APRENDER A MANEJAR | por Gabriel Zanetti

 

Tenía nueve años la primera vez que me senté en el puesto del piloto y moví un auto. Era el Peugeot 309 azul de mi abuelo Héctor, quien daba instrucciones osadas sentado a mi lado –acelera, mete segunda, pasa detrás de ese árbol– en el descampado que colindaba con su fábrica de tostadores Don Domi en el sector sur de la ciudad, lugar que escogió para mi entrenamiento.

Yo me creía Alain Prost acomodado sobre los cojines que improvisó mi profesor para que alcanzara los pedales y poder ver. La verdad es que apenas podía mirar por el espacio que queda entre el tablero y la parte superior del volante. Recuerdo esa tarde como otro domingo nublado y fome de los noventa. Era 1992, probablemente era julio o agosto. El examen fue un éxito. Utilicé primera y segunda, anduve en marcha atrás sin estrellarme contra nada. Nunca se detuvo el auto.

No era primera vez que estaba ahí, de vez en cuando acompañaba a mi abuelo a su trabajo. Siempre regresábamos a la casa por Santa Rosa, Ñuble, Avenida Grecia, pero en ese momento la ruta habitual se transformó en San Marino, Suzuka o Imola. Yo miraba atentamente los movimientos de don Héctor y él lo sabía: hacía rugir el motor, subía las revoluciones, ponía caras entretenidas, de complejidad y peligro al abordar una curva o adelantar un auto.

A propósito de un cuento que analizábamos en clases, la escritora española Marta Sanz dijo que, por el contrario de lo que se podría pensar, los niños concentran una gran cantidad de seguridades y verdades, mientras que los adultos, por el contrario, inseguridades e incertidumbres. En ese momento la idea me marcó profundamente, a pesar de lo lógico que me parece ahora, lo menciono cada vez que es necesario en los talleres literarios que me toca impartir. Digo esto, porque a pesar de haber manejado otras veces, entre los trece y diecisiete años, un período sabidamente difícil, olvidé de golpe cómo conducir. Hubo un período de vacío, profunda torpeza –por no decir miedo– en el que hasta llegué a pegarle un tortazo a otro Peugeot –mi abuelo solo compraba esa marca– contra un ciruelo, hice cresta uno de los focos.

Yo me sentía pésimo. Mi abuelo, muy frustrado. De alguna manera se quebraba su capital simbólico tuerca. Historias al respecto tenía miles, la típica cuando camino a Andacollo para pagar una manda, por no hacerle caso a unos niños que vendían agua antes de la cuesta, se le calentó el auto y terminó poniéndole cerveza al radiador o la clásica y verídica sobre la licencia de manejar de su papá, la número ocho del país –existe el documento–. Mi abuelo lo intentó todo, hasta me encerró en su despacho a estudiar mecánica –era cosa de escuchar “pistón” o “cigüeñal” para querer salir corriendo–. A pesar de su esfuerzo, la máxima budista otra vez ganó la batalla: mi abuelo, luego de esas clases fallidas, no hizo nada, mi papá no hizo nada, yo no hice nada y recordé manejar de un día para otro.

Es evidente que tengo una relación emocional con los autos. Lectores de mi generación y otros, más viejos, probablemente también. Puede que sea una exageración, pero no sería raro que en el futuro se anule todo tipo de nexo emocional con las cosas que aprendemos. El jardín infantil, el colegio y las academias de conducción –y su obligatoriedad por ley– son eso, el reemplazo (estatal o privado) de los padres, incluso de los abuelos, en una actualidad donde todos trabajan y no tienen tiempo para nada.

Por otro lado, en el pasado, el automovilismo ocupaba un lugar importante en el interés de las personas, tal vez producto de cierto éxito de Eliseo Salazar. La gente iba a las Vizcachas a ver la Fórmula 3, en la prensa era corriente leer los nombres Bacigalupo, Horta, Ibarra. Se transmitía la Fórmula 1 en directo por Canal 11. No me la perdía, aunque implicara levantarse temprano o trasnochar. Salvo por cierto revuelo del Dakar, el automovilismo se esfumó o se incorporó a una élite mucho más que en el pasado. Es muy inusual ver a alguien interesado en la actividad. Sin ir más lejos, más de la mitad de mis amigos no sabe manejar y no falta quien considera andar en auto poco menos que una total inconsciencia. Verdades o miserias de la evolución.

Gabriel Zanetti

Gabriel Zanetti

Santiago, 1983. Ha publicado Cordón Umbilical (Spleen Ediciones + ML Ediciones 2008, Malaletra Editores, 2009) y Prohibiciones y títulos (Lecturas Ediciones, 2015). Es productor literario en Ediciones UDP.
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