DESASTRE RECOMIENDA | “Diario íntimo” de Luis Oyarzún | por Tomás Henríquez

DESASTRE RECOMIENDA | "Diario íntimo" de Luis Oyarzún | por Tomás Henríquez

DIARIO ÍNTIMO | Luis Oyarzún | Ed. Universidad de Valparaíso, 2017 | 728 páginas

 

La re-edición del Diario Íntimo (Ed. Universidad de Valparaíso, 2017) de Luis Oyarzún, viene a saldar una deuda pendiente con una parte imprescindible en la producción literaria de uno de los mayores intelectuales chilenos del S.XX. Escrito en paralelo a sus viajes y a su vida como académico, constituye un documento de altísimo valor. Leonidas Morales, el editor responsable, se hizo de los manuscritos a mediados de los ochenta, y con la venia de la familia del autor ya publicó en 1995 una selección que, aunque escueta, fue importante aun cuando no considerara gran parte de lo que ahora. Hoy se presenta una versión aumentada -mas no total- del diario en una muy vistosa y cuidada edición, que incluye pinturas de Carlos Pedraza, amigo de infancia del autor.

Abogado, filósofo, poeta, historiador del arte, viajero incansable, pensador de enorme sensibilidad humanista, mistraliano, ecologista, discretamente homosexual, y de profunda vida espiritual. Luis Oyarzún (1920-1972) se inició de adolescente en la ociosa práctica de la escritura y la ejerció hasta pocos días antes de su muerte. Hijo de la educación pública, maestro y forjador de pensamiento latinoamericano, fue un intelectual de destacada participación en los debates culturales del pasado siglo. Sin embargo siempre le ganó el pudor y lo sedujo más la libertad de ser un simple personaje secundario. Se resistió a la vocación de político y hombre público, encontrando en las salas de clases un refugio. Usó sus innumerables viajes como excusas para generar un diálogo no tanto con la contingencia, como con la reflexión estética y filosófica que lo conmovía: libros, paisajes, y amistades con las que establecería diálogos siempre fecundos. A pesar de su personalidad mesurada, conservadora, quizás flemática, Oyarzún fue un adelantado para su época. Lector inquieto, sostuvo siempre una discusión cómplice y feroz con los principales pensadores de su época, y con aquellos que todavía no lo eran. De ellos esboza perfiles, cuenta anécdotas, los lee y los comenta con una mirada siempre generosa. Con otros es menos afable, o bien decididamente crítico, como cuando se refiere a Neruda, esa enorme personalidad pública (intelectual como él, pero de matriz gramsciana) que a pesar de su innegable valor como versista, ansiaba poder, lo que de alguna forma el autor desdeña: “Los males históricos provienen de hombres que quieren dominar la vida. Yo no quisiera sino extremar mis sensaciones.”

La escritura del diario para Oyarzún fue una actividad muy importante, entre otras razones, porque muchos de los libros que luego publicaría partieron como anotaciones de sus viajes y excursiones. Destaca el alto vuelo poético de sus descripciones y las alusiones a la flora y fauna. En las antípodas de un Mayakovski, el gran poeta de la urbe, quien decía que cuando conoció la electricidad dejó de interesarse en la naturaleza, Oyarzún fue conocido crítico de los devenires de la contemporaneidad y la decadencia de occidente (odió Nueva York), y como buen viajero romántico no se dejó eclipsar por el fulgor de la metrópolis, sino supo valorar todas las dimensiones del paisaje sobre todo en la provincia. “Una de las cosas que me hacen sentirme extranjero es no conocer el nombres de los árboles o de las flores”, decía. Por lo mismo, no resultó extraño que a fines de los sesenta quisiera radicarse en Valdivia donde, acaso presintiendo la enfermedad y el ocaso, finalmente sentó raíces.

Cabe preguntarse, atendiendo a las omisiones y sobresaltos en la cronología, cuán íntimo realmente será este diario, o bien, qué tanto de los manuscritos se dejó afuera y porqué. Morales, el editor y prologuista, parece más preocupado en analizar el género del diario de vida que al autor, y aunque no lo reconoce, su ambigüedad permite pensar una eventual censura familiar sobre los momentos menos decorosos. Porque si bien algunos se perdieron, otros diarios parecen todavía existir. Es obvio que un diario no es una biografía, muy a pesar de que así se lo pueda leer, o que intencionadamente uno quiera ver en esa escritura, en la continuidad temporal de esa escritura, rastros ocultos de la vida vivida más allá de lo que por motu proprio se ha querido dejar constancia. Un diario revela ante todo la voluntad de quien lo escribe. Por ende, la supuesta intervención de esa voluntad es lo que podría incomodar.

A pesar de lo anterior, la publicación viene a confirmar el enorme legado intelectual de Oyarzún y la influencia de un texto leído ya bastante, pero todavía poco valorado, quizás por tratarse de una aventura escritural difícil de catalogar. A un paso entre el diario de vida y el diario de viaje, con una prosa ensayística tan lúcida como sensible, pero siempre en primera persona, sabe hacer dialogar lo sagrado y lo profano con tal delicadeza que, a ratos, acaso sin pretenderlo, deja entre ver la fragilidad de su autor un gran humanista que, a pesar de las muchas certezas que legó, nunca dejó de sentirse perdido, tal vez porque entendía que ese es realmente el principal motor de todo intelectual. Luis Oyarzún era un hombre que sentía demasiado. Que deseaba sin causa ni objeto -así lo dijo-, quizás porque su época, esa de la que tanto escribió, no le permitió otra cosa. Por ende su mirada es no solo inquieta e impetuosa, sino a ratos divergente y disconforme. Hoy hace falta volver a leerlo para seguir abriendo nuevas perspectivas de un texto sencillamente imprescindible.

Diario Íntimo
Luis Oyarzún

Ed. Universidad de Valparaíso, 2017
728 páginas