Circo Azteca por Pablo D. Sheng | Ilustración Cuantasconstanzas

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Unos preadolescentes se quitan la ropa, llevan al hombro tablas de surf, van directo al mar y se acercan a un grupo de diez surfistas metidos más allá de las boyas. El viento pega y pensamos en el frío que tenemos, pero que ellos no tienen metidos en el agua. Un auto perifonea en la costanera de Los Vilos. Anuncia que a las ocho comienza la función del Circo Azteca, promociona la entrada a dos mil pesos, junto a los shows estelares de Peppa Pig, Frozen y los Minions. Una gaviota gorda se acerca a nuestra banca y picotea restos de la fritura de empanada que acabamos de comer. Contamos qué ola rompe más fuerte, quiénes logran surfear, quiénes no. Miramos el muelle que cada año parece más destartalado, la figura negra de óxido hacia el horizonte que caerá por su propio peso. En Santiago llueve y aquí el sol trata de pegar. Al otro lado del muelle el relave de una minera, las dunas y las docas. Volvemos a la casa. Tomamos un atajo que conecta nuestra calle de tierra con la que da a la playa. Grafitis neonazis, tags, INDIGO en spray azul. Sofía dice que los curaditos de la línea del tren murieron ahogados, ya no están. Uno de ellos era profesor, los otros no sabe. A pesar de la muerte, igual en la línea del tren grupos se juntan a tomar, dejan latas tiradas, botellones de vino y botellas de Capel vacías. De la pieza vemos deambular a un perro entre los grupos. Mientras atardece: el sol se pierde en la línea del mar, las nubes se tornan naranjas, retazos azules y hoyos de luz en medio del cielo. No nos queda más que salir a comprar pan, tomar té, después esperar a las ocho para ir al circo. El auto que perifonea vuelve y pareciera que recorre todo Los Vilos. El circo está en un peladero de tierra, detrás de un supermercado mayorista. Compramos pan en un almacén lleno de máquinas de juegos. Hay viejas que fuman y a ratos entra algún estacionador de autos. Se sientan en la tragamonedas y pasan el día así, y lo único que les queda a veces es achuntarle a una máquina-cascada donde apuntas y debes conseguir que monedas de cien bajen. El grupo en la línea del tren sigue ahí, solo que ahora escondidos por la noche. Tomamos once, esperamos que den las ocho. Oímos de nuevo pasar el auto que anuncia al Circo Azteca. Le pregunto a Sofía por las animitas de la costa. Conmemoran, dice, a quienes han muerto en las rocas recolectando huiro, e imagino a alguien de noche, cayendo casi a un roquerío, golpeado por una ola que viene de improvisto y la corriente arrastrándolo. Sofía dice que la mayoría de los muertos del huiro han sido ancianos. Luego de lavar la loza, caminamos, salimos a la avenida principal, cruzamos el supermercado mayorista y llegamos al peladero del circo, donde hay casas rodantes, generadores eléctricos, una cama saltarina y un par de camionetas. Encontramos el galpón en el que se abre una ventanilla. Compramos las entradas. Se empieza a armar una fila de familias con hijos, grupos de amigos, llegan autos que se suman a lo largo. Un hombre de polerón que dice Circo Azteca se pasea por la fila. Aún quedan diez minutos para las ocho. Un grupo de adolescentes delante de nosotros: tres chicos y una chica que comen papas fritas y revisan sus celulares. Sofía dice que uno de ellos estaba surfeando. Abren las puertas, nos ofrecen juegos luminosos, churros y algodones de azúcar. Hay una galería hecha de tablas de pino cepillado, amarradas con cuerdas. Tratamos de no colocarnos tan arriba, nos da un poco de miedo, sentimos sueltas las tablas de 3,30 mt. El grupo de chicos se sienta cerca nuestro, pero más arriba. Oímos sus risas, cómo se molestan entre ellos. En la mesa de sonido, al costado del escenario, el animador anuncia, hablando como mexicano, que comenzarán pronto. Detrás de su voz, reguetones, los últimos, “Despacito”. El primer número es de malabarismo. El artista no tiene más de dieciocho años, lo vemos joven, sus brazos son delgados pero fornidos, se nota que el ejercicio del circo tonifica su cuerpo. Levanta los malabares que mezcla con pelotas, nos entretiene, hace que el público aplauda. Suena “Felices los cuatro” de Maluma y la gente corea. El primer número termina. Aparece el animador y pide disculpas porque hoy Frozen no actuará, les robaron la máquina de nieve falsa. Entran dos payasos. Uno es un niño y sacude una toalla entre sus piernas, el otro es adulto, ambos parecen llevar ropa de pijama, solo los distingue la nariz pintada roja. Corren en medio del escenario, molestan al animador, lo tratan de gay, también de negrero, sin embargo nos quedamos con la imagen del niño-payaso meciendo su poto al público. Siguen corriendo, se pegan, sacuden sus cuerpos en el suelo, los chistes se tornan negros, como que el Circo Azteca jamás saldrá de Los Vilos, que quedarán atrapados entre La Serena y Santiago, sin la máquina de nieve falsa. Oigo reclamos sobre los chistes, que están fomes y se ríen de lo ridículo del show. El animador se detiene. Con su voz de mexicano presenta a una niña que no pasa los catorce años y saluda al público, nos sonríe, y comienza a agarrarse de un trapecio salido del cielo de la carpa. Ya está suficientemente a la altura. Contorsiona su cuerpo, abre, estira y sube sus piernas, arma una figura pendular que atraviesa, leve, el escenario. Hace frío y cuando se exhala botamos humo. La niña se sienta, pasa sus brazos contra la fibra metálica, comienza a girar. Da vueltas y queda suspendida en el aire, se voltea luego vertical alrededor del trapecio y queda sujeta tan solo en sus empeines. Aplaudimos. Apagan las luces, desde la mesa de sonido se anuncia a Peppa Pig y a su hermano George. Aparecen dos niños disfrazados de cerdos, suponemos que el niño-payaso del número anterior junto a otro niño. Ambos no se pueden sus cabezas, no miran, sus manos sostienen las cabezas. El animador les pregunta cómo están. Peppa –en rigor el niño– emula los ruidos de un cerdo. Nosotros reímos incómodos, nos vemos obligados a hacerlo. Quizá con culpa: la violencia detrás del show, del trabajo infantil en un circo pobre. Los niños disfrazados se van, instalan una cama elástica. Sale la niña del trapecio, el chico de los malabares y otro chico igual a este. Suponemos que son hermanos. Cada uno demuestra sus habilidades, dan saltos con giro. Entra también uno de los payasos pero no el niño. Salta y lo hace torpe a propósito. Los otros continúan. Cuentan sus saltos mortales, uno de ellos llega a veinte seguidos. Contorsionan sus cuerpos, los aprietan, vemos sus piernas marcarse, firmes, contra la malla elástica.

Pablo D. Sheng

Pablo D. Sheng

(Independencia, 1995)
Fue parte del taller de poesía de la Fundación Neruda. Obtuvo el premio Roberto Bolaño de novela. Publicó Charapo (Cuneta, 2016).
Pablo D. Sheng