DESASTRE RECOMIENDA | DIÁLOGOS DE DESAPARECIDOS de Enrique Lihn | por Tomás Henríquez

Nadie podría dudar que Enrique Lihn fue un escritor ejemplar. No sólo las ejerció de poeta, de crítico, de novelista, de docente e investigador, sino que también conocida es su faceta de dibujante de cómics, oscuro juglar, ocasional performista y videasta experimental. A pesar de las restricciones propias de su época, hizo de todo. Si a inicios de los 70 fue crítico de la uniformidad del proyecto cultural de la UP, mantuvo durante la dictadura una activa postura de confrontante y polemista. Su principal campo de batalla era el lenguaje. Aquel que había sido tomado por asalto por el consenso y el conformismo. Por eso se desarrolló como un activo agente cultural que no claudicó ante la censura sino que utilizó todas las formas posibles para evadirla. El escenario que Lihn ocupó era el que el oscurantismo de los cuarteles había pretendido cerrar. Por eso, más que un escritor, bien podría decirse que fue ante todo un actor de relevante papel para su época, incluso en un sentido literal, pues también llevó a escena obras por él mismo escritas, dirigidas y actuadas.

Sin embargo, cuesta entender que Lihn, dado su genio no ejerciera en el teatro la misma influencia, y que como dramaturgo nunca tuviera una buena relación con el público y la crítica. Respuestas podrían haber varias: que el suyo era un teatro demasiado intelectual, de humor difícil, alejado de los convencionalismos propios de la época, que el gran público —siempre tradicional y acostumbrado a la lisonja— nunca ha sido afín a las propuestas de vanguardia, o quizás, también cabe pensarlo, porque al propio Lihn nunca le interesó tanto el teatro como la poesía. De cualquier forma, ahí están sus obras. Joyas todavía inéditas que son una rareza para la época y para la dramaturgia chilena. Entre ellas se destacan La meka (1984), Nueva York, cartas marcadas (1985), y La radio (1987), las que en su mayoría son rabiosas sátiras, de pasmoso humor negro, alejadas del realismo psicológico imperante, que tendían a la parodia y a la caricatura, mediante la asimilación de grotescas figuraciones que no referían a otra cosa, sino al momento que vivía el país.

Justo al cumplirse treinta años de su muerte se publica Diálogos de desaparecidos (Editorial Overol, 2018), obra de teatro de Enrique Lihn que carga con la fatigosa novedad de ser la primera editada. La escribió entre 1973 y 1977, en una oscura época en la que el autor si bien no dejó de producir casi no publicó. En ella se pone en escena una aguda y crítica mirada sobre la contingencia, pero a diferencia del tono que lo caracteriza, llama la atención que en esta obra Lihn es brutalmente sencillo y habla en serio. Tal como versa La ciudad, ese brillante poema de Gonzalo Millán, aquí literalmente aparecen los desaparecidos: Un hombre, fatigado por la culpa, le pide a un cura que lo borre de la lista de ausentes. Un hijo vuelve a casa, cuando para sus padres ya no es más que un trágico recuerdo. Un esposo regresa por última vez donde su mujer para por fin despedirse. Un torturador enfrenta los reclamos de su mujer y, en paralelo, los de la mujer a la que torturó.

Bien cabe preguntarse, dado el carácter de inconclusa de la obra, cuan importante era para su propio autor. La única mención que le hace es al pasar de una entrevista que —como consigna la nota editorial de Andrés Florit— data de 1982. Es muy probable que entre los múltiples proyectos que Lihn tenía a la fecha de su muerte, revisar este y otros tantos manuscritos pendientes, haya sido tema secundario. En su cabeza estaba la poesía. Tenía que darle forma a su testamento. O al menos así él mismo lo recuerda. Corría 1988 y casi como en retrospectiva el poeta escribe sobre las muchas cosas que hizo durante su vida, y recuerda que incluso había escrito y actuado teatro desde el 84. Como quitándole importancia, haciéndole la desconocida, o incluso como si no recordara esta obra, el propio Lihn que se preparaba para morir ni siquiera reparó en destacarla. Este es un problema frecuente. Poner en valor obras que más parecen haber sido proyectos potenciales o bien residuos de una obra. Querer relevar la memoria de un autor de esta forma, también lleva consigo el peligro de desdibujarla.

Frente a la posibilidad de que estos textos quedaran en el olvido, Editorial Overol, que ya había recuperado Las cartas de Eros (2016) y Poetas, voladores de luces (2017), ahora se hace cargo de Diálogos de desaparecidos. Se trata de una obra (cuatro escenas, más bien) en la que se deja ver la destreza dramática de un enorme poeta, el que agobiado por su contexto decidió perderla entre sus archivos. Una obra necesaria, que a pesar de su brevedad no deja de ser urgente, estremecedora, aunque al fin y al cabo huacha, pues ni su propio autor quiso acordarse de ella, debido quizás a que que en la época en la que fue escrita, resulta evidente, publicarla o llevarla a escena era imposible. Por eso no hay duda que la recuperación de esta y las muchas otras obras de teatro de Enrique Lihn es un proyecto que merece la pena continuar.

 Diálogos de desaparecidos Enrique Lihn Editorial Overol, 2018. 64 Páginas