Desastre recomienda | Raúl Ruiz: Diario. Notas, recuerdos y secuencias de cosas vistas | Ed. UDP 2017 | Por Tomás Henríquez

Desastre recomienda | Raúl Ruiz: Diario. Notas, recuerdos y secuencias de cosas vistas | Por Tomás Henríquez

Raúl Ruiz: Diario. Notas, recuerdos y secuencias de cosas vistas | Selección, edición y prólogo de Bruno Cuneo |Ediciones UDP, 2017

 

El poeta Bruno Cuneo, amigo cercano de Raúl Ruiz durante los últimos años de su vida, no solo se había dado el trabajo, primero de recopilar una serie de entrevistas que el cineasta había dado a lo largo de su carrera y publicarlas de forma póstuma en Entrevistas escogidas – filmografía comentada (UDP, 2013), sino que paralelo a su trabajo como director del Instituto de Arte de la Universidad Católica de Valparaíso, y de la revista Pensar & poetizar (que le ha dedicado una gran cantidad de páginas al fallecido cineasta) como si fuera poco, también ayudó a levantar y actualmente dirige el archivo Ruiz-Sarmiento, encargado de recopilar documentación y promover su obra. Quizás sea por esa laboriosa tozudez investigativa que Valeria Sarmiento, cineasta, montajista y viuda de Ruiz, lo llamó un día para contarle de la existencia de unas cajas que el difunto había dejado en París con sus diarios de vida escritos entre 1993 y meses antes de su muerte en 2011. Grande fue la sorpresa de Cuneo, que cuando esas cajas llegaron a su oficina en Valparaíso, no solo eran de un tamaño mayor al que esperaba, sino que en esos cuadernos manuscritos, en los que se alternaban comentarios literarios, filosóficos, deportivos y hasta gastronómicos (en una suma de más de tres mil páginas) pudo conocer una parte hasta ese momento desconocida de la intimidad de quien había sido no solo su objeto de estudio sino su amigo. Tras algunos años de transcripción y selección, Cuneo editó Diario. Notas, recuerdos y secuencias de cosas vistas (UDP, 2017), una suerte de bitácora que acaba de aparecer, y que en dos tomos de casi 600 páginas cada uno da cuenta de la obsesiva y placentera afición literaria que Ruiz desarrolló en simultáneo a su oficio de cineasta.

Cuesta entender cómo Ruiz podía hacer tantas cosas a la vez. Filmar, leer, viajar y siempre encontrar un momento de intimidad para escribir. Lo guiaba, qué duda cabe, una pasión por el oficio que no descansó nunca. Y aunque fue un cineasta prolífico -el mayor del parnaso chileno- no fue sino en la literatura donde buscó siempre nuevos procedimientos narrativos para aplicarlos a sus películas, y luego jugar con ellos, mezclarlos, cortarlos, y volverlos excusas para desentrañar la operación inscrita en toda imagen. Por eso no se cansó hasta el último día de contar historias. Porque veía en ellas una puerta de entrada a un laberinto infinito. El de Borges, el de Kafka, y el de tantos otros que nunca nombró, que leyó quizás a medias, que citó con citas inventadas, de los que escuchó hablar con lejana simpatía, en idiomas diversos, por mujeres y hombres que compartieron como él el oscuro vicio de la discusión embriagada, del infinito palabreo que se disemina tras una caña de vino tinto, y a quienes supo homenajear parafraseando en historias -muchas de ellas- de tan dudosa veracidad como impecable factura. Por eso su Diario puede leerse como una caja de herramientas, o una recopilación de anotaciones que dialoga tanto con la experiencia cotidiana de su producción cinematográfica, como con el anecdotario doméstico del día a día. Así se nos ofrece la posibilidad de entender el basto despliegue de inquietudes literarias de alguien que -como dijo en una entrevista- filmaba no buscando el Oscar, sino por la pasión a la filosofía, una pasión a todas luces nómade, errática, pero siempre incombustible y que podríamos entender como parte esencial de su trabajo, tal como alguna vez (en noviembre de 1993) terminaría por confesar: “Sabiendo que lo que leo durante la filmación suele determinar el carácter y hasta el sentido de las escenas, la elección de libros debería ser una tarea responsable.” Para rematar algunos días después diciendo que “mis películas son notas a pie de página de los libros que leo durante la filmación.” A pesar del tono frío, melancólico, sobradamente intelectual y a ratos hasta distanciado, el texto adquiere inevitable densidad emotiva ya entrado los eventos familiares de mayor relevancia para el autor, recordándonos lo que un diario íntimo exige poseer como condición para su registro dentro del género: la periódica pesquisa de una vida entrecruzada por una cronología que se lee en el inevitable vértigo de su actualidad. El Diario de Raúl Ruiz es una bitácora pero también es bastante más que eso. Es un retrato de Chile visto desde los ojos de un exiliado que regresa, alguien que produjo el grueso de su obra en el extranjero, pero que en el otoño de su vida decide retornar al país de infancia -como si eso fuera posible- y escribe un diario íntimo en su lengua madre, tal vez porque en realidad sentía que nunca se fue de ninguna parte, y así como Lihn afirmó nunca salí del horroroso Chile, Ruiz en realidad siempre supo que estaba ahí, donde dejó a sus amigos del colegio, donde pudo practicar su lujosa forma de austeridad, donde nunca lo entendieron del todo, y a donde regresó sabiendo que definitivamente algo tenía pendiente.

 

Raúl Ruiz: Diario. Notas, recuerdos y secuencias de cosas vistas
Selección, edición y prólogo de Bruno Cuneo
Ediciones UDP, 2017

 

Tomás Henríquez Murgas

Tomás Henríquez Murgas

(Santiago, 1989). Estudió Actuación en la Universidad de Chile. También escribe.
Tomás Henríquez Murgas