“Lo que le hacemos a los libros” por Kati Lincopil

 

Hace años leí un artículo en el que entrevistaban a diferentes libreros de Santiago respecto a su oficio. No recuerdo exactamente el objetivo periodístico del asunto, pero recuerdo en particular la opinión de uno de ellos respecto a los libros usados. En ese tiempo, con mi acotado presupuesto de liceana, esos eran única y exclusivamente los libros que compraba y, con mi también acotado presupuesto ideológico cultural, no me cuestionaba en absoluto, más que por puro presentimiento, ni siquiera las ediciones que adquiría. Por eso me sorprendió tanto en ese momento, y aún me sorprende un poco, que el librero cuestionara la compra de libros usados por un asunto de “higiene”. Aunque quisiera ser más específica en el asunto que él defendía, la cosa de la higiene, en términos así muy generales, iba en que uno no sabía —el librero no sabía— por qué manos había pasado ese libro y que, por lo tanto, no compraba libros usados. Y yo agrego: por qué camas, por qué bares, por qué micros, por qué bolsos, por qué playas. Quizás hoy lo que más me sorprende es que el inocente librero solo mencionaba las manos. Ay, las manos cochinas de cochinos lectores.

Mi primer trabajo luego de salir de la universidad fue en una librería. De esas decentes, despolvoreadas, con mesón de novedades, luces de neón, vitrinas sensuales, plumeros finísimos, libreros gruñones y recepción de tarjetas de crédito. Lejos de parecerse a la que frecuentaba después del liceo: oscura, pequeña y con un leve olor a sudor y marihuana que emanaba el veinteañero que la atendía —con el que llegué a tener una cita que fracasó bastante—, esta librería me parecía inmaculada, quizás con excepción de un par de lugares —la bodega, donde almorzábamos y tomábamos siestas rodeados de cajas y luz sombría; la sección de teoría literaria, demasiado cerca del suelo, donde los lomos estaban salpicados de una sustancia endurecida e irreconocible; y el estante de poesía que en sí mismo es siempre un pequeño desastre. Pero en términos generales inmaculada, bella, contemporánea y limpia. Una regia librería, decían las más señoras.

Vale decir que el ambiente de una librería, así tal cual, correcta y profesional, puede ser bastante intimidante al principio, sobre todo si es tu primer trabajo y el temor a perderlo es equivalente a la inexperiencia en el mismo. Creo que mi relación con sus libros, al menos en las primeras semanas, se limitaba a limpiarlos y acomodarlos con respetuosa constancia, enderezar sus lomos para una correcta lectura de sus títulos —con la cabeza siempre doblada hacia la izquierda—, la lectura de sus contratapas, su siempre conflictiva catalogación por género, la escritura de sus precios con números cuidadosos y sensibles en las puntas de la primera página. Cosas así, tímidas, delicadas, respetuosas.

Algo que se le critica a algunas enfermeras, quizás a las más veteranas, es que con el paso del tiempo pierden la sensibilidad inicial con sus pacientes y comienzan a apuñalarlos en cada inyección, les sacan los pañales con violencia, les limpian los cuerpos como ninjas. Créanme que con los libros no hay que ser veterano para perderles la solemnidad. Primero te ves leyendo algunas páginas sobre el mesón, como un cliente cualquiera, y luego ya te ves —y nadie te lo impide— leyéndolos completos en esos fines de semanas lentos, detrás de la recepción, hasta que de pronto ya no te aguantas y te lo llevas un día, total hay más, no van a faltar, y los lees acostado o en el baño o en la micro, con cuidado sí, las páginas apenas abiertas para no quebrar el lomo y que se note demasiado. Quizás al principio lo metas en una bolsa plástica, pero luego de la primera vez que se te olvida —y se te olvida—, te das cuenta que tanta diferencia no hace, que lo importante es el contenido, que la obra es incorruptible al tiempo, no así su materialidad, que qué más da, así no más se da, si con tal el polvo es el peor enemigo de los libros, no los libreros.

Porque los libros son objetos de transa, y su pura lectura no deja huellas, ni gastos, ni arañazos en sus páginas —aunque uno podría pensar que casi debería ¿No dejan los libros en nosotros costras y arañazos? ¿Al menos secuelas?— y debo decir que no hay nadie más insoportable (mentira, sí lo hay) que quien busca puntas aplastadas, manchas en la portada, doblecillos en los lomos o estrías en su empaste para arrugar la nariz y rechazar un ejemplar. Los mañosos de los libros, los que “si algo cuidan son los libros”, los que los forran —como los forros que son—, los que no prestan, no doblan y sólo buscan el más nuevo, el cubierto en más plástico, “el libro al vacío como los pollos del supermercado”, como decía ese primer jefe que se negaba a exponer sus libros envueltos. A ellos les informo que ninguna de esas características de pretendida inmaculación significan nada. Los libros salen y entran de librerías (a veces transoceánicamente), son hojeados, metidos en cajas, viajan en barco, lloran en buses, se mojan y se secan, salen de la editorial, se golpean entre ellos, vuelven a la editorial, se vuelven a empacar para disimular sus idas y venidas y ahí recién, comienzan las cosas que le hacemos a los libros.

Y aunque no quisiera ahondar en este último aspecto, en qué es aquello que le hacemos a los libros, intentando respetar alguna especie de código de honor que no existe pero me invento, quisiera recordarle que cada vez que encuentre un marca páginas entre las hojas de su radiante nueva edición, que quizás ese marca páginas no está ahí por pura diligencia o cortesía del librero. Que quizás usted pagó los impuestos de una lectura clandestina.

Kati Lincopil

Kati Lincopil

Santiago, 1989. Estudió Teoría e Historia del arte en la Universidad de Chile. Actualmente intenta entender el rubro de las librerías.
Kati Lincopil