“No eres tú soy yo” por Kati Lincopil

"No eres tú soy yo" por Kati Lincopil

Ilustración por Santinam

 

A veces la competencia es bastante pareja entre el librero y el cliente. Yo, que estoy en el impreciso lugar de “la vendedora” de libros, he visto su manifestación en ambos personajes. El librero, que entiende tanto de libros deja de entender el comportamiento humano. El cliente, por no saber nada de libros pareciera ejercer algún tipo de violencia impúdica, casi siempre ofensiva, contra el librero y la librería. Pero no siempre es fácil avistarla. A veces se mantiene replegada detrás de exquisitos comportamientos sociales, cuyo giro brutal deviene en su avistamiento. Otras, se anuncia desde los primeros gestos, ruidosa y violentamente. Pero es quizás porque el diálogo debe ser horizontal y sostenido para recomendar un libro, porque hace necesaria una pequeña indagación de los gustos o necesidades del otro, o porque muchos de quienes nos visitan vienen simplemente a buscar con quien conversar de libros, es que la locura hace su aparición.

El asunto es que todavía no emparejo el tablero. No sé si yo soy la que se está volviendo neurótica o es que la gente ya no da más. Imagino que lo que a mí me pueda parecer delirante a veces puede no ser más que un asunto de lenguaje, de no entenderse del todo. Hay personas que me dejan literalmente sin palabras para responder. ¿Pero si soy yo la que no entiende, la que no logra ponerse a la altura de sus necesidades literarias? La supuesta locura de los otros hace que necesariamente ponga a prueba mi propia cordura o neurosis. Y La Italiana es el mejor ejemplo de eso.

Cuando la veo acercarse a través de la puerta de vidrio me dan ganas de esconderme. Sé lo que va a pasar. Su sonrisa gigante, su acento tan gangoso que no reconozco si es cuica o si está un poquito borracha. Esos ojos que no sé si miran a las cosas o a través de ellas. Comienza a hablar apenas entra a la librería, sin siquiera darme tiempo para responder a su saludo. Transmite en esa sintonía de amplio espectro todo lo que va a hacer, piensa o necesita. Ya conoce la librería y sube la escalera donde están los libros de filosofía. Me quedo en el primer piso. Si me mantengo lejos de su campo visual quizás no tenga que lidiar con ella.

“¿Tienes libros chicos?”, vocifera intentando alcanzarme desde donde me escondo. Inmediatamente me deja sin palabras. “¿Me puedes mostrar todos los libros que sean chicos?”, insiste. Es amable, casi eufóricamente amable. Debe tener más de cincuenta y es alta y maciza. “¿De filosofía?”, le pregunto tratando de hacer tiempo mientras subo al segundo piso. Hacer tiempo para formular una respuesta razonable. ¿No es raro que alguien quiera leer solo libros chicos de filosofía? Podría responderle que sí, que tengo libros chicos. Pero ahí tendría que entrar en su juego, preguntarle qué tan chicos, si este es suficientemente chico, entrar en la dinámica de quien de pronto elige sus libros por el tamaño, y no por ningún tema en particular.

La venta de libros puede ser la transacción de un bien inmaterial. El requerimiento de una abstracción, una necesidad intelectual o un concepto. Un deseo o un anhelo que un libro imaginario, que esperan que exista, resuelva. El deseo transparenta a las personas. ¿Pero si yo le entendí mal? ¿Si no es por el tamaño, si no que es una forma de decir, un lenguaje secreto entre los lectores de filosofía?. “Es que a mí me gusta leer en las plazas, entonces ya no me gusta leer libros grandes. Soy pintora. Me encanta la filosofía, yo…”. El diálogo infinito, la soledad infinita.

Es difícil reconocer la soledad de la locura. Aunque quiero pensar que porque tengo que entregar un servicio hago pensar a los clientes que parte de ese servicio es escucharlos, el monólogo es como una especie de virus de la soledad. Imagínate lo que es soportar eso con gente desconocida, sin ningún lugar en común, sin afecto, sin interés, todos los días. Muy parecido a lo que pasa con Twitter o Facebook, donde todos vociferan opiniones, declaraciones, estados de ánimo, lecturas del mundo, a nadie en particular, solo por el deseo de decir, declamar, expresar su corazón y su mente. Quizás porque estamos en la era del Yo o quizás porque siempre ha sido así, ese ímpetu se extendió a la vida real.

“Sí”, le digo, tengo libros chicos. Me da rabia contestarle, quizás porque menosprecio su forma de elegir los libros o porque me parece que está perfectamente capacitada para reconocer su tamaño sin mi ayuda. Antes de que pueda alcanzarle el primer ejemplar chico que veo entre todos los ejemplares, así al azar, me pregunta “¿Qué libros valen menos de seis mil?”. Me da rabia, no lo puedo evitar, la detesto, quiero que se vaya, no quiero entrar en su proceso mental. “No tengo idea”, le contesto, aunque me aguanto las ganas de ser irónica. “Depende de cada libro”, digo tratando de suavizar mi mal humor. “¡Estupendo! Ah, mira, aquí tienen los precios, depende del libro, digamos…”. Me margino de su campo visual, no tengo nada más que aportar.

Al rato entra otro cliente preguntando por la sección de filosofía. La italiana sigue ahí y lo conduzco por las escaleras a donde está dicha sección. La librería es tan pequeña y solitaria que él la saluda y ella le responde —obvio que le responde—, y al rato oigo que comentan y conversan. Ella le cuenta que le gusta Nietzsche. Él le recomienda leer a Onfray. Ella pregunta si también le gusta la filosofía. Él dice que es profesor de filosofía. Agudizo el oído. Esta es mi oportunidad de saber si soy yo la loca o es ella. Siguen conversando, su locura permanece opaca todavía. Él parece entusiasmado de mostrar quién es a alguien que le importa lo que hace. Ella comienza a contar más de lo que él le pregunta. Que su abuelo era filósofo. Que la filosofía clásica es chora. Que la cultura italiana ya no es tan chora. Que su mamá es italiana. De pronto me doy cuenta que sólo la escucho a ella. Su locura se comió la situación. A veces intenta interpelarlo. “¿Y qué pensai tú?” le dice sobre algún comentario que a mí me parece delirante y sin sentido. No responde e imagino que hace una mueca con la boca como diciendo “No sé, no tengo idea, no te entiendo nada”, mientras mira libros tratando de alejarse de la situación. Él se despide. Se dicen los nombres. Él baja las escaleras, se despide de mí y cruza la puerta de vidrio.

Al rato baja ella. Yo hago que estoy muy en lo mío. Me pasa un libro chico, rosado y que vale $5.900. Me pregunta cómo estoy. No, me pregunta cómo he estado, como si nos conociéramos. Le digo que bien. Empatizo con ella, la siento sola. “Me gusta leer en los parques, como Withman”, insiste. Le sonrío. Paga el libro. Afuera comienza a llover fuerte y le comento algo respecto a la tormenta. “¿Tormenta?”, me pregunta. “Claro, mire, hay rayos y centellas —le digo bromeando—. Ambas miramos a través de la puerta de vidrio los relampagos silenciados. “¡Aaay!, —me dice dando carcajadas neuróticas—, ¡estamos todos locos!”. Le entrego el vuelto y su libro en una bolsa de plástico. Me río con ella, un poco. No logro sacar ninguna conclusión al respecto. El tablero entre nosotras sigue parejo.

Kati Lincopil

Kati Lincopil

Santiago, 1989. Estudió Teoría e Historia del arte en la Universidad de Chile. Actualmente intenta entender el rubro de las librerías.
Kati Lincopil