintió que el veneno le había llegado al corazón y que esa zapatilla era el frasco de antídoto que buscaba, pero estaba roto y vaciado por un envenenado que se le adelantó y se salvó antes que él y estaba en alguna parte del mundo riéndose del lento envenenado que ya jamás podría salvarse de la picadura que los igualaba.

Esa parte del mundo tenía que ser abajo de la cama. Apuntó.

— Salí ya o te agujereo todo la puta que te parió.

Un “no dispares” salió al mismo tiempo de la boca de su mujer y de abajo de la cama. Disparó a la zapatilla.

— Salí la concha de tu madre o te mato ahí mismo como a una rata.

La zapatilla era familiar pero la voz, tan aguda, no la reconoció. Cuando salió era Juan Pablo, su suegrastro.

No sabe, no se acuerda cuántas horas se quedaron los tres encerrados en la casa. Para él fue como pasar todo el día o dos minutos mirando una foto, una muy curiosa en la que aparecía Juan Pablo sin zapatillas y medio en bolas al lado de su mujer, ambos llorando, haciendo una mueca eterna, un gesto ridículo, una chistosa súplica por clemencia; él tenía que ser el fotógrafo porque sabía que estaba ahí pero no aparecía en la foto. Cuando el sol  se estaba yendo, volvió en sí y se fue a lo de su mamá, armado y (no sabe cómo ni en qué momento) borracho. Ese día se separó.

Matias Ávalos

Matias Ávalos

Nace en el 89' en Quilmes, Sur del Conurbano Bonaerense. A los quince empieza a trabajar en una fábrica maderera que lo formará en la sensibilidad de clase, dramática y estética.
Con dieciocho años lee a Dostoievski y decide que quiere ser escritor, desde ese momento lee todo lo que se le cruza. A los veinte y ya radicado en la ciudad de Buenos Aires, escribe teatro con forma de mala poesía y poesía con forma de mal teatro. Hasta que a sus veintisiete nace su hija, se muda a Valparaíso y empieza a escribir prosa.
Su obra está atravesada por el racionalismo experimental de los neobarrosos rioplatenses y la ética irracional de los futboleros argentinos.
Matias Ávalos

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