“Por favor no me robes” por Kati Lincopil

 

 

Creo que la primera vez que me robaron no cuenta. Era un día lento y aburrido de verano. Llevaba apenas unos meses trabajando en la librería, y fue tan rápido y evidente que no alcancé siquiera a procesar si el Háblame de amores, que un flaco cuarentón llevaba bajo el brazo, era suyo o era nuestro. Creo que solo alcancé a achicar los ojos, quizás levantar un dedo, entreabrir la boca y ya. El tipo ya estaba afuera, y recién ahí atiné a decirle a mi compañero: “Creo que nos robaron”. Él se limitó a levantar los hombros con resignación y contestarme: “Te bautizaste”.

Un emblemático librero de Santiago declaró, hace unos años atrás, que en más de una ocasión se había dejado robar porque “había visto el deseo en los ojos del ladrón-lector”. Cuando leí esa frase, recordé inmediatamente cuando intenté, a eso de los 19 años, robarle a ese mismo librero Al faro de Virginia Woolf, y pensé: ¿qué tan claro y luminoso tendría ser ese deseo, para que el benevolente librero me dejara robar ese libro? Libro que, por cierto, lo más cerca que estuve de robar fue sentir los latidos desenfrenados en el pecho cuando estás a punto de asestar el golpe.

Hoy creo que esa declaración no era más que un acto de mitología autoinflingida, como si en ese acto de altura de miras se engrandeciera el librero y de paso la literatura, cuando la verdad es que él es también en parte un negociante, y el negociante lo que quiere es cuidar su negocio, su casa, refugio y fuente de sustento. Cabe agregar que ese emblemático librero declaraba además que él mismo, en su pasado de ladrón-lector, previo a su futuro de librero-héroe, había sido uno de los mejores ladrones de libros, llegando a robar hasta “once de una sola pasada”. Todo un payback kármico si consideramos que una de las labores que quizás toma más tiempo y es más agotadora en una librería, es la de estar todo el maldito tiempo alerta, con las antenas en alto, el cuerpo agazapado detrás de estantes y mesones, cuidando que ese personaje mítico no te robe un puto ejemplar.

El asunto del ladrón de libros se disputa entre lo romántico y lo reprochable, como quizás muchas de las características —tanto originales como impostadas— de quienes conforman la personalidad mítica literaria o artística, como el alcoholismo, los desequilibrios mentales y emocionales, la sociopatía o los hábitos extraños, que en la mayoría de los casos —digamos cercanos, no emblemáticos— supera con creces la creatividad, obra o talento del pobre afectado. Pero además sabemos que este ser mitológico, para que sea tal, tiene que quedarse en otro plano, al reverso de la realidad. No esperas que el alcohólico llegue a tu fiesta en tu casa y queme tu cocina o le pegue a tu polola. El mito requiere una distancia.

Respecto a los robos, la cosa desde adentro es bien práctica. Aunque podríamos pensar que efectivamente te bautizas cuando te roban sin darte cuenta (aunque al rato te des cuenta) como me indicó mi compañero en la librería, creo que la confirmación, la inauguración de tu rol, viene cuando tienes que enfrentar el ladrón. Darle cara y pararlo en seco. Ese acto requiere sentirte parte de la librería, haber generado un compromiso con ella. Como otro compañero, que corrió y persiguió a unos supuestos ladrones por diez cuadras hasta alcanzar al “par de pollos”, como les llamó, e hizo que mostraran el interior de sus mochilas sin encontrar nada, amenazándolos, de todas formas y por si acaso, con tenerlos en la retina para siempre y que pobre de ellos que volvieran a la librería. Recuerdo también cuando un librero de verdad, profesional y real, me contó que vio detrás de su hombro a un tipo entrar y salir con una pila de al menos siete libros de Patrick Modiano —ese año premio nobel de literatura—, desatando una persecución y enfrentamiento en mitad de la calle, con amenazas del tipo: “Pásame los libros, pásame los libros concha de tu madre. Pásame los libros y aquí no pasó nada”. O la vez que un ex trabajador se despojó de todo su arribismo chileno y enfrentó a una francesa que de puro capricho quiso robarse una pobrísima edición de bolsillo.

Pero ninguna de esas situaciones las viví, sólo me las contaron y es siquiera imaginar verme envuelta en una persecución o amenazas de vigilancia perpetua y sacadas de madre, lo que me da pavor. Equivocarme es por sobre todo lo que más temo. Humillar a alguien, tratarlo de ladrón sin justificación, o el simple hecho de verme envuelta en un conflicto con desconocidos. Pero que te roben es también una afrenta a tu propia dignidad, a tu rol de cuidador de un espacio que de tanto conocerlo lo vas volviendo tuyo. Por eso me he agazapado detrás de estantes y mesones, he mirado sin disimulo, seguido de cerca, rodeado los perímetros y adelantado movimientos intentando proteger esa dignidad. También he fantaseado que hoy es el día, que hoy me va a tocar hacer frente. Que esa extraña joroba en la espalda de un cliente, tiene el mismo porte que la ancha cicatriz en el librero donde antes estaba 2666, y tengo que actuar. He imaginado la cara acomplejada o disimulada del ladrón, que intento detenerlo en la puerta si la alarma suena, o enfrentarlo en medio de la librería, frente a los otros lectores. Pero ¿qué le diría? ¿arriba las manos? ¿Qué posición tomaría? ¿Casual, del tipo viejos enemigos conocidos; o violenta, la de “pásame los libros concha de tu madre y aquí no ha pasado nada”?

He fantaseado con verlo despojado de su cuerpo mitológico. Con ver al héroe, al listillo, en bolas frente a mí, entregándome los libros o haciéndose el desentendido, con una amarga dignidad.

Toda esta recreación mental intenta prepararme para el momento, para estar lista. Pero la mayoría del tiempo no me siento lista. La mayoría del tiempo, cuando veo a alguien salir de la librería, deseo, anhelo, ruego, que no suene la alarma de un libro escondido entre sus ropas. Quizás para ser librero se necesita valentía y que el compromiso adquirido sea más profundo al temor de culpar inocentes o verse envuelto en enfrentamientos. Quizás aún no estoy lista para pasarme al otro lado.

 

Nota: Un tiempo después de escribir esta crónica intentaron robarme y tuve que enfrentarme a un par de ladrones. Salí bien parada. Eran novatos en todo caso.

Kati Lincopil

Kati Lincopil

Santiago, 1989. Estudió Teoría e Historia del arte en la Universidad de Chile. Actualmente intenta entender el rubro de las librerías.
Kati Lincopil