“Fanatismo” por Gabriel Zanetti

Fotografía: Michelle Reyes

Ser fanático de un equipo de fútbol tal vez sea incomprensible para quienes no lo son. Para ese grupo de personas –que suelen definir este deporte como “veintidós imbéciles corriendo tras una pelota”– es prácticamente imposible entender el significado personal que puede haber por un club. Soy de Colo-Colo, como prácticamente toda mi familia. El origen materno lo desconozco, mi abuelo Héctor y su familia era, en su mayoría, colocolina desde siempre. La historia paterna es la siguiente: mi abuelo Zanetti, luego de múltiples problemas con sus socios italianos, primero desiste del idioma, luego de la nacionalidad y finalmente de la pasión: Audax Italiano, entonces decide, “ponerse una pluma en la cabeza” y seguir al equipo que tiene un indio en la insignia.

Se suele pensar que escasean los casos de quienes escogen una escuadra en vez de heredarla. No sé si es tan así. Mi amigo Marcos Pérez, por ejemplo, no heredó la pasión de su familia y es la persona más fanática de Universidad de Chile que conozco. Talibán azul, vive en otra dimensión. Casi no se puede hablar con él de fútbol, menos si eres el clásico adversario.  Según su hermano Álvaro, chuncho también, todo empezó en un partido entre Palestino y la U y sencillamente les gustó el equipo de azul y no el “Tino-Tino” por el que hincha su padre. Me gustaría saber qué ocurrió en ese momento. Qué transitó por sus mentes, cómo era su familia, qué dinámicas vivían. Hay un momento en que todo cuaja, como en esa columna de Pedro Mairal donde un médico se hace fanático de San Lorenzo después de ver morir a un hincha cuervo.

Mi epifanía es una mezcla de factores: Plebiscito, fin de la dictadura, familia de izquierda, mi tío Alejandro desaparecido hace poco –finalmente se declaró su fallecimiento en un accidente en el aluvión de noviembre de 1987 en El Alfalfal–, el sufrimiento de mis primos, la épica del Colo-Colo campeón de la Copa Libertadores 1991, los relatos de Mimica, su frase “el equipo del pueblo” pegada en la memoria. No sé bien qué ocurrió ahí, es difícil de explicar. Algo como una adquisición de sentido. La activación de un chip, o programa. Eso es lo que tienen dentro quienes viajan por el mundo acompañando al equipo de sus amores. Los no fanáticos no comprenden: ven con desazón las micros llenas de hinchas, con sus banderas por las ventanas rotas, las hordas colmando las calles rumbo al estadio, las escaramuzas en las esquinas. Se quejan de las horas y horas que dedica la televisión, no solo a transmitir los partidos, sino a hablar de ellos. Llega a ser admirable la cantidad de contenido que puede generar un partido, un jugador, un director técnico, una jugada.

Suelo escuchar “Al aire libre” de Cooperativa porque es interesante el debate que se suele armar entre los panelistas, especialmente entre Igor Ochoa, Barticciotto y Schiappacasse. Lo oigo atentamente en el auto mientras manejo a casa, aunque a veces pareciera que hablan de cualquier cosa. A ratos parece una discusión moral, filosófica, política, incluso sobre psicología. Argentina es el canon en ese sentido. Toda la cultura parece filtrarse en noventa minutos, dos arcos y un balón. Llaman la atención personajes como Pagani, Fabri, el colorín Liberman, a quienes se le pegan los platinos cada tanto. Ni hablar de los hinchas que aparecían en el mítico programa “El aguante”, dedicado solamente a las barras, emitido por TyC Sports. De este último se pueden acuñar declaraciones notables. Recuerdo una entrevista a un hincha de River. El periodista sugiere que Boca tiene a Maradona, “el más grande” y el señor de lentes en el Monumental de River le responde sin titubear: “Te equivocaste de adjetivo, ese jugador no es el más grande, es el más gordo”.

El fanatismo no se puede entender desde un pensamiento equilibrado. No existe la objetividad, la estadística. A veces pienso que la rivalidad tiene que ver con defender un relato o historia social, la incapacidad de aceptar otro relato, la ceguera frente a una estética o poética diferente –suelo pensar, por ejemplo, que Colo-Colo es épico y Universidad de Chile lírica–. Es interesante ver la cara de los hinchas en las graderías: júbilo, emoción, conexión total. Hace poco, a propósito del tiroteo en el casin.o Monticello de San Francisco de Mostazal, hablaba en la televisión un experto en ludopatía, asegurando que este tipo de adicción no tiene que ver con la posibilidad de hacerse millonario, sino con el momento de estabilidad emocional que produce a algunos jugadores apostar. Me hace sentido: es cosa que sintonice un partido de Colo-Colo –que es lejos lo más grande– para desaparecer del mundo y buscar nuevamente, como un adicto, esa extraña sensación personal de bienestar.

Gabriel Zanetti

Gabriel Zanetti

Santiago, 1983. Ha publicado Cordón Umbilical (Spleen Ediciones + ML Ediciones 2008, Malaletra Editores, 2009) y Prohibiciones y títulos (Lecturas Ediciones, 2015). Es productor literario en Ediciones UDP.
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