DESASTRE RECOMIENDA | La poesía terminó conmigo. Vida de Rodrigo Lira. | por Tomás Henríquez

 

El mito de Rodrigo Lira recorrió por años el underground literario santiaguino. Cual rumor que se echó a correr por bares y patios universitarios, durante los ochenta sus textos se traficaban de mano en mano, en fotocopias sueltas de muy precaria factura. Se hablaba de un incomprendido, de un irreverente, de un poeta maldito. Mucho se hablaba para lo poco que había publicado. Su obra era todavía un enigma que iluminaba los años más oscuros de la dictadura. Su esquizofrenia, los fantasmas del electroshock, y por cierto, su suicidio, lo convertían en un personaje inquietante, aun cuando todavía semi-clandestino. Era, qué duda cabe, un ícono de la contracultura y un emblema para la poesía. No fue sino con el pasar de los años que su obra, esa que él mismo nunca pudo publicar en vida, que había quedado dispersa pero atesorada por sus más cercanos, tomaría forma en recopilaciones póstumas tras la generosa y ardua gestión de los que creyeron ser los mejores conocedores de su obra.

La poesía terminó conmigo. Vida de Rodrigo Lira (Ed. UDP, 2017) escrita por Roberto Careaga es una biografía que intenta reconstruir ese mito. Como un relato coral por el que transitan diversas voces, el texto es generoso en anécdotas y episodios de la corta pero intensa vida del poeta. Pone en diálogo su obra con el contexto que le tocó vivir y describe su relación con otros tantos personajes importantes para la época. Careaga es todo lo ordenado y correcto que su personaje no es. Como buen periodista, apuesta por la siempre supuesta objetividad de los hechos que narra, y toma fría distancia para que en contraste emerja el desbordado e intenso carácter de Lira, un personaje difícil que, como él mismo señala, se propuso parodiar la vida literaria chilena como forma de ser parte de ella.

Nacido en el seno de una familia bien e hijo de un militar, Rodrigo Lira (1949-1981) nunca supo adaptarse a las reglas y a las jerarquías que la vida le impuso. Era dueño de una imaginación desbordante y fue siempre un humorista oscuro. Le iba pésimo con las mujeres (a muchas las espantaba) y más por necesidad que por gusto, fue un aficionado a los concursos literarios en los que no tuvo mejor suerte. Fue víctima primero de las drogas alucinógenas, como después de los fármacos y los aparatos médicos de captura. Desequilibrado y desequilibrante, Lira sobrevivió al hippismo e inspiró el punk. Vivió de cerca los agitados sesenta y setenta, siendo diestro a la hora de eludir la militancia o cualquier responsabilidad política. Era, ya sabemos, la época en la que todos decían tener un ideal que defender y por el que dar la vida. Pero Lira no creía en nada. En nada excepto en la poesía. Allí volcó su genio ganando fama por la teatralidad de sus intervenciones y por su insolencia frente a todo tipo de autoridad.

Fue crítico de la solemnidad y el excesivo padecimiento de una generación de poetas y artistas que, según él, se creían mucho el cuento (léase, R. Zurita et al). Por el contrario Lira nunca reificó el dolor. Lo escondió mientras pudo. Se tomaba todo para la chacota al punto que no se sabía cuando hablaba en broma y cuando en serio. Quizás no era necesario saberlo, pero eso a veces hacía que llegase a caer mal. Incluso Enrique Lihn, dueño de un gran sentido del humor, terminó enojado con Lira el día que este le pidió la mano de su hija adolescente enviándole una caja de zapatos llena de caca. Y otra más: Lihn, quien solía disfrazarse de Gerardo de Pompier, un personaje que inventó para reirse de los poetas más pechoños de su época, salió trasquilado cuando, en su propia casa, el propio Lira lo imitó a él. Era el pompier de un pompier.

Una de las virtudes que toda buena biografía posee es saber perfilar cierta personalidad particular (su emoción, su intelecto, su contexto), para que el lector lo asimile, lo entienda, o esboce un acercamiento a su carácter. Sin embargo eso aquí no sucede (o sucede parcialmente) y no por culpa del biógrafo, sino porque el protagonista, que durante su vida obstinadamente se resistió a toda norma social, incluso aquí, pareciera rehuír a ser descifrado por completo. Luego de leer su biografía Lira sigue siendo lejano. Para aquellos que no lo conocimos, permanece la duda de quién habrá sido realmente: un loco lindo, un genio incomprendido, como algunos señalan. O bien, un insoportable, un pelmazo difícil de tragar, pesado como un plomo de quien mejor era estar bien lejos.

Quizás detrás de esa fachada de insolencia, de ese niño que quiere llamar la atención, simplemente hay alguien que pide a gritos un poco de afecto. Porque detrás la carcajada de Lira, detrás de la parodia constante no hay sino un pesimismo profundo. La angustia no de no encajar con la gente o con el mundo que te rodea (cuestión que para un escritor, asediado voluntariamente por los fantasmas de su propia soledad, resultará anecdótico), sino por la nebulosa certeza de algo peor. La angustia de no encajar con uno mismo que es a fin de cuentas un paso previo al absoluto sin sentido. Da la impresión de que Rodrigo Lira lo hizo todo mal. Lo único bueno que hizo fue matarse, al menos así pasó a la historia como un mito y llegó hasta nuestros días convertido en lo que es: el último gran poeta maldito en una tradición en la que muchos, con mayor o menor suerte, quieren optar a ese cargo.

La poesía terminó conmigo. Vida de Rodrigo Lira.
Roberto Careaga
Ed. UDP, 2017
308 páginas