“Limones blandos, gallinas peladas” por Pablo Sheng | Viñeta de Cuantasconstanzas

 

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Hay un trayecto, quizá un plano secuencia, del recorrido del paseo Puente a la Vega. Me lo imagino a pie y es posible visualizar la intensidad de ambos puntos, los dos interconectados.

Quizá son imágenes de restos, pero más bien prestadas a la ficción de las cosas, o de lo que uno piensa de la historia y sus hechos alejados, sin tiempo a veces. Uno, los presos de Santiago construyendo el Puente Cal y Canto en el siglo XVII y su derrumbe a finales de la segunda mitad del XIX, la canalización del río Mapocho y su crecida. Y dos, el ajetreo de esa zona, del paseo Puente a la calle de la Iglesia Franciscana, o de Tirso de Molina a la Vega.

Ahora, por Artesanos, donde hay tiendas de plásticos, utensilios de cocina, cocinerías y bodegas, y aparte de los baratos porotos con riendas, del charquicán a no más de mil quinientos, tiendo a pensar que en la calle hay un comercio peculiar, el de limones de pica y el de las gallinas.

Algo así como una mafia, me dice Estherson.

Nos bajamos de la micro y caminamos por la feria que se arma entre la iglesia y las bodegas de abarrotes. Lo que se vende es pura acumulación, lo que resulte para pasar el día. De casualidad una vez me compré una mochila, sin saber que estaba a la venta. Mil quinientos, me dijo, inventando el precio, un colero del que apenas me acuerdo.

Durante el trayecto sentía la mirada de la gente en Estherson. No es que fuera el único negro en la micro, tampoco el que peor manejara el castellano, solo que la mirada estaba ahí, rara, del rabillo hacia él y a mí.

Con él nos hicimos amigos cuando vino a pintar el living de mi casa por unos favores a mi papá. Ahora caminamos para almorzar y me cuenta que sí, que hay una mafia de limones, que cuando llegó a Santiago unos amigos, también haitianos, lo metieron a instalarse tardes enteras en las esquinas de Artesanos con Avenida La Paz.

Me dice que trabajando en eso pudo conocer modismos chilenos y logró acostumbrarse. Sus demás amigos vendían gallinas enteras, sin plumas, de sacos donde solo relucían sus patas. Ya ninguno trabaja en el comercio. Como él, se cambiaron a la construcción, a oficios en los que les ofrecieran contratos reales, no falsos porque esa es mafia de otro costal.

Le pregunto si le daban colación y me dice que ni desayuno ni almuerzo. Pero eso era lo que menos importaba. A lo más se hacía cinco lucas diarias. Apenas podía pagar la pieza que compartía con dos amigos más.

Estherson dice que tras semanas los limones, a pleno sol y ya cafés, se iban ablandando. Las gallinas de sus amigos transpiraban. El verano del 2015, cuando llegó, fue el más caluroso para él y para sus limones que vendía a quinientos pesos la malla. Me cuenta que siempre alguien le robaba o hacía mal las cuentas. Al final del día, la plata se iba a un verdulero que tenía su negocio en los galpones. Él solo se encargaba de guardar en una bodega la mercadería. Ahí se fijaba que, en unos frigoríficos, guardaban las gallinas. Nunca se preocupó de saber de dónde las sacaban. Entrado el otoño y después de casi un mes en los limones, encontró trabajo en la construcción de un edificio en Recoleta.

Ahora Estherson me mira con la frente arrugada y los ojos chinos, mientras terminamos una Coca-Cola de litro y medio. Estamos en silencio. A mi vaso le queda más que al suyo. Toma una servilleta y se limpia la manga de su casaca. Miramos los platos que entran y salen, el pasillo gris de las cocinerías. Uno de nosotros tiene que pedir la cuenta, pero ninguno lo hace ni parece querer hacerlo. Él levanta los hombros y llama a la señora para pedirle el vale.

Mi polola, dice medio nervioso, está embarazada. Tendré que buscar otra pega, pero no en los limones, quizá nocturna.

Salimos. Hay viento y nubes negras en el cielo. Le digo que nos compremos un paraguas. Entre autos y gente que carga mercadería, cruzamos hacia otros galpones. Olor a carne y a frutas. Subo el cierre de mi casaca. Estherson me sigue

Pablo D. Sheng

Pablo D. Sheng

(Independencia, 1995)
Fue parte del taller de poesía de la Fundación Neruda. Obtuvo el premio Roberto Bolaño de novela. Publicó Charapo (Cuneta, 2016).
Pablo D. Sheng