“Vivir en Santiago” por Gabriel Zanetti

Fotografía por: Emiliano Valenzuela

 

La mayor parte del tiempo he vivido en esta ciudad. Solo cuento con dos interrupciones: lugares tan disímiles como Madrid y Puerto Montt, de los cuales tengo, a pesar de las importantes diferencias, recuerdos de tranquilidad familiar, estabilidad emocional e incluso aburrimiento. La vida en Santiago, por el contrario, parece tender a la inestabilidad, velocidad y quiebres variados. Además se ha transformado paulatinamente en una suerte de laberinto –con sus propias trampas–, apelativo al que llegué el otro día luego de recoger una pila de multas de tránsito en la entrada de mi casa. Lo curioso es que las infracciones no las cursó una persona, un paco o un inspector municipal, sino varias cámaras del Centro, Ñuñoa y Providencia. Es la ciudad misma la que castiga.

La situación es hasta ridícula. Tres infracciones iguales, por las mismas razones –circular en vía exclusiva–, y en la misma esquina –Avenida Providencia y Rafael Cañas–, donde viví recientemente. Sinceramente, doblar en esa esquina es complicado, utilizando sólo las dos cuadras permitidas en el carril de la locomoción colectiva: tomar la pista derecha pasado Infante, sortear micros, taxis y a otros arriesgados como uno, para finalmente poder virar. Le expliqué al juez: “La otra opción para llegar mi departamento, implica circular una cuadra contra el tránsito, tengo una guagua de menos de un año y es un forro quedar lejos, bajar el coche, los bolsos, darle la única mano libre a mi hija más grande”. La respuesta: “Si paga anticipadamente tiene un descuento del treinta por ciento”.

Se vive con movilidad reducida, y es peor con niños. Busco beneficios o facilidades para las familias y sólo encuentro juegos infantiles y cajas de supermercado prioritarias para madres con hijos menores de tres años. Es plausible pensar que en el futuro la ciudad, sobre todo las comunas del centro, terminarán perfilándose definitivamente hacia los solteros o parejas sin hijos. Un mundo de departamentos de dos ambientes, bicicletas y ciclovías por todos lados, minirefrigeradores, lavanderías, delivery y comida congelada, todo lo que ayude a facilitar el día a día. Es una obviedad mencionar lo que cuesta habitar esta ciudad. El tiempo de traslado en auto desde un lugar a otro, lo difícil que es subir al metro o a una micro, lo caro de las viviendas y servicios. Muchos de mis amigos sin hijos tuvieron esta intuición o vieron antes las dificultades directamente en sus padres y optaron por llenar la vida de gatos, perros pequeños, cursos de idioma y talleres variados. Otros, al quedar embarazados, migraron a la playa o al sur y no volvieron más. Resulta comprensible.

A pesar de que me declaro en contra de la inutilidad –con esto me refiero a los casos típicos de personas que no saben manejar, cocinar, encontrar un trabajo– cada día me cuesta más encontrarle la mano a esta ciudad. A veces pienso que soy yo quien ha bajado los brazos y otras, las más, que este lugar ha cambiado demasiado. Es como no tener formación ciudadana, porque me eduqué, como tantos, en un Santiago noventero: más una provincia con aspiraciones de ciudad que lo que se entiende por urbe. Ahora la cosa es en serio: muchas líneas de metro, inmigrantes y turistas, rascacielos, automóviles deportivos circulando, exceso de prohibiciones, planes de contingencia, ratones y guarenes por todas partes producto de las demoliciones para construir edificios.

La reciente nevazón sobre Santiago puso en jaque este relato ciudadano. La energía eléctrica volvió a cortarse como tantas otras veces –al igual que en el Santiago charcha de los noventa– y la supremacía de lo hecho por el hombre –la ciudad, de algún modo, es un homenaje al ser humano– perdió el viejo duelo contra la naturaleza. Es sumamente interesante cómo esta rivalidad se ha transformado, al menor pronóstico de catástrofe, en parte importante de la agenda periodística. Los expertos en meteorología de los diversos canales nacionales y estudiosos de los terremotos –como Marcelo Lagos y el brasileño Aroldo Maciel– se volvieron figuras públicas con importante presencia en la pantalla. Se pone a llover fuerte, tiembla un poco y los matinales se dedican a cubrir el asunto toda la mañana.

Personalmente tengo cierta complicidad con los temporales y terremotos. Tal vez un factor innegable de nuestra idiosincrasia tiene relación con el alivio que puede llegar a producir que cada cierto tiempo vuelve a quedar la cagá, a pesar del sufrimiento que podría significar para nuestro entorno. La sensación de vacío, la muerte temporal o definitiva de un relato que nos queda grande, creado de alguna manera entre todos, o por lo menos, aceptado. Un documental repetido que nos cuesta dejar de ver: personas juntan agua, el padre de familia saca la radio a pilas del cajón y sintoniza la Cooperativa o la Bio-Bío, una madre reúne a los niños, alguien enciende velas y las pone sobre la mesa.

 

Gabriel Zanetti

Gabriel Zanetti

Santiago, 1983. Ha publicado Cordón Umbilical (Spleen Ediciones + ML Ediciones 2008, Malaletra Editores, 2009) y Prohibiciones y títulos (Lecturas Ediciones, 2015). Es productor literario en Ediciones UDP.
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