UNA CLASE INCONCLUSA | por Rodrigo Cerda

Desde los 7 años que quería ser profesor, cuando un día sentado a la mesa le dijo con tono calmado a su madre soltera: mami, cuando sea grande quiero enseñar. No seas estúpido, le contestó ella, dedícate a algo útil y gana plata por el amor de Dios. El pequeño se llamaba Rogers Gordon Poblete Poblete. Ese era su verdadero nombre. El genio creativo detrás de esa abominación había sido precisamente su madre, una fanática impenitente de las series de TV de principios de los ochenta Buck Rogers y Flash Gordon. Apenas se enteró que su bebé iba a ser un niño pensó en rendir un homenaje a sus dos ídolos. Eso fue en todo lo que pensó. Nunca se le cruzaron por la mente cosas como “daño sicológico” o “infancia arruinada”. A los 12, Rogers Gordon había pasado por todas las etapas de humillación que una persona podía sufrir por llevar nombres estrafalarios. Para empeorar las cosas, hasta bien entrada su adolescencia fue un sujeto con harto sobrepeso, y tanto en el barrio como en la escuela los chicos lo llamaban Rollo Gordo. Para las chicas no existía y punto. Cuando cumplió la mayoría de edad y se había matriculado en la universidad, le contó a su madre que estaba decidido a corregir la vileza que ella había cometido en su contra y se renombraría a sí mismo con nombres no ridículos. Más aún, le dijo que estaba dispuesto a perdonarla de todo corazón, pero ella se lo tomó de muy mala manera y amenazó con que si lo hacía, agarraría un cuchillo y se cortaría la yugular en frente suyo. Rogers Gordon se retractó. Tiempo después volvió a intentarlo. Esa vez ella juró que prendería el horno y metería la cabeza adentro. Me conoces, sabes que soy capaz de cosas infames, le dijo. Por supuesto, replicó él, poniendo nombres por ejemplo. Entonces no supo si creerle o no, aunque era evidente que a la señora se le había soltado un tornillo. Decidió no arriesgarse porque con ella nunca se sabía. Después de todo, en un par de años más obtendría su título de profesor, conseguiría empleo en un colegio chingón y se marcharía de casa. Lejos de su madre podría cambiarse esos nombres horripilantes sin que ella se diera por enterada. Ese era el plan. Por último, si se iba a convertir en profesor, debía llevar un nombre acorde, de lo contrario ningún alumno lo tomaría en serio jamás, y era un hecho que más de algún empleador lo rechazaría precisamente por cómo se llamaba. No quería un nombre popular o corriente. Tenía que ser uno raro pero distinguido, y que al mismo tiempo, combinara con sus apellidos. Se le había ocurrido Aitor. Así, a secas. Aitor Poblete. Le pareció que sonaba bien esa combinación. Sin embargo, tiempo después, meditando sobre el asunto cayó en la cuenta que Aitor no era la solución. Se imaginó el siguiente diálogo breve con una chica guapa a la que acababa de conocer: Hola ¿cómo te llamas? Hola, me llamo Claudia. ¿Y tú? Aitor. Aitor Tilla exclamaría ella con una carcajada espantosa a quemarropa. Nah. ¿Por qué querría un nombre raro después de todo? Volvió al principio, un nombre vulgar pero inocuo. Ya está.

El día de la titulación pasó la tarde en un boliche mirando un partido de fútbol y tomando vodka naranja. Lo último que quería era que un auditorio repleto de desconocidos escuchara pronunciar su nombre. Días más tarde acudió a la casa central a buscar su diploma. La secretaria empezó a hurgar entre medio de una pila de papeles desde donde extrajo una cartulina blanca impresa con letras negras estilo Monotype Corsiva o algo parecido. La cartulina estaba envuelta en plástico con burbujas. Tenía una de sus puntas doblada. ¿Por qué no asistió a la ceremonia de titulación? Estuvo presente el rector. Es que ese día fui mordido por un perro vago en una nalga, pero le doy mi palabra que la próxima vez que reciba un título sí asistiré. Incluso iré al cóctel, si lo hay. Se puso la cartulina bajo el brazo y se despidió. Cuando llegó a casa corcheteó la cartulina en una pared de su pieza.

El verano siguiente se puso a trabajar buscando trabajo. Se inscribió en todas las páginas de internet que avisaban empleos, incluso escarbó en sitios del extranjero, de Argentina y Uruguay, por si las moscas. Al poco tiempo descubrió que las ofertas para su área eran muy pocas y en ninguna de ellas se especificaba el número de horas ni menos el salario, pero eso sí, todos prometían incorporarte a una sólida institución y a trabajar en un gratísimo ambiente laboral. Puras mentiras. El 99 por ciento de los colegios en Chile sólo tiene de sólido el edificio y hablar de grato ambiente laboral venía siendo lo mismo que hablar de abundancia en Somalía. Para mediados de febrero aún no había postulado a ninguna oferta. Se le pasó por la mente que quizá, sólo quizá, pudo haberse equivocado al escoger pedagogía, y recordó la odiosa advertencia a sangre fría de un profesor el primer día de clases en la universidad: “señores, ustedes han hecho un voto de pobreza.” Bien pudo ser un vaticinio y no le presté atención, pensó. También se acordó de un reportaje televisivo que contaba la historia de una profesora jubilada que pedía limosna en las calles de Copiapó, y del profesor que sufrió la amputación traumática de un dedo por un portazo que le propinó un alumno. Pero, en fin, ya estaba metido en eso. Un día se topó con un encabezado que decía: IMPORTANTE COLEGIO RELIGIOSO NECESITA PROFESOR DE FILOSOFÍA. Requisitos: Estudiante de último año o recién egresado. Se ofrece: jornada de 44 horas y sueldo acorde al mercado. Indispensable tener temor de Dios. Envió el curriculum. Al día siguiente le telefonearon para una entrevista.

Con apenas 24 años, Rogers Gordon se paró por primera vez frente a un curso. Un cuarto medio: Buenos días clase, dijo. Mi nombre es Nicolás Copérnico y soy su nuevo profesor de filosofía. ¿Alguien sabe qué es la filosofía? Una alumna levantó la mano: “La filosofía es eso que estudia la siquisis humana, ¿o no?.” No señorita, y se dice psiquis. Luego un alumno pidió la palabra: “Parece que es la ciencia de hacer el bien a las personas”. No señor, eso es filantropía y no es ciencia. “La filosofía es el arte de pensar” dijo otro. Remotamente cerca, pero no. Y pensar no es un arte, es una actividad mental extinta hoy en día. Les voy a dar una pista: la filosofía es una palabra compuesta de dos vocablos griegos, filo, que significa amor y sofía, que significa sabiduría. Entonces, la filosofía es… Silencio. Es… El amor a… Más silencio. Es el amor a la… “¡Sofía!”, gritó un alumno. No. Es el amor a la sabiduría. Ahora bien, si la filosofía es el amor a la sabiduría, ¿quién es filósofo? Miró alrededor. Tú, señaló con el dedo a un alumno. “Esteee… No sé”. Filósofo, empezó a decir, citando a Cioran es el primero que llegue roído por interrogaciones esenciales y contento de estar atormentado por una lacra tan notable. “Oiga, no se entiende lo que dice”, le reclamaron “¿qué significa esa palabra que dijo recién?” ¿Lacra? Preguntó Rogers Gordon. “No, esa que empezaba con erre.” ¿Roído dices tú? “Sí, esa misma.” Roído es carcomido, apolillado. “¿Y qué significa la otra?” Lacra es vicio o defecto. “O sea que para ser filósofo hay que ser vicioso y estar apolillado”, soltó el alumno haciéndose el chistoso. Las risotadas estallaron por toda la sala de clases. Tengo una idea, van a leer un libro para que les quede más claro. Está en Google. Se llama Los Escandalosos Amores de los Filósofos. Para el próximo lunes habrá interrogación del capítulo uno. “¿Y por qué mejor no leemos El Mundo de Sofía?”, preguntó una alumna. “Mi vecina lo leyó, dice que es bueno y que me lo empresta cuando quiera.” ¿Y por qué mejor no lees Quieres Hacer el Favor de Callarte Por Favor? También aparece en Google. Como les decía, filósofo es todo aquel que… “Profesor Copérnico, ¿usted es creyente?”, interrumpió alguien al fondo. ¿Por qué lo preguntas? “Porque acá todos creemos en Dios y en que seremos salvados por su gracia.” Sinceramente, yo no creo que haya un Dios… comenzó diciendo y paró en seco su discurso cuando vio que los rostros de sus alumnos empezaban a deformarse. Hizo una pausa y respiró hondo. Lo que les estaba diciendo es que no creo que haya un Dios tan grande como el que pintan en nuestra Santa Biblia. “¡Alabado sea el Señor!”, exclamó el curso entero. Hizo otra pausa. Se frotó la frente con la mano. ¿Saben qué? Todo esto es una maldita farsa. No creo en Dios, disparó, en ningún dios, nunca he creído. Dios y la cruz son el mayor fraude en la historia de la humanidad y la religión, su vehículo, es la cara más fea del espíritu humano. Dios es un invento, igual que los súper héroes de las historietas que tienen súper poderes, luchan contra el mal y salvan al mundo, pero no existen. Cuando terminó de decir esto, los rostros de sus alumnos ya estaban deformados por completo. Oyó que alguien sollozaba. De pronto, un alumno se puso de pie y señalándolo desafiante con el brazo le gritó: “¡pecador!” Rogers Gordon lo miró y dijo: gracias por el cumplido, pero no me queda. Se acercó a él y le ordenó que se sentara. Volvió a pararse frente al curso. Jóvenes, sepan que lo mío es la herejía, no el pecado. ¿Alguien sabe lo que es eso? ¿Tú? ¿Quizá tú? ¿Alguien? Nadie dijo nada. El hereje es un ser humano con inclinación suicida porque es el único que tiene el coraje de pensar por su propia cuenta…y tal cosa es indecente, imperdonable, mortal. Pero no se confundan ni se asusten. Es como en la Biblia: “muchos son llamados, pero pocos escogidos.” Mateo 22.14. A ustedes ni siquiera los llamaron. Así que estense tranquilos porque los herejes somos pocos y nos mantienen convenientemente a raya. Ahora me retiro. No los veré más. Una última cosa: mi verdadero nombre es Rogers Gordon Poblete Poblete, grábenselo bien.

 

Rodrigo Javier Cerda Palma

Rodrigo Javier Cerda Palma

Santiago, 1970. Licenciado en Filosofía por la Universidad Católica de Valparaíso (1997). Máster en Educación, Salisbury University, Maryland, EE.UU. (2011). Un artículo publicado: “La Educación en Manos de la Ignorancia.” (2017).
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