EL EJÉRCITO DE LOS CHICOS PROBLEMA | por Diego Maureira

EL EJÉRCITO DE LOS CHICOS PROBLEMA Diego Maureira

COMBO BREAKER es una exposición bipersonal de los artistas Marco Antonio Arias y Wladymir Sasha Bernechea. Se realiza durante el mes de enero del 2018 y tiene dos inauguraciones en paralelo: en Galería Metropolitana (Santiago, Chile) y en Design Festa Gallery (Tokio, Japón). El siguiente texto pertenece al catálogo de la exposición.

«Con que este es el taller de los chicos problema. ¿A qué clase de pocilga me he venido a meter?», digo en voz alta tras poner un pie fuera del vehículo. El taxista me mira de reojo con las cejas fruncidas. He tenido en mente el problema de la extensión, que propuso el señor Sasha, toda la semana. No logro estar de acuerdo. No logro tener una posición.

Toco el timbre fuera del taller y espero estático. Algo en mí comienza temblar. Es un día tórrido. No hay nadie alrededor. A lo lejos la calle espejea y se difumina por el sol. Por fin alguien se acerca del otro lado. Sigo temblando, pero intento permanecer inmóvil. El pomo gira ágilmente y de pronto la puerta se abre por completo.

Lo que irrumpe tras las sombras es el rostro del señor Arias. Un anciano decrépito, de baja estatura y cuerpo encorvado.

–¡Pero qué seriedad! –exclama. –¿Acaso has retomado tu viejo hábito de matar con la mirada? –me golpea con el codo y saca la lengua.

En ese instante siento un sutil desprecio por él. Pero como siempre, mi color blanco le impide verme. Mi estructura corporal, mi cuerpo, siempre está en blanco. No es que sea pálido o albino, simplemente jamás me veo, soy absolutamente blanco. Nadie conoce mi rostro. Alguna vez en mi vida me convencí de que estaba tomando levemente un color, unas sombras, pero nunca fue así. Solo estaba creyendo que podía ser diferente.

El señor Arias se asoma con confianza al borde de la puerta. Observa rápido y con seriedad los pocos objetos del exterior como si quisiera descubrir algo.

De pronto gira hacia a mí y grita:

–¡Qué haces ahí parado!

Me quita la chaqueta de las manos y me arrastra al interior.

–No esperaba que me recibiera así, señor… –digo con la voz temblorosa, pero no alcanza a oírme.

Estiro brevemente los hombros y espero que acomode la chaqueta en el perchero. Cuando recibí la llamada, jamás pensé que me citarían precisamente aquí. Eso quiere decir que están más interesados en mí de lo que creo. Negarme a su acometido parece un camino directo a la muerte.

Dentro el señor Arias vuelve a ser el joven señor Arias. Gruesos anteojos, cabello dorado y revuelto, nudillos rotos, rasguños en el rostro, y mucha arena sobre la chaqueta.

Se acerca mirándome fijamente y me apunta con el dedo.

–Ahora tengo una propuesta imposible de rechazar, mi estimado camarada.

¿«Camarada?»¿Y ahora en qué se transformó esto?, pienso. Para mí, estos dementes no son más que el peor remanente de una generación del planeta entero. Arias y Sasha, ambos por igual. Son la peor estirpe que se pueda esperar. Asesinos, falsificadores, chantajistas, atracadores, delatores, mercenarios. Al final, solo por eso siento algo de respeto por ellos.

Sigo al joven señor Arias por un oscuro pasillo. Las pocas luces que hay arman una escena barroca y se cruzan a través de reflejos.

–¿Nuevamente lleva la chaqueta repleta de polvo, señor? –digo para dispersar el silencio.

El joven señor Arias vuelve a dar su única y repetida respuesta:

–Son los sacrificios de luchar contra la vieja pintura. Es un terreno árido, camarada, y un clima terriblemente hostil.

Desconozco cuál es la verdad, pero lo que aún no entiendo es cómo alguien puede llegar a ensuciarse tan constantemente así. ¿Adónde se va a meter este tipo cuando nadie lo observa? Realmente parece como si siempre estuviera llegando del desierto, cuestión que escapa a toda lógica en esta ciudad.

–No sé si lo percibiste –dice el joven señor Arias, –pero algo sucedió con Post Pop Depression que todos, de alguna manera, comenzamos a vibrar de forma espontánea. Tienes que considerar que fue una exposición de tres días en un salón de yoga, ¿entiendes? Hasta el día de hoy recibo comentarios sobre eso. Para mí, Post Pop Depression es una sombra que espero saber superar.

Por supuesto que sabía a lo que se refería. Participé de ello. Fue una misión rentable y que dejó bastantes secuelas. Sin embargo, también provocó nuestro aislamiento por un largo periodo. No me acerqué al ejército de los chicos problema por meses. Después, en cuanto pude, tomé un avión y me largué del país. Ahora estoy, involuntariamente, en el núcleo de esta nueva cruzada, y su propósito es más descabellado que antes.

El pasillo está plagado de retratos pastosos hechos sobre espejos. Hay figuras de toda índole: políticos, cantantes, intelectuales, artistas, empresarios, curas, dirigentes. Me detengo a observar el retrato de Díaz.

–Son mi lista de fusilados –dice el joven señor Arias con una sonrisa de gloria en la cara.

–¿Fusilados?

–Yo los maté.

Lo observo con detención para saber si habla enserio, pero su rostro conserva una jovialidad imperturbable. Su seguridad es única. No sé qué responder.

–¡Conozcamos mi taller! –dice eufórico.

Al final del extenso pasillo nos detenemos frente a una puerta enorme, resguardada por dos leones fundidos en bronce. Arias introduce una llave y empuja la pesada estructura con el hombro.

Al entrar, un fuerte estrépito nos hice saltar y un disparo se estrella en el muro, entre el joven señor Arias y yo. Del otro lado del taller, sobre una mesa, está el señor Sasha apuntando. De su pistola aún brota una estela de pólvora carbonizada. Está casi acostado sobre la mesa, con un ojo aún guiñado y el otro sobre el visor del arma.

–¿Cuántas veces tengo repetirte que nombres la contraseña?

–¡Solo fui a abrir la puerta! –exclama el joven señor Arias.

Yo aún permanezco paralizado.

–Gusano… –dice finalmente el señor Sasha y se incorpora con tranquilidad.

Enfunda la pistola y se seca el sudor de la frente con el antebrazo. Luego se dirige hacia mí. Usa unos pequeños anteojos rectangulares y una polera negra.

–¡Recapacitaste al fin! –dice abriendo los brazos.

Me quedo inmóvil mientras me abraza. En ese momento viene a mi cabeza el recuerdo de hace una semana.

Acababa de llegar del extranjero y aún traía mis maletas a cuestas. El señor Sasha y el joven señor Arias me esperaban en un barsucho del barrio chino. El lugar no era del todo pestilente, pero sí muy sombrío, lleno de rincones y niveles a los que provocaba estupor acceder. Nuestra mesa la coronaba una exótica luz color verde. El joven señor Arias festejaba el triunfo de Post Pop Depression. La exposición había cobrado solo siete vidas y los resultados superaban con creces ese costo. Ahora nuestro mensaje estaba en el ojo de la opinión pública y todos querían saber lo que venía. Ahora todos querían formar parte de esta historia.

El ejército de los chicos problema planeaba ir muchos más lejos.

–Para usted, agente, ¿cuál sería la mejor forma de preservarse en el tiempo? –me preguntó el señor Sasha.

–Eso no se puede manejar –respondí.

El señor Sasha fumaba con parsimonia, con los ojos perdidos en un punto indeterminado del bar.

–Pero hay formas de acercarse, ¿verdad?

–Por supuesto que las hay –afirmé. –Forzando los límites.

–¡Eso es! ¡Eso es! –dijo el joven señor Arias. –Te lo dije, paria.

–Aún así –advertí, –no hay manera de garantizar el éxito de un propósito como ese.

Cuando miré con detención el taller –una bodega gigante y completamente maltratada–, solo vi armas y pinturas. Eran armas de grueso calibre, con incontables municiones y otros pertrechos. Las pinturas estaban desperdigadas y cubrían todo el lugar. Estaban en los muros, apoyadas sobre las paredes, en el suelo, sobre sillas, bloqueando las ventanas. El señor Sasha retornó a su lugar y continuó pintando sobre un trozo de madera roto. Era una pintura muy oscura y movía su mano con desenfado.

–Vamos a tomarnos la galería –dijo sin mirarme. –Y tú irás con nosotros.

–Pero…

–No tiene sentido que rechaces la oferta. Lo digo enserio.

Combo breaker se llamará la exposición –añadió el joven señor Arias, – y durará para siempre.

–¡¿Qué?! ¡¿Para siempre…?!

–Así es –dijo sonriente el joven señor Arias. –Tú lo dijiste, hay que forzar los límites.

–Consideraba que un año era excesivo, pero… ¿cómo pretenden que dure para siempre? –dije intentando contener una nerviosa carcajada.

–Mi estimado agente, –dijo el joven señor Arias acercándose, –¿pone en duda nuestras habilidades? Su nombre lo dice. Será un combo breaker rotundo y definitivo a la pintura melancólica, de greda, y al cliché del artista pintor. Nos tomaremos el lugar de por vida.

El señor Sasha apoyó ruidosamente ambas manos sobre la mesa.

–¡Mi pintura es melancólica, imbécil!

–Sí, sí, sí –dijo el joven señor Arias. –Pero desde otra clave, amigo, desde otra clave.

–¿Y cómo pretenden que siga hasta la posteridad?, –pregunté.

El joven señor Arias y el señor Sasha se miraron.

–Sasha tiene un plan –dijo Arias sin dejar de mirar a su amigo.

–Por favor, toma asiento, amigo agente –dijo rígido el señor Sasha. –Tenemos una misión para ti.

 

6 enero / 7:30 pm – 23 enero / 9:00 pm
GALERÍA METROPOLITANA
Félix Mendelssohn 2941, PAC, Santiago

Diego Maureira

Diego Maureira

(Santiago de Chile) Licenciado en Artes con mención en Teoría e Historia del Arte por la Universidad de Chile. Se desempeña actualmente como ayudante en cátedras de arte moderno y contemporáneo, y ha publicado ensayos e investigaciones ligadas al arte chileno de las últimas décadas.
Diego Maureira