Tres decibeles bajo cero | Roberto Parra

Ilustración: Roberto Parra

Después de la nieve y los árboles tumbados en el camino, el corte de electricidad parecía ser el último trámite de la semana. Lo notamos casi al mismo tiempo, mientras sacábamos unas jaleas tibias del refrigerador. Ninguno le dijo nada al otro. Al menos no con palabras. Probamos los interruptores de la cabaña sin éxito y buscamos velas en la cocina. Muy pronto descubrimos que no había mucho que hacer. Volvimos a la cama envueltos en frazadas mientras los últimos rayos del sol descendían sobre el ventanal granulado del living, detrás de los cerros.

*

No fumé durante toda aquella estadía en el campo. Ni siquiera el día que comenzó a caer la nieve sobre las siembras y tonteábamos con el vapor gélido de nuestras bocas. Solo una caminata ladera abajo me hizo recordar la bolsa de tabaco arrugada en mi morral. Ella nunca tocó el tema, pero de cualquier manera me excusaba diciendo que el ambiente no estaba para fumar. Inclusive cuando el frío de la noche abrazaba nuestras gargantas y aullaba por un cigarrillo. Solo es cosa de tiempo, pensé.

*

El último concho de bebida fue invadido por una tropa de hormigas mientras intentaba mantener prendida una vela. ¿Un juego de cartas?, me dijo ella, para matar el tiempo. ¿Matar el tiempo? De cualquier manera no teníamos como saber la hora. Estábamos entregados por completo a la oscuridad. Da lo mismo, le dije, dos tríos y una escala. Tú empiezas.

*

Sentíamos los labios secos. El agua del grifo no era apta para el consumo. En una botella, notamos como las partículas de tierra fluían en constelaciones pequeñísimas a medida que la luz de las velas iluminaba desde abajo.

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El guatero continuaba tibio en un rincón de las sábanas. Lo movíamos entremedio de las piernas como si disputáramos un partido de fútbol. En uno de aquellos movimientos cayó fuera de la cama. No nos atrevimos a buscarlo, ni siquiera con la mirada. Hace un par de días, mientras hacíamos el aseo, encontramos una tarántula gigante escondida en un lado del colchón. El color opaco y las patas extendidas corriendo por toda la pieza nos habían dejado una sensación de asco. Cualquier rincón fuera del perímetro de nuestra vista podía albergar un peligro similar. Preferimos quedarnos cantando partes de canciones y adivinando sonidos nocturnos en la oscuridad.

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Una corriente de aire amenazaba con dejarnos sin luz. La vela parpadeaba y las hormigas comenzaban su viaje de retorno. No había mucha diferencia entre cerrar los ojos o mantenerlos despiertos.

*

Lejanía, pensaba. El techo es distinto al de mi habitación en Curicó. Mucho más alto y parecido al de algunas casonas antiguas de la ciudad. Veintitrés tablas mal cortadas y una ampolleta apagada en el centro. Las sombras apachurradas, difusas, me entretuvieron un rato. Buscar caras coincidentes entre un pliegue negro y un par de clavos cerca. Las frazadas también eran distintas. No tanto por el color o su tamaño, sino por el sabor a polvo que se me pegaba en la lengua. Las pelusas se salían solas y formaban pelotas rojizas que revoloteaban por toda la cabaña. Quizás si no le hubiese dicho eso a ella jamás se habría dado cuenta.

*

Contaba los minutos en mi cabeza. Sentía la noche caer como un bostezo prolongado. Salí de la habitación cuando ella se quedó dormida. Abrí las cortinas y apoyé el rostro frío en el ventanal del living, buscando algún atisbo de luz. Oscuridades gemelas afuera y adentro. Ni la nieve alcanzaba a destacar en ese suelo agrio y seco. Desenvolví la bolsa de mi morral y armé un cigarro de memoria con los restos de tabaco. Sobre la cómoda, la luz de la vela cayó directa en el papelillo al mismo tiempo que toda la cabaña se apagaba. Ella siguió durmiendo, sin notar la oscuridad contemplándonos las caras. El tiempo corrió en silencio y durante algunos minutos solo fui yo, el fuego vadeando entre mis dedos y algunos ronquidos provenientes de la habitación. Inhalé.

Roberto Parra Ponce

Roberto Parra Ponce

Santiago, 1994. Estudiante de Periodismo USACH.
Es miembro del colectivo poético La Marea.
Roberto Parra Ponce

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