Un documental sobre vagabundos | Gabriel Zanetti

 

UN DOCUMENTAL SOBRE VAGABUNDOS | GABRIEL ZANETTI

Fotografía por Mauricio Soto

 

Hace como cuatro años partí con dos amigos, cámara en mano, a intentar documentar estas vidas insólitas, al menos para quienes vivimos bajo un techo y trabajamos de lunes a viernes, es decir, la mayoría de la gente. Identificamos a tres grupos de vagabundos cercanos a nuestro barrio: uno en el parque Bustamante entre Santa Isabel y Marín, otro en el mismo parque a la salida del metro Baquedano, y un tercero, al que decidimos abordar primero, instalado afuera del supermercado Líder de la esquina de Seminario y Rancagua.

No me costó mucho entrar en diálogo con el grupo. De hecho, una vez abierta la puerta de cierta empatía de mi parte, uno de ellos empezó a hablar como si viviera en una isla y rara vez viera personas. Este señor, de unos cincuenta años, se largó: “Yo no pido plata, a mí me la dan, yo no molesto a nadie (justo pasó una señora y le dio pan y unas monedas), viste, viste, yo no joteo a nadie”. De la nada le preocupó la cámara: “no me filmen, hay gente que me extraña y que no sabe dónde estoy”. Le explicamos que se trataba de un proyecto under y de golpe empezó a hacerse el “encachao”, se arregló el pelo y la barba. Se relajó. Recuerdo que ese día había marcha por la educación gratuita, y yo le hice una pregunta en torno a ese tema. Su respuesta: “Yo creo que mi general Pinochet debería dar educación gratuita, yo mismo tuve pocas opciones, pero hice un trabajo que ustedes no hicieron, soy ingeniero civil, pero antes hice la Carretera Austral, fui de voluntario, trabajé con pala y chuzo mientras aviones del ejército tiraban sacos de arena para marcar la ruta. Sí, fui militar, si tú te pones en la esquina del parque Bustamante te reviento la cabeza con una sola bala, soy francotirador”.

Es el único registro que hicimos. Fuimos a los otros sectores, los vagabundos estaban ahí, pidiendo plata, tomando vino, viendo las noticias en una tele instalada bajo un árbol —no pude averiguar de dónde robaban luz—, durmiendo o rascándose las bolas, pero el primer y único entrevistado nos dejó gastados y no establecimos más diálogo. Aunque es difícil determinar la razón exacta por la que estos sujetos viven en la calle —uno de los objetivos del proyecto— claramente hay una mezcla de demencia —el solo hecho de que hablara en presente de Pinochet me sorprendió—, y muchas veces, por no decir siempre, problemas con alcohol y drogas. Conozco un caso de cerca. El Rolo, quien fue amigo en algún momento, terminó en la calle. Cuando lo conocí tenía un pasado mitológico de estabilidad (o lo que entendemos por esta) con familia, hijos y trabajo, y una actualidad pegada al carrete. De un año para otro se lo podía ver durmiendo en el odeón de la Plaza Ñuñoa, en el parque Juan XXIII, en la sala de espera de la Posta 4. Un día, aburrido del macheteo cada vez que me lo encontraba, le dije que buscara pega o que por último a alguien que lo mantenga, a lo que respondió: “prefiero vivir en la calle que recibir una orden”. De ahí en adelante que no me huevea tanto. Más que darle plata me molesta su olor, la mano asquerosa que me estira apelando a un pasado de amistad, un tono en partes iguales de lástima y superioridad moral y sobre todo el desatino de acercarse cuando estoy con mis hijas.

A pesar de lo anteriormente descrito —que son un conjunto de cosas que representan estar fuera del sistema—, encuentro cierto heroísmo en toda su volada. Y tal vez aquello no es una cosa personal. Tanto amor y atención por el Divino Anticristo, fallecido hace seis meses, probablemente el homeless más famoso de Santiago en los últimos tiempos, quizás devela un interés colectivo por los vagabundos. Este señor, que tenía un nombre en su carnet de identidad (José Pizarro Caravantes), con un pasado ejemplar —bombero, estudiante de computación, además de guapo según una de sus ex-novias en un reportaje de The Clinic—, colmó las redes con mensajes de aprobación del tipo “Vuela alto, Divino”, incluso medios conservadores como El Mercurio y La Tercera dedicaron alguna crónica, TVN y Canal 13 realizaron reportajes que exhibieron a la hora de las noticias. Es verdad: este señor provocaba cierto encanto con su falda, delirios nazi, poemas —siempre recuerdo ese verso “Nosotros no tenemos nada que ver con monos”—, pero tiendo a pensar que el interés radica en cierta desesperación social. Tal vez, en el fondo, el exceso de realidad nos abruma, nos parece plausible renunciar, soltar el hilo de la cordura o al menos de la madurez.

Gabriel Zanetti

Gabriel Zanetti

Santiago, 1983. Ha publicado Cordón Umbilical (Spleen Ediciones + ML Ediciones 2008, Malaletra Editores, 2009) y Prohibiciones y títulos (Lecturas Ediciones, 2015). Es productor literario en Ediciones UDP.
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