“Daniel Riedmann el veterano” por Gonzalo Boudon | Ilustración Felipe Delnudo

Delnudo Boudon

Ilustración: Delnudo

Nos hicimos amigos en el taller de atletismo de mi colegio. Se hacía los jueves en el Estadio Nacional, y nos íbamos para allá en una micro casi vacía. Después de dar jugo en todas las especialidades, empecé a pasar esas tardes con él, echados en un colchonetón detrás del salto alto. No hacíamos mucho más que estar tirados, tapándonos la cara del sol con la mochila o un polerón, y vagar por  los alrededores de la pista atlética, fumando escondidos, compartiendo audífonos y mirando a las mujeres de otros colegios.

Los dos íbamos obligados aunque por razones diferentes. Mi relación con el deporte apenas existía. Nunca funcionó, me aburría y era malo. Mi mamá me hacía ir porque le preocupaba que me volviera gordo y antisocial. Daniel, en cambio, había practicado gimnasia olímpica desde niño. Se notaba en sus brazos musculosos y llenos de venas. Parecían los de un marino al lado del resto del curso. Para su familia, ir a ese taller era una forma honrar esa tradición deportiva. Para él, un aburrimiento total. Me hablaba con hastío de los campeonatos en los que había participado de niño. Teníamos apenas trece años y Daniel había hecho algo con su vida, practicado y dominado un conocimiento hasta cansarse. Yo solo había visto tele. A esa altura él ya era de alguna forma un veterano.

Cuando iba a mi casa, llevaba parte de sus colecciones de animé y heavy metal. Tenía hermanos grandes y eso hacía la diferencia en los noventa. Heredó nombres de bandas, películas, tablas de skate. Vimos juntos Akira, y recuerdo cómo toda la violencia en la pantalla me perturbó inmediatamente. Verla fue como atravesar una especie de colador de la infancia. Las cosas que sabía sobre ciencia ficción o futurismo eran más ingenuas, o románticas. Nada que ver con ideas cyborg y la depresión post-guerra de los japo. Pasé semanas sin sacarme las imágenes de la cabeza, y pensando al mismo tiempo, que Daniel ya había visto la película varias veces y desde hace años.

 

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El verano entre primero y segundo medio mi mamá arrendó una cabaña en la playa y Daniel fue con nosotros. Una de esas noches salimos solos y nos colamos en una fogata. Tomamos ponche de durazno directo desde los bidones plásticos. El cuerpo se nos hizo más liviano, el mundo divertido, y pararse a mear en el mar una gran aventura. Nos dieron ataques de risa. Nos caímos en la arena. Ninguno de los dos se había curado antes. En mi casa nadie tomaba y en la suya no se hablaba del tema. Por primera vez estuvimos en igualdad de condiciones. Pasamos el resto de la noche vomitando el camarote donde dormíamos, y al día siguiente nos tocó trapear, clorear el piso, manguerear los colchones en el patio, y escuchar una pequeña charla sobre alcohol y drogas de parte de mi mamá. Ella era relajada y fue más divertido que nada. Pero Daniel estuvo pálido todo el día. Le aterrorizaba que su familia se fuera a enterar.

Una sola vez estuve en su casa. Estaba llena de objetos y cada uno parecía ocupar un espacio cuidadosamente elegido. La pieza de Daniel tenía un lugar para la pelota de fútbol, otro para los álbumes, otro para la mochila. En el living había repisas llenas de retratos en blanco y negro y adornos de vidrio. Nos sentamos a tomar once y todo giraba en torno al papá de Daniel. Hacía preguntas y los demás contestaban mientras él escuchaba y masticaba con fuerza. La boca bien cerrada y los ojos puestos en los tuyos. Tenía una mandíbula ancha y afeitada, como cantante de baladas románticas. Debe haber sido menos de media hora que pasé, entre callado y tartamudeando nervioso cuando me tocó hablar sobre rendimiento académico o el trabajo de mi mamá. De eso se hablaba en casa de los Riedmann. Asuntos como la exploración adolescente, o el ocio eran algo incomprensible ahí. Las luces estaban puestas sobre resultados en el colegio y proyecciones universitarias.

Después de ese verano pasamos mucho tiempo tomando. Claro que mejoramos y ya no nos pillaban. Partimos con cerveza, después Fresco Cooler y Manquehuito, hasta llegar al ron y al pisco. Y ahí nos quedamos. En los rincones de las fiestas. Rompiendo focos en la madrugada. Él se quedaba a dormir en mi casa después de los carretes. Volvíamos curados a las cuatro de la mañana, y Daniel se levantaba volando a las ocho para salir a esperar la micro con la boca llena de mentitas. Al menos los fines de semana entre segundo y cuarto medio, él descansó en mi casa de la vida estricta que tenía con su familia, y yo estuve feliz de tener una especie de hermano.

 

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El último año de colegio su mamá enfermó de cáncer y a los pocos meses murió. Paramos un poco con el alcohol y los carretes, y Daniel se reintegró al núcleo de la vida familiar. La vida lo chupó de vuelta a ese espacio. Yo no sabía cómo acompañarlo, las cosas que hacíamos sonaban tontas en ese contexto. Esa experiencia estaba fuera de mi realidad. Daniel y su familia habían pasado uno de esos eventos para los que te prepara Hollywood desde niño. Pero él estaba adentro y yo del otro lado.

Después de la graduación ya apenas nos veíamos. Las pruebas para entrar a la universidad pasaron y nos dejaron secos. Fueron semanas de encierro, sin caminatas a las tres de la mañana, ni botellas de Coca-Cola con pisco adentro, sin cajetillas de cigarros aplastadas ni historias que contar durante la semana. De pronto todo tenía que ver con el futuro.

A mediados de enero me llamó para contarme que su novia de diecisiete años estaba embarazada. Cuando lo dijo, sentí que tenía diez años más que yo. Había hecho todo solo. Todos esos meses. Construir un discurso, una visión de cómo serían las cosas en adelante. Habló con su familia y la de la novia, reservó una hora en la clínica, calculó los costos. Dijo que pensaba trabajar durante el verano y quizás para siempre. Sacaría una carrera técnica estudiando en horario vespertino. El desfase entre nosotros volvió a ser el del principio. Daniel se alejaba, perdiéndose en zonas de la vida que yo veía solo en las películas.

 

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Hace un par de años nos cruzamos en la calle. Estaba mucho más parecido a su papá. La mandíbula le había cambiado. Ahora era ancha y le daba ese aspecto de asesino o cantante romántico. De hombre duro. De venir de vuelta a otro nivel, de un viaje épico, de una guerra espacial. Se veía bien, un hombre normal, tranquilo. Sus brazos seguían siendo los de un gimnasta. Sabía que lo del chico y la novia no había salido bien tampoco, pero si pensé en decir algo, en sacar a colación algo parecido a la nostalgia, me lo guardé. Seguro ya tendría otras cosas en qué estar pensando.