DESASTRE RECOMIENDA | El hombre que trasladaba las ciudades | Carlos Droguett | por Tomás Henríquez

DESASTRE RECOMIENDA | El hombre que trasladaba las ciudades | Carlos Droguett | por Tomás Henríquez

 

Suele decirse que el descubrimiento de América inaugura una época. Un tiempo nuevo iluminado por la superación de la oscura vida feudal que le precedía. La filosofía moderna forjó el descrédito moral de la edad media dibujando en ella el oscuro perfil de hombres que más parecían bestias, de creencias que no eran sino supersticiones, y de técnicas que con suerte merecían calificarse como tal. Nuevos paradigmas económicos y culturales permitieron una pedagogía antes impensable. No será difícil, sin embargo, para cualquier lector mínimamente entrenado en Historia ver también en ese supuesto avance una trampa. Precísamente porque el S. XVI está lejos de ser todo lo civilizado que presume. Ya sabemos: el descubrimiento europeo del nuevo mundo rápidamente devino en el genocidio más grande en la historia de la humanidad. Había que extirpar todo rasgo de salvajismo, y para ello el hombre blanco, provisto de raciocinio, virtud y sentido moral de la verdadera religión, debía suspenderse en una paradoja que al mismo tiempo lo constituía: volverse un bárbaro para extirpar todo rasgo de barbarie. Dejar de ser civilizado para defender, a perpetuidad, su civilidad fundante. Matar para evitar más muertes.

Más de cuatro siglos después, Carlos Droguett (1912-1996), a partir de documentos y crónicas de la época, escribe El hombre que trasladaba las ciudades (Ed. La Pollera, 2017). Se trata de la tercera entrega de una trilogía sobre el periodo de la conquista española, que ya había iniciado con Cien gotas de sangre y doscientas de sudor (1961) y Supay el cristiano (1967). Publicada inicialmente en Barcelona en 1973, cuando pudo ser editada en Chile, meses más tarde, razones políticas lo impidieron. Muchos de sus textos terminaron parcialmente perdidos hasta hoy que es recuperado —enhorabuena— y su publicación constituye no sólo un hallazgo, sino una aventura editorial de enorme valor.

La novela cuenta la vida del conquistador español Juan Núñez de Prado, caza-fortunas, comandante y fundador de El barco, una ciudadela itinerante, que cual fortificación medieval, viajó durante años por el norte de Argentina. Se trata de la semblanza mítica de la fundación de Tucumán, que según cuenta la historia, fue fundada, destruida, trasladada y vuelta a fundar al menos tres veces antes de emplazarse donde hoy se ubica. A Núñez de Prado lo acompañaban indios, gitanos, religiosos y sobre todo veleidosos buscavidas sedientos de riqueza, cada cual con más oficio en el saqueo, en la traición, en la felonía, y en oficios muy propios del español, que para la época fueron traídos al nuevo mundo por su codicia capitalista. Viajaban sorteando las desventuras de la geografía, el clima, y por cierto, la distribución del poder y la riqueza, que en un contexto de economías tan nómades como frágiles, hacía que cualquier lugar de buen suelo y medianamente tranquilo, fuera una tierra prometida.

Aquí Droguett hace gala de su enorme conocimiento sobre el mundo colonial. Aparte de abogado fue también un intelectual comprometido, siempre sensible a los derroteros que vivían los obreros, los marginales y los más desprotegidos de su época. Así lo plasmó en reconocidas obras como Eloy (1960) y Patas de Perro (1965), esta última según el mismísimo Manuel Rojas, la novela social chilena más importante del S.XX. Ganó el Premio Nacional de Literatura en 1970 y fue gran simpatizante de la UP. Después del golpe de estado quedó deshecho. Se exilió en Suiza, abandonó definitivamente la escritura de ficción y se dedicó de lleno a la abogacía. El hombre que trasladaba las ciudades es su última novela. Y en ella vemos el mejor Droguett: rabioso, agudo, colérico, excesivo, ambicioso. Su ya característica prosa es siempre rápida, luminosa, generosa en detalles, y avanza casi sin pausas, ayudada por las comas en largos y a veces hasta desgarradores soliloquios que fluyen intercalados entre la voz del narrador y sus múltiples personajes, mostrando así distintas perspectivas y puntos de vista de lo que fue cada uno de los traslados de El barco.

Juan Núñez de Prado, como Zama de Antonio di Benedetto (recientemente recuperado para el cine por Lucrecia Martel) es un conquistador, un héroe colonial pero que, enfrentado a la inquietud de haber sido arrojado ante un paisaje hostil, sucumbe a la melancolía, la duda, y el miedo a ser traicionado. El perfil que de él hace Droguett difiere transversalmente al tradicional héroe de la novela de caballería, ese personaje infame que tuvo como gran aliado la escritura y la complicidad de poetas e historiadores que ensalzaron únicamente un puñado de logros, dejando así en el olvido, de forma tan astuta como intencionada, lo que en realidad fueron: ladrones, asesinos, violadores y oportunistas que vieron en esta tierra, supuestamente desprovista de civilización, un lugar no solo para hacer riquezas sino para consagrarse y ungir su propio nombre en la gran historia.

Si bien a primera vista nada de su contexto aparece en la novela, el epígrafe es elocuente. Una dedicatoria que también podría entenderse como una clave de lectura: a Ernesto Ché Guevara que está creciendo. No parece casual que Carlos Droguett se haya dado a la tarea de contar esta historia de implantación del colonialismo en el nuevo mundo justo en una época en la que la intelectualidad de izquierda precisaba radicales gestos de anti-colonialismo y reivindicación de la identidad latinoamericana. Para ser fiel a su época Droguett tuvo que traicionar la vocación de futuro implicada en ese tiempo de emergencias y utopías pues, así pareciera decirlo, toda revolución precisa memoria. El hombre que trasladaba las ciudades es una novela enorme, superlativa, de imaginación desmesurada, y muy pertinente para su época. Una novela que incluso hoy es necesario leer.

El hombre que trasladaba las ciudades
Carlos Droguett
Ed. La Pollera, 2017
439 páginas