“Strange days” por Gabriel Zanetti

Fotografía: elfntt

 

A veces pienso que la vida hace diez o quince años atrás era peor. Otras, que ese tiempo simplemente coincidía con períodos nefastos a nivel personal y familiar, pero fue cosa de escuchar a algunos interlocutores, contrastar historias. Parece ser cierto que medio mundo estaba deprimido y andaba legalmente drogado. Yo, sin ir más lejos, pasé por variadas combinaciones psicotrópicas, que solo aumentaban el efecto de habitar un lugar fantasmal y arruinado. A poco andar te dabas cuenta que un alto porcentaje de tus familiares y amigos tenía alprazolam, clonazepam, fluoxetina, ácido valproico, venlafaxina en los bolsillos –dato relevante cuando te hacía falta alguna de estas pepas y no las podías comprar–.

Circulaba una mezcla de hipersensibilidad, somnolencia (no sé si es la depresión o los medicamentos o ambas cosas lo que produce permanentes e intolerables ganas de dormir) y destemplanza, por no decir locura. Consumir alcohol –como se hace en Chile, sin límite– y estas píldoras al mismo tiempo constituye un cóctel asombroso. Por otro lado, la música que circulaba aportaba lo suyo. Recuerdo discos de Los Fiskales Ad-hok, Pixies, Yo la tengo. La voz de Morrisey, Cobain, Layne Staley, Trent Reznor junto con sus estéticas de velas y jeringas nos tenía, por lo menos, constantemente melancólicos.

Estoy hablando de quienes nacieron entre 1980 y 1985, aquellos que tuvieron veinte años en el primer lustro de segundo milenio. También de los padres de estos sujetos, igualmente medicados. Los pocos matrimonios que habían resistido la oleada noventera de divorcios terminaron por ceder. Deprimidos, ansiosos, angustiados, hicieron de la terapia y el pastillero un hábito. Nadie hacía lo que quería con su vida, había una frustración generalizada que tal vez tiene que ver con esa alegría que prometía el fin de la dictadura. Los niños sufrían de déficit atencional –una manera de llamar a la depresión– y tomaban otras píldoras. Pobres niños, pienso ahora, con la experiencia de alguien que tiene dos hijas.

Había que buscarse la vida y la lógica en los primeros años de 2000 –al igual que ante un cuadro depresivo era la medicación y la terapia– era escoger una carrera y entrar a la universidad. Yo había abandonado Derecho y Periodismo, mi socio de vagancia Sociología y Literatura. Nos pasábamos el día tomando té, fumando, hablando de minas, libros y películas. Recorríamos la ciudad visitando universidades, recolectando folletos. No estábamos ni ahí con estudiar, pero la presión era tremenda. No sólo para nosotros, sino para toda la sociedad.

Yo sentía vergüenza: los jóvenes como yo y sus familias hacían lo que podían para matricularse en algún lado y se endeudaban gravemente para pagar. Si a cualquier padre o madre les preguntaban “¿y qué está estudiando tu hijo? y respondían nada, era, y tal vez sigue siendo, una forma de fracaso. Recorrer la ciudad buscando algo que no quieres encontrar es un suplicio. Avanzábamos entre casas demolidas –correlato del bienestar y la familia destruida– y edificios alzándose, con la sensación de que nosotros teníamos que ser esas construcciones orgullosamente erguidas.

No es fácil, tampoco seguro, enjuiciar o por lo menos analizar desde el presente aquel escenario, donde todavía te llevaban preso por tomar alcohol en plazas, parques y playas y te sacaban la chucha en la comisaría. En ese ambiente crecimos. Rigor, rigidez, discursos claros e inamovibles. Varios amigos muy queridos y familiares terminaron en clínicas psiquiátricas solucionando diversas crisis. Cada tanto llegaba la noticia de algún suicidio, lejano y preocupante, el amigo de un amigo, la tragedia a la vuelta de la esquina.

Un puñado de cercanos –mi padre sin ir más lejos– nunca pudo dejar de medicarse y en la actualidad están relativamente bien o al menos estables –obviando la dependencia y el hígado hecho pebre–. A mí me costó un montón dejar todo eso, es tremendamente desagradable el síndrome de abstinencia. Es verdad, no es como el encierro de Renton –protagonista de Trainspotting–, carece de los efectos e intensiones expresivas de una película, pero se acrecienta de golpe el pánico y con esto la inseguridad, una especie de interminable resaca de alcohol: el cuerpo y la mente cortados, como si en vez de sangre corriera aire por las venas.

De vez en cuando me vendría bien un Ravotril para empezar el día, un Seroquel para dormir toda la noche de corrido, sin sobresaltos. Pero no, me niego a esa minuta. Prefiero la anestesia de la cerveza, el cigarro, la charla o la caminata sin destino. Recuerdo una canción que escuchaba compulsivamente, heredada de mis padres, tíos y primos mayores, cuyas novelas son los tomos anteriores a esta historia. La cantaba el suicida Jim Morrison. Strange Days: “Los días extraños nos han encontrado / Y a través de sus extrañas horas / Nosotros nos desmoronamos solos / Cuerpos confusos / Memorias maltratadas / Mientras corremos desde el día / Hacia una extraña noche de drogas.”

Gabriel Zanetti

Gabriel Zanetti

Santiago, 1983. Ha publicado Cordón Umbilical (Spleen Ediciones + ML Ediciones 2008, Malaletra Editores, 2009) y Prohibiciones y títulos (Lecturas Ediciones, 2015). Es productor literario en Ediciones UDP.
Gabriel Zanetti

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