“Litoral Central” por Gabriel Zanetti

Fotografía: Diego Urbina

 

Lo primero que se me viene a la cabeza es Algarrobo, sus flippers, el restaurant El Hoyo, esa escalera enorme que hay junto a un hotel, la lancha que lleva veraneantes a la isla –hoy un triste istmo– donde hay o había pingüinos de Humboldt. La adolescencia, la necesidad u obligación de bucear en las rarezas de la noche, asunto que, por mucha cancha que se tenga, nunca se termina de entender. Cajas de vino, piscolas, borracheras infames en dunas, pálidas de marihuana, primeras aventuras sexuales en cabañas de gente que nunca más volví a encontrar.

Al dejar la tormenta mental, es decir, al abandonar esa sucesión de imágenes y relaciones, aparece una casa esquina en algún lugar de Mirasol, arrendada dos veranos seguidos por mis abuelos en el 91 y 92. Nunca tuvimos el hábito de visitar año tras año la misma casa y balneario. La razón de escoger Mirasol y no otro lugar la desconozco. No había una historia anterior que asegurara o mitificara los placeres del veraneo ahí, es probable que la promesa de tranquilidad haya ganado, puesto que el sector era aburrido e incómodo: había que comprar agua, se cortaba la luz noche por medio, los almacenes eran carísimos, bañarse en esa playa una muerte casi asegurada.

Los familiares que estaban ahí representaban esa tendencia –que invariablemente tengo ahora– a la quietud, a no salir de donde están, absorbidos en un libro, en la conversación, en una mano de canasta. Mi abuelo Héctor era el único proactivo, callejero, inquieto. Se levantaba de la siesta, agarraba un par de toallas y me hacía una seña para que abriera el portón. El gesto significaba que iríamos juntos a la playa. Sabía que me lateaba, era el único niño. Mis papás no daban mucha bola: luego de un año pesado de trabajo necesitaban descansar y el cabro chico significaba un cacho. Para fortuna de ellos no hinchaba mucho, era normal jugar solo, no tenía hermanas todavía. Mataba el tiempo chuteando, rompiendo los pitósporos,  cazando bichos, tirando piedras a los pájaros.

A medida que avanzábamos quedaban atrás caminos de tierra, los puentes Yuco 1 y 2, el restaurant Las Tinajas, el sector de Las Cadenas, el Club de Yates. A don Héctor le gustaba instalarse en la playa El Tubo o El pejerrey, donde suele haber menos gente en Algarrobo. Yo pasaba la tarde en el mar, mientras mi abuelo leía el diario o vegetaba sobre la toalla. A veces nadaba con ese crol elegantísimo con el que le gustaba quebrarse, me compraba un helado o unas palmeras y partíamos al auto a cambiarnos los trajes de baño por pantalones secos al asiento. Nada especial –fuera de lo común de las vacaciones–, pero me hice adicto a esa rutina donde se asomaba algo parecido a la felicidad.

Se me viene a la cabeza aquella crónica de Clarice Lispector titulada Baños de mar. Este baño –una especie de cura– debía  realizarse antes del amanecer, para esto la autora y su padre abordaban muy de madrugada un tranvía al balneario de Olinda, en Recife. “Mi padre creía que no se debía tomar enseguida un baño de agua dulce: el mar debía permanecer en nuestra piel durante algunas horas. Sólo contra mi voluntad tomaba una ducha que me dejaba limpia y sin mar. ¿A quién debo pedir que en mi vida se repita la felicidad? ¿Cómo sentir con la frescura de la inocencia el sol rojo saliendo del mar?” La felicidad, justamente, es lo que se intenta fotografiar en el litoral y se comparte compulsivamente en las redes sociales. Familias con el mar de fondo, cuñados abrazados, pescadores con corvinas y róbalos en las manos, guaguas chupando cochayuyos, niños enterrados en la arena.

Uno de esos días en Mirasol mi abuelo no quiso ir a la playa y salimos a caminar. Llevaba su Pentax colgada al cuello. Cerca de una quebrada encontramos una plaza donde quise subirme a un columpio. Cuando me bajé don Héctor me enseñó a usar esa réflex; en la primera foto que tomé en mi vida sale él sonriendo, con las piernas estiradas, en la cúspide del vaivén del columpio. Es inevitable pensar en la relación de la fotografía y la muerte –y tal vez la relación de la felicidad con la muerte–. Quiero pensar en imágenes anónimas y genuinas y no en aquellas que sólo buscan aparentar y dar estatus –la clásica del restaurant y el plato, por ejemplo–. Por otro lado, probablemente, haya una relación entre la muerte y el litoral central. El último deseo de algunos es que los cremen y lancen sus cenizas al Océano Pacífico. Para otros, es el lugar ideal para quitarse la vida. Un montón de poetas y artistas deciden pasar su vejez allí. La razón quizá sea esta idea.

Gabriel Zanetti

Gabriel Zanetti

Santiago, 1983. Ha publicado Cordón Umbilical (Spleen Ediciones + ML Ediciones 2008, Malaletra Editores, 2009) y Prohibiciones y títulos (Lecturas Ediciones, 2015). Es productor literario en Ediciones UDP.
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