Visitas al Taller | Jessica Briceño: Espacios compartidos | por Santiago Miranda y Sergio Soto

 

Jessica Briceño | Fotografía: Santiago Miranda

En Chile, donde la escena artística es reconocida por su alta institucionalización, el primer taller en el que un artista trabaja es el universitario. Allí las relaciones son claves. Es un espacio compartido y por ello colectivo, donde se generan las primeras interacciones y necesariamente las expansiones de un trabajo que suele ser reconocido por su carácter íntimo, cerrado, introspectivo. En el taller universitario no sólo se trabaja, también es lugar de debate, fiestas, correcciones, interpelaciones y, en muchos casos locales, han dado lugar a trabajos colectivos.

Jessica Briceño Cisneros (Caracas, 1988) quien actualmente ocupa las instalaciones del Centro de Extensión Balmaceda Arte Joven en el Parque Quinta Normal, es egresada de la Escuela de Arte de la Universidad Diego Portales y de la Escuela de Postgrado de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile. Como escultora se dedica a estudiar o reconstruir formas de la arquitectura moderna, primordialmente la condición de ruina que van adquiriendo estos proyectos arquitectónicos en las ciudades latinoamericanas. A través de moldes y vaciados, edificios se transforman en piscinas estériles y modelos de copas de agua potable en recipientes inútiles y áridos.

         A continuación, desde una de las habitaciones que Balmaceda Arte Joven dispone para artistas de distintas disciplinas, espacio que  comparte junto a  Pablo Olivares,  Jessica nos cuenta más de sus experiencias de taller.

Fotografía: Santiago Miranda

Fotografía: Santiago Miranda

¿Cómo se transformó tu taller en el proyecto Galería Armada?

Salí de la escuela (Universidad Diego Portales) el 2010 y estábamos con un grupo de compañeras (Olivia Guasch, Tarix Sepúlveda, Camila Ramírez y Claudia Gutiérrez) buscando taller. El 2011, luego de visitar muchos lugares (ninguno apto para ser convertido en taller), llegamos a un departamento en Vicuña Mackenna  con Diagonal Paraguay.

Un día un compañero, Simón Jara, nos pidió si podía exponer en el living del taller. Pensamos que era una buena idea. Luego nos dimos cuenta de que estábamos en un lugar súper céntrico, cómodo, y que podíamos invitar a exponer a nuestros profesores o a los artistas que queríamos conocer. Ahí surgió la idea de formar una galería, que no dejara de ser un taller por ser galería, entonces si estabas trabajando en algo también te podías poner a conversar sobre tu obra. Era muy nutritivo. Se llamó Galería Armada, duró dos años, del 2011 hasta el 2013.

Junto a la galería armamos un proyecto que se llamaba “Intento Colectivo” y era un colectivo de arte, conformado por las chicas del taller más Simón Jara, del cual salió la idea de tematizar la galería. Era justo el 2011, el año de las movilizaciones, y nos vinculamos con gente de la Universidad de Chile. Hicimos un logo con la cara de Hinzpeter y ellos lo usaron en Cuadernos de Movilización. Había una onda combativa y decidimos introducirla a este espacio.

Fotografía: Santiago Miranda

Fotografía: Santiago Miranda

¿Qué tipo de diferencias ves en ese espacio más experimental, Galería Armada e instancias como Beca Tajamar o el taller de Balmaceda en el que trabajas hoy ?

El Taller 127 (Galería Armada) era un espacio de discusión. Se transformó en un centro de operaciones. Cuando llegamos con nuestras compañeras al taller era un poco para no perder el hilo de las correcciones. Era una instancia de taller, de trabajo de opinión. Todas confiábamos en la opinión de la otra. Nos gustaba la forma de trabajar de las otras. Entonces eso era bacán.

En Tajamar se dio algo parecido, pero de una manera más profesional. En Tajamar también había gente generosa en muchos sentidos. Te ofrecían ayuda, te ofrecían materiales. Son todos artistas visuales excepto una chica que es repostera y pinta, además de otro chico que es arquitecto. El resto son todos artistas. Pude convivir y compartir con ellos. Conocí a Maite Zabala que está metida en construcción. Con Claudia Müller, que trabaja con el agua, tuvimos conversaciones muy profundas porque sabíamos que nuestro trabajo se relacionaba. Cosas así no podían pasar en Galería Armada porque nos conocíamos mucho y sabíamos que todos estábamos en rollos distintos respecto de la obra de cada una.

Fotografía: Santiago Miranda

Fotografía: Santiago Miranda

En relación a Cuando ya no te nombren (2016) en Galería Tajamar ¿Cómo vinculaste los procesos de creación de la obra con el espacio de taller y el de exposición?

Siento que mi material es el concreto, me parece más fácil, me relaciono con el cómodamente. Me acuerdo que pensé en el proyecto en mi casa y dije: “ya, no sé cuánto concreto a la vista tenga, pero es de la misma época del concreto a la vista”; “Yo sé que tiene mosaicos, sé que tiene teselas vítreas”. Así que hice los renders y mandé el proyecto. Dos días después volví y vi que habían muchas partes que tenían el concreto a la vista. Es un poco lo mismo que la obra del Hospital San Juan de Dios “Superviviente” (Ciudad Sísifo, MAC Quinta Normal, 2014), es muy de los años cincuenta, un momento donde existían esas teselas que el hospital no las tiene, pero traduce la sensación material, las texturas, hay un respeto por los materiales que el día de hoy no existe, si puedes fakearlo mejor, esas son cosas que me parecen esenciales, y hay lugares donde me vinculo sentimentalmente con los espacios, me gusta mucho caminar por la ciudad, la ciudad es donde voy encontrando formas.

 

Fotografía: Santiago Miranda

Fotografía: Santiago Miranda

Mi ideal es hacer la investigación antes y luego construir. Pero también siempre pasa que la investigación continúa, nunca deja de ocurrir. Como dije, tengo una vinculación sentimental con los espacios. El taller de la Beca Tajamar estaba en Pedro de Valdivia, pero yo iba a visitar muy seguido las torres. Iba a buscar los planos, revisaba la historia o me quedaba conversando con la gente. Típico que uno se sienta, viene una señora, se sienta al lado y te cuenta toda su historia personal con el edificio. Siempre es así. Siento que necesito estar constantemente en contacto con el espacio porque hay cosas que tengo que entender y tengo que ir a ver, a veces basta con una foto para ciertas cosas, pero otros detalles tengo que ir a entenderlos, presenciarlos. Además soy un peatón, entonces estoy constantemente en mi posición de enano frente a la mole que es el edificio.

Lo que hice fue pensar el espacio, lo que rodea el lugar. ¿Qué hay acá alrededor que me llama la atención? Edificios. Son edificios. Cómo funcionan los edificios: hacia arriba. Podrían ser hacia abajo. Podrían ser piscinas. Podrían ser piscinas hacia arriba. Todo con un pequeño delirio entremedio. Pero claro, se torna esto y aparece la idea de la vitrina. O que el concreto necesita un verde encima. Esta beca fue bacán porque tenía muchas ganas de hacer algo grande. Y como el taller de Galería Tajamar tenía patio, fue muy cómodo. Tenía todo: ayuda, materiales, espacio. Fue un trabajo en conjunto.

Fotografía: Santiago Miranda

Fotografía: Santiago Miranda

¿Cómo sería tu taller ideal y cómo piensas que eso terminaría condicionando tu obra?

El ex taller de Galería Tajamar en Pedro de Valdivia era fantástico porque tenía patio. Mi taller ideal tiene patio. Mi taller ideal sería inevitablemente con un espacio abierto, un jardín ojalá. Verde, yo creo que el verde me hace bien. Me sana el verde. Y con máquinas, muchas máquinas… Y con ayudantes, ojalá dos, para que se refresquen. Hacemos entre todos un sindicato. Me gustaría más si tuviera ayudantes y poder pagarle a mis ayudantes. Pero un lugar con muchas máquinas y un montón de espacio. Espacio de bodega y un perro… gris.

¿Y trabajarías en mayor escala?

También podría trabajar en chiquitito –lo intento pero no me sale tanto–. Es que mi obra es muy incómoda, resulta ser aparatosa. Necesito la ayuda de muchas personas; siempre termina siendo un poco un problema, pero me gusta incomodarme, lo decidí. Entonces si me voy a incomodar, voy a tener ciertas cosas que me ayuden a que esa incomodidad sea más llevable. Como máquinas, ahora me voy a comprar una máquina grande, una sierra de banco para empezar a hacer más moldes y también trabajar en maderas. En general las limitantes siempre son los recursos y las cosas técnicas, salvo porque puedo usar las de la Universidad. También trabajé un tiempo en Taller Lobo, hay cosas que puedo hacer allá. O ahora que tengo las relaciones con el Nico Azocar de Tajamar puedo ir a ocupar unas máquinas en el taller. Pero es más cómodo tener las máquinas en un solo lugar, ahorras tiempo. Y no le tengo miedo a las máquinas. Así sería mi taller ideal.

Fotografía: Santiago Miranda

Fotografía: Santiago Miranda

Entonces, ¿tu obra sería un pretexto para concentrarte en el proceso?

Tengo un poco la necesidad personal de que la obra termine en el punto final. Estoy buscando dar cuenta del proceso también. Creo que espacios como una residencia de arte son justamente eso, el lugar donde se permite el proceso sin exigencia de un resultado. Me gané una residencia en el estado de Nueva York, en un lugar que se llama Sculpture Space. Son cinco artistas, dos meses de residencia allá y es bacán porque te dan un taller gigante, voy a tener la oportunidad de estar con gente que no conozco, de muchas partes del mundo y entender cómo piensan ellos la escultura. Esta residencia en Nueva York al menos es así. Puedes investigar y trabajar procesualmente, hay ayudantes y herramientas gigantes que levantan un montón de peso.

El artista necesita un espacio para albergar sus objetos, sus imágenes y poder producir obra, tiene que ser un lugar que se puede dañar también. Esta nueva residencia fue creada para eso y acondicionaron muchas partes del espacio para que la gente pueda destruir y pintar. Uno necesita un lugar así siempre, o sea, da lo mismo que el lugar no esté en perfectas condiciones, de hecho un poco mejor que no esté en perfectas condiciones, para que el lugar sea ocupado y se active.

Fotografía: Santiago Miranda

Fotografía: Santiago Miranda