“El Hijo y el Papi” por Gonzalo Boudon

El Hijo y el Papi delnudo gonzalo boudon

Ilustración: Delnudo

Robinson iba de vez en cuando a la librería donde trabajé el año pasado. Era un vago o estaba muy cerca de convertirse en uno. Formaba parte de ese limbo raro en el que se mueven algunos de los que viven en la calle, mezcla de esquizofrenia, indigencia, y algunos roces con la delincuencia. Llegaba preguntando por “El Papi”, que era como le decía al dueño de la librería. La mayoría de las veces andaba alegre, nos preguntaba cómo iba la pega, cómo estábamos nosotros. Se quedaba tres o cinco minutos máximo. El Papi le pasaba un poco de plata y desaparecía, normalmente por varios días. Si El Papi no quería pasarle plata, Robinson se ponía agresivo. Nos amenazaba de muerte o con traer refuerzos de la calle y destrozar la librería. El Papi trataba de hacerlo entrar en razón, de que se fuera en buena, y la situación se alargaba varios minutos, entre discusiones, gritos, clientes incómodos, y el olor nauseabundo que se instalaba en la librería apenas Robinson entraba.

A veces aparecía con regalos, cosas robadas del supermercado que iban quedando amontonadas en la bodega, en las mismas bolsas en las que nos las entregaba. Eran productos aleatorios, sin mucho sentido: cepillos de dientes, jabón, una zanahoria, esponjas para lavar loza. Era su manera de aportar a la relación. De retribuir en esta idea de El Hijo y El Papi. Sabíamos que no era verdad. Era una forma de decir, una talla. Pero el concepto estaba instalada en la librería y sus posibilidades se habían ido ramificando con el tiempo. Hay una tolerancia mínima que la mayoría tenemos de forma inconsciente con los locos. Si se suben a la micro, reparten cartoncitos o tocan canciones inentendibles en la quena, gritan cuando nadie les da dinero, y se ponen a llorar o se extreman de cualquier otra forma que incomode al resto, entendemos que existe un margen especial. No los tratamos como a los demás, los ignoramos o les seguimos la corriente.

Si El Papi no estaba, Robinson trataba de convencernos a Diego (el otro chico que trabajaba ahí) y a mí de que le pasáramos plata de la caja. Sabía que no podíamos. El Papi le había explicado que lo teníamos prohibido, igual que a él le tenía prohibido pasar por la librería cuando no estaba. Pero Robinson era un hijo complicado, y las reglas de El Papi no funcionaban como deberían con él. Como no le pasábamos se enfurecía. Caminaba por la librería de un lado a otro, murmurando, moviendo los brazos, chispeando los dedos, golpeando los libros. Trataba de actuar como un loco para intimidarnos, pero no sé si era consciente de que efectivamente estaba medio loco. Se desparramaba en una silla que teníamos para los clientes y nos quedaba mirando fijo desde ahí. Con los dedos de la mano simulaba la forma de una pistola, alargaba el brazo en nuestra dirección y hacía como que disparaba. Intentábamos trabajar con él de fondo, mientras repetía cincuenta, cien veces, a un volumen bajo pero lo suficientemente fuerte como para que pudiéramos oírlo: te voy a pitiarte, te voy a pitiarte, te voy a pitiarte, te voy a pitiarte.

Cuando El Papi volvía y le contábamos las cosas que había hecho El Hijo, hervía de rabia, a veces con nosotros, si en el apuro le habíamos pasado plata. Ahora sí se acabó, decía. Hablaría con él y lo cortaría de raíz, le dejaría claro que el asunto se había acabado, habían cumplido un ciclo, la relación se había contaminado, y así, torres de auto convencimiento que se derrumbaban cuando Robinson cruzaba la puerta. Porque aunque se sentaba con él a conversar, nunca podía terminar de cortarlo. Le explicaba que no podía estar pasándole plata todo el tiempo, también trabajaba por necesidad, y además pensaba que él estaba en condiciones de buscar su propio trabajo. El Hijo alegaba que buscaba y lo rechazaban por tener los papeles manchados. Diego y yo escuchamos esa misma conversación un montón de veces, y nunca supimos cómo se supone que deberíamos haber reaccionado. Mirábamos callados, escuchando detrás del mostrador, con las manos en los bolsillos. Robinson rogaba, se arrodillaba, se persignaba y juraba que era la última vez. Si El Papi lo ayudaba esa última vez, no volveríamos a verlo.

Mientras más rato pasaban discutiendo, más real parecía ese lazo raro, como de familia postiza que nos envolvía a todos. Con Diego odiábamos un poco al Hijo y al Papi, así que por un tiempo pensé que podríamos haber sido “El Hermano”. Ahora no lo creo así. En realidad Diego y yo somos personas que pasamos demasiado tiempo intentando salir de la adolescencia como para volver así tan de repente, aunque fuera en una simulación. De hecho lo que más nos perturbaba de la situación, era la incapacidad de El Papi para tomar una posición madura frente al tema y terminarlo. Creo que estábamos más cerca de ser “La Esposa chata”, esa que se desilusionó rápido después de la ceremonia, y odia su nueva vida, al marido y a su hijo cacho del matrimonio anterior.

La dinámica de Robinson nos arrastraba. No existía solo en los momentos en que estaba presente físicamente. A veces desaparecía por semanas y nosotros seguíamos habitando su forma de pensar. Nos preguntábamos si estaría en la cárcel o en el manicomio, mientras seguíamos atentos los ruidos de las zapatillas en la calle, por si oíamos el suyo. Teníamos rabia con El Papi por exponernos a esa situación pero también lo perdonábamos. Sabíamos que estaba más allá de él. Nos contentábamos con tirar la talla y proyectar su relación en situaciones absurdas. El Papi debería invitarlo a la cena de año nuevo en la librería, o sacarlo a pasear y comprarle algo bonito. Llevarlo a reuniones con gente importante de la literatura para que haga contactos.

Me fui de ese trabajo sobre todo porque necesitaba otro tipo de trabajo, pero esa dinámica de los roles genéricos ayudó a acelerar las cosas. Pareciera haber ciertos lugares o personas que funcionan como una trampa de estancamiento. Las inseguridades de una encajan con la determinación de otra y la trampa se cierra. Y la gente se tolera a medias, quejándose del otro por años, como en cualquiera de esos miles de matrimonios largos e infelices. Yo no quería ser La Esposa chata y tomé mi decisión. Me fui, me divorcié de esa realidad para pasar a otra cosa. Ahora estoy tranquila, tengo tiempo para mí misma, tomo té de hoja y hago fitness. De alguna forma estoy preparándome para mi segundo aire.

Gonzalo Boudon

Gonzalo Boudon

Santiago 1985.
Gonzalo Boudon

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