“Billy y Jean” por Gonzalo Boudon

A principios del 2016, el departamento donde vivo con Kat pasó por una serie de arreglos, y tuvimos que alojarnos en casa de mi mamá durante el tiempo que tomó el proceso. Nadie quiere volver a la casa de los padres, aunque sea solo un par de semanas y te traten bien, aunque no pagues cuentas, ni gastes en comida. Son ese tipo de cosas que una vez dejadas atrás no quieres de nuevo, como los pantalones de buzo o el Ron Silver.

Como cualquier trabajo con “maestros” los plazos se alargaron y las tres semanas iniciales se convirtieron en cinco y luego en seis. Tuvimos que adecuarnos a ese otro estilo de vida del que ambos nos habíamos emancipado hace tiempo. Tratar de calzar en los ritmos y los ruidos de esa otra vida familiar, pero a tropezones, como en ese sueño recurrente donde vuelves al colegio y apenas cabes en la silla porque tu cuerpo es el de un adulto. Susurrábamos en nuestra pieza desde las once de la noche, veíamos películas con el volumen al mínimo, casi imaginando lo que hablaban los actores, y despertábamos a las seis y media de la mañana con el movimiento de la casa, destrozados por apenas haber dormido. Supongo que un poco en búsqueda de independencia física, el lugar donde más pasamos tiempo durante esas semanas fue en el patio de la casa, refugiados en ese microclima que ofrecen las sombras de los árboles en pleno verano. Y es curioso cómo ahí apenas había pájaros. Los escuchabas eventualmente, pero nunca los veías bajar de los árboles o volar de un lado a otro. De hecho no se veían pasar tampoco desde las ventanas.

Cuando volvimos al departamento nos encontramos con que además de todos los cambios prometidos, los maestros habían dejado algo que definitivamente no formaba parte del trato: una pareja de pichones recién nacidos en un macetero de la terraza. Al parecer los padres seleccionaron el nido mientras el espacio estuvo repleto con los muebles de la casa que los maestros habían sacado para poder trabajar en el living, y cuando semanas después volvieron a poner las cosas en su lugar, recién ahí se dieron cuenta del nido y los dos bichos adentro, pero ya era tarde, estaban vivos y nadie quiso cargar con la responsabilidad de su muerte. Los maestros terminaron sus labores, recogieron las herramientas y nos desearon buena suerte con el cacho.

Durante los años de colegio y universidad me tocó verlas en los patios, cotorreando y picoteándose las alas, siempre en paralelo a las dinámicas sociales de la gente. Las instalaciones de esos lugares suelen tener restos de mierda esparcidos como ráfagas en los muros y patios de cemento, ese desecho negro y blanco tan característico que dejan los pájaros en cualquier lado. Ahora que dos palomas vivían en nuestra terraza, las baldosas y parte de la muralla recién pintada se estaban cubriendo de esos colores pero, a pesar del propio asco y las burlas de los amigos, matarlas quedó fuera de discusión, ni Kat ni yo éramos capaces. Independientemente de la toxicidad que transmitieran (real o imaginaria), seguían siendo dos animalitos frágiles y asustados atrapados en un macetero, esperando que las alas les crecieran. Tuvimos que contentarnos con mirarlas a través de las ventanas y ver cómo todo se llenaba de plumas y deshechos, arrinconar la ropa colgada en el otro extremo de la terraza y rogar que no hicieran paseos nocturnos cerca de ella.

En cierta escala se puede hacer algo, si cagan en tu patio de vez en cuando puedes barrer o trapear, pero si un par de ellas vive contigo la cosa es un poco más difícil. Recuerdo las luchas de mi mamá contra las pilas de ropa o platos sucios acumulados en mi pieza, y las miles de otras formas en que violé la armonía de su casa, sobre todo durante la adolescencia. Creo que hay un momento casi biológico en el que es muy difícil concientizar el estorbo que pueden significar ciertas acciones de uno para el resto. Igual que a la mayoría, me amenazaron con que me tocaría pagar ese aprendizaje con mis propios hijos, pero decidí no tenerlos y de alguna forma me estaba saliendo con la mía hasta que Billy y Jean, (así las nombramos) llegaron a cobrar.

Un poco por resignación o esa extraña sensación de empatía que empezamos a sentir, terminamos entrando en la zona de la tregua y la comprensión. Tratamos de no asustarlas, de no joderlas con nuestros cuerpos de gigantes cuando salíamos a mirarlas. De buscarles algún otro significado, algo arquetípico o literario, y chequeamos con sigilo todas las mañanas durante tres semanas si aún estaban o si ya se habían ido. Nos inventamos una “hora de la caminata” por las tardes solo para que los padres —que se la pasaban llorando angustiados por los árboles cercanos—, fueran a dejarles comida o a transmitirles algún tipo de conocimiento formativo. Comenzamos a verlas más como guagas con alas y menos como bichos rancios. Les hablamos, las animamos a volar, nos preocupamos, incluso, si en las noches hacía demasiado frío o corría demasiado viento, de rodear el macetero con un cartón para protegerlas. Y cuando finalmente se fueron un domingo 27 de febrero, compramos guantes plásticos y toneladas de productos químicos para pasarnos una tarde entera limpiando el lugar, y recuperar para nosotros el territorio de Billy y Jean.

Los días siguientes sentimos algo parecido a la nostalgia, al orgullo de haber participado de un proceso vital y verlo completarse. De alguna forma había resultado, al menos para las palomas: hicieron un nido, tuvieron pichones y los sacaron adelante. Fin. Lo más lógico era pensar que el ciclo se cerraba. Por eso cuando un año después, regando las plantas de la terraza, encontramos otro nido en uno de los maceteros y sobre él huevos tibios de paloma, nos sentimos estafados. Aunque ya no los llamamos por sus nombres, asumimos que eran ellos. Algo estaba aún difuso en nuestra relación y tuvimos que ser nosotros los que lo aclararan. La temporada de jipismo había terminado y no dudamos en arrojar toda esa inmundicia a la basura.

 

Gonzalo Boudon

Gonzalo Boudon

Santiago 1985.
Gonzalo Boudon

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