Cuento | “El fuego de Jehová ” por Andrew Cerva

Tras las bombazos que apagaron la tele de golpe, nos vimos obligados a abrir el paquete de velas que compró mi papá camino a la casa, desde su trabajo en Peñalolén. Yo tenía mi propia vela reservada para una ocasión como esta, porque las blanquecinas y alargadas que venden en los almacenes me deprimen de una manera extraña. Me la había regalado la Tiare, cuando mi voz constantemente resquebrajada, como la pintura de los blocks en los que yo vivía, evidenciaba una pena bastante más grande que la que suele cargar un niño de diecisiete años. Obsequiarnos artículos robados de las tiendas del mall se había transformado en una romántica tradición desde hace algunos meses. La vela es de color escarlata y tiene en su superficie cilíndrica una serie de estrellas que imitan una constelación. Acerco el encendedor a la mecha e inhalo rápidamente intentando descifrar el aroma artificial. Es un olor familiar pero no logro asociarlo a ninguna flor ni especia. El vaho me relaja de inmediato, tal como la Tiare me dijo al sacar la vela de su mochila negra.

Pongo la vela sobre un plato y me siento en el alféizar de la ventana. Mi piso es el tercero. La vista es amplia, permitiéndome ver muchos otros blocks y la calle principal, que aparece una vez terminado el pasaje. La noche está increíblemente clara, coronada por una luna llena de bordes certeros. Los gritos que se escuchaban hace un rato, ensalzados con el murmullo que suelta el fuego en las barricadas, habían sido reemplazados por un silencio solemne de tensión indescifrable, que de ninguna manera marcaba el final, sino la antesala de una escena caótica.

El silencio dejó espacio para mis preocupaciones. Siento miedo al pensar en mi baja asistencia a clases durante el año. Ya llevaba un mes faltando de manera consecutiva todos los días, de lunes a viernes. De seguir ese ritmo un par de semanas más, me harían repetir el curso, otra vez. Poco lograba convencerme de volver a clases. Ni las llamadas del inspector del Liceo ni el título otorgado por mis compañeros: “Peor presidente de curso de la historia”. El pensarlo se vuelve insoportable y congela mis tres últimos dedos de la mano izquierda. Dicho tridente, cual radar, es un indicador de mis emociones más fuertes. Comúnmente siento un fuego adormecedor junto con la llegada de un orgasmo.

Un chirrido pedregoso interrumpe mi temor. Resuena a la distancia y me hace pensar en una montaña de topografía rocosa. Imagino que los viajeros que se acercan a la montaña ven fracasar cualquier tipo de herramienta debido a la dureza de su superficie. Finalmente, recurren al par de manos que la gran mayoría tiene, e intentan penetrar entre las hendiduras que se forman entre roca y roca, pero por mucho que insistan, los viajeros caen al vacío con las uñas sangrientas. A medida que el ruido se acerca hacia los blocks desecho mi teoría de la montaña. Me doy cuenta de que el tumulto es una estampida de carros de supermercado siendo arrastrados por las mal pavimentadas calles de la villa, levantando piedrecillas. Los carros generaban tal ruido, que algunos de sus conductores debían de estar corriendo a gran velocidad.

-¡Vayan al Ekono!- dice una voz femenina y avejentada a la entrada del pasaje -¡Ya lo abrieron y se están llevando to’as las hueás!- Era la Maiga, una vieja que vive a tres calles y que había criado ella sola a todos sus nietos. Yo conocía mejor a su hijo, el Manolo, hábil mechero que años más tarde me terminaría salvando de la seca con sus cogollos en Abril.

Giro la llave rápido y me cuelo por entre medio de la puerta de mi casa con actitud de ninja. Había quedado de juntarme con el Miguel en la cancha del hoyo, a tres cuadras del supermercado. Cuando llegué, el Miguel ya estaba sentado en la banca que tiene nuestros nombres con corrector, donde solíamos quemar los porros que vendía el Cacharro. El Miguel lleva un pasamontañas y lo primero que pienso es que se está pasando la película. Se lo digo y me responde en broma que es 11 de Septiembre y hay que darle cara a los pacos. Eso era cierto de alguna manera, pero la costumbre en San Ricardo es que los pacos no hagan mucho más que pararse en una esquina y evitar que bloqueen las avenidas principales. Los barrios son territorio de nadie, o de los más piantes.

En la puerta del super estaba el Tano, un tipo flaco que tiene el rostro parecido al de un perro. El Tano vive en las casas blancas y mi papá siempre me habla de lo bueno que había sido el Tano pa’ la pelota. Fue el goleador de cuatro campeonatos seguidos pero su racha se frenó cuando llegó la pasta base en el año noventa a la población Pablo de Rokha, y a toda La Pintana. Se supone que ya no consumía, pero seguía siendo choro y para darse cuenta no había ni que escucharlo hablar. Sus brazos mostraban un bronceado irregular como telón de fondo a unos tatuajes verdosos, que le recordaban las veces que estuvo en la cana. Nos saludó amistosamente porque siempre se acuerda de mi papá y de la infancia compartida en las canchas de tierra.

La cortina metálica de la entrada había sido perforada con oxicorte, y posiblemente rematada con un auto a modo de alunizaje. Una operación limpia, comentamos con el Miguel. No había rastro de los pacos, pero sus luces se reflejaban en algunas ventanas lejanas de los blocks. La verdad es que iba quedando poca mercadería pero en el suelo se encontraban algunos tesoros intactos. Llenamos dos mochilas. Era como una fiesta. Las fogatas, los gritos, algunos petardos. Los cabros que alumbraban la noche con las líneas reflectantes de sus buzos. La cara de felicidad de las viejas que se habían envalentonado a venir y que iban a llenar la despensa de sus casas por dos o tres meses. Vi a varias viejas que conocía, algunas del barrio y otras de la feria que se pone los sábados. Estaba la Pantruca, una tipa que vivía a tres paraderos de mi casa y que recita poesía en las micros. Yo suponía que se había quemado la cara hace mucho tiempo, pero también pudo haber sido un accidente de auto o una enfermedad terrible. Su cara era negra como la grasa que se acumula en los sartenes al freir y su boca se abría con dificultad por la falta de labios -Name la mano y nanzaremo’, name la mano y me amará’, como una sola flor seremo’, como una flor y nana má’- te dice mirándote fijo a los ojos. Algunos se hacen los dormidos apenas se sube a la micro, otros giran la vista si se acerca, fingiendo que miran por la ventana.

-¡Vayan saliendo que vamos a hacer pico esta hueá!-. Habían pasado unos quince minutos desde que entramos al super.

Cruzamos en diagonal hacia el parque que está frente al Ekono y abrimos unas latas de cerveza. Estaban heladas. En un rato el supermercado empezó a arder desde el techo, por lo que la gente tuvo que salir corriendo. Las viejas gritaban aterradas, medio en serio, medio en broma. Los más jóvenes sacaron sus celulares para grabar el incendio. La Pantruca corría con la cara desfigurada y repetía oraciones inentendibles. Las planchas metálicas calcinadas se caían a pedazos y con el Miguel nos reíamos mirándolas. La cerveza nos había calentado el hocico y estábamos chistosos ante el paisaje destartalado.

Al otro día cuando mi mamá volvió del trabajo me contó todos los pormenores que revelaba la luz del día. La mayoría de las trabajadoras vivía bastante más lejos del Ekono que mi mamá, por lo que se enteraron al llegar a trabajar del gran saqueo e incendio. El jefe les dijo que se llevasen todo lo que quisieran del suelo y las gavetas, porque apenas llegasen sus superiores iban a mandar todo a la basura. De la estructura, sólo habían resistido los grandes pilares de hormigón y el radier que distanciaba unos cuántos peldaños al supermercado de la vereda. La cubierta se consumió por completo. Mi mamá trajo un montón de cosas, aunque más baratas que las que yo agarré con el Miguel. Las limpió todas con un paño amarillo porque venían recubiertas de ceniza. Después de almorzar se lamentó porque ahora la iban a mandar a otro local, más lejos de la casa.

El Ekono nunca más volvió a ser Ekono. Estuvo tres años en ruina y era un buen lugar para fumar porros, jalar y hacer grafiti. Después de eso lo compró una iglesia evangélica y lo reconstruyó con albañilería en ladrillo. El templo es enorme, más grande que el antiguo supermercado. El templo se llama El Fuego de Jehová y celebran culto dos veces por semana. “Porque el Señor juzgará con fuego y con su espada a toda carne, y serán muchos los muertos del Señor (Isaías 66:16)” se lee con letras amarillas sobre la entrada. Cada cierto tiempo me topo con el Tano a punto de entrar, vistiendo un terno grisáceo que le queda grande. -Dale saludos a tu papá- me dice.

 

Andrew Cerva

Andrew Cerva

(Santiago, 1994). Su primer nombre es Andrew. Vive en La Pintana. Estudia Arquitectura en la Universidad de Chile.
Andrew Cerva

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