DESASTRE RECOMIENDA | “Fuegos artificiales” de Germán Marín | por Tomás Henríquez

DESASTRE RECOMIENDA | "Fuegos artificiales" de Germán Marín | por Tomás Henríquez

FUEGOS ARTIFICIALES | Germán Marín | Lecturas Ediciones | Narrativa

Fuegos artificiales (Ed. Lecturas, 2017) es la última novela de German Marín, mas no la más reciente. Gestada a finales de los años sesenta en los talleres de escritura de la Universidad Católica, fue la primera publicada por el autor no con seudónimos, sino con su propio nombre, por la ya mítica Quimantú -emblema editorial de la Unidad Popular-, cuando corría abril de 1973. Algunos meses después, tras el golpe de estado, fue sacada totalmente de circulación, y con ello su autor inició un exilio que lo llevaría a México y luego a España. Hoy, más de cuarenta años después, Fuegos artificiales es re-editada en Chile, y a pesar de tratarse de un texto más bien longevo, de un autor ya ultra reconocido, no deja por ello de ser una novedad.

En ella se retrata la decadencia de la aristocracia local a través de su protagonista, José Clorindo Inchaurraga, antiguo político y terrateniente, dueño de un enorme fundo en el sur, que cada vez se vuelve más temeroso por el ascendente poder de los sectores bajos y medios. Lo que a primera vista parece un relato que se mueve entre una sátira y una pesadilla, se convierte luego en una extrañeza poco habitual, compuesta de fragmentos, citas, frases largas, entrelazadas y yuxtapuestas, cuya bien cuidada prosa, a ratos ligera, a ratos ladrillezca, posee siempre un lenguaje que sabe hacer dialogar lo docto y lo popular. Remeda de manera elegante, sin caer ni en la denuncia ni en el panfleto, el leve e inoportuno cargo de conciencia de una clase que muy esporádicamente recuerda que sus privilegios no fueron obtenidos sino mediante episodios poco afortunados, quizás violentos, aunque finalmente necesarios, como lo fue en enero de 1946 la llamada matanza de trabajadores de la Plaza Bulnes, trágico evento narrado en la novela de Marín, y que aparece como punto de inicio y telón de fondo de una serie de momentos históricos, sobre los cuales avanza en zig-zagueante cronología la vida del protagonista, hasta finales ya de los años sesenta.

De esta manera, la novela le toma el pulso a un tiempo histórico donde el progresivo avance social de un sector poco o nada acomodado, dio pie a una polarización en la que Marín, muy a tono para la época, toma posición, y hace mofa (sobria pero descarnada mofa) de todo un sector de la población que vivía con terror la eventual llegada de un orden social indeseable. Así, el texto adopta un tono que, aunque suponemos involuntario, puede llegar a sonar cuasi profético cuando se aventura a mirar el pasado, como intentando advertirle al presente de su época que los dueños de Chile serían capaces, en el futuro, de hacer cualquier cosa por seguir siéndolo, incluso si con ello debían usar la fuerza pública, pasar sobre la institucionalidad democrática y provocar un derramamiento de sangre, tal como ya lo habían hecho casi cuarenta años antes, en la ya mencionada matanza, evento tristemente célebre pues en ella fueron asesinados varios militantes comunistas, entre los que destaca Ramona Parra, mártir para las filas del muralismo popular de esos mismos años, los agitados sesenta y setenta, justo cuando Marín está publicando esta novela, su primera novela, sin siquiera imaginar que, precisamente meses después, la historia que contó volvería a repetirse, más trágica que cómica, sobre ese mismo país que intentó narrar.

Recuperar esta novela hoy se hace posible, primero, por el imprescindible lugar que tiene Marín en la escena de la narrativa local, y luego, por las condiciones de producción en las que el texto se inserta (una época, digámoslo, fuente ilimitada de anécdotas y relecturas, y que suscita un interés, por lo pronto lejano a acabarse); y se hace necesaria, entre varias otras razones, por el recorrido urbano que describe, entretejiendo calles, plazas, bares y todo el mapa de un Santiago tan parecido al que conocemos, como también lejano, distante, y extranjero en las múltiples maneras en las que se nos ofrece: esa idea de ciudad pensada como un libro abierto que se deja leer tras el filtro de la historia, de las muchas historias a las que invita. Ya que así como José Clorindo Inchaurraga, el protagonista de la novela, debe saber cómo rehuir de las insistentes preguntas de su sobrino frente a las manchas de sangre en el pavimento de la plaza, así, uno mismo, podría aprender a leer la calle, mucho más incluso de lo que uno ya da por sabido, y no dejar de visitar e interrogar los múltiples relatos que la escriben.

Fuegos artificiales
German Marín
Lecturas Ediciones
2017
180 páginas