EL ENANO Cap. 1 | por Felipe Lira y Pablo Sheng

Aprendí a caminar a los seis años, pero ya sabía leer y manejaba la escritura de los kanjis, incluso tomaba fotos con la cámara digital. Recuerdo algunos videos que hice: mis amigos sentados en cuclillas cantándome feliz cumpleaños, la mesa llena de pasteles de arroz y yo en una silla de ruedas, mi madre acariciando a un gato, mi abuela vestida con un kimono azul, mi hermana mayor cantando junto a mis amigos.

Mi corte de cabello era el mismo que llevo ahora: melena. He cambiado poco en todo este tiempo, nunca tuve vello púbico, tampoco barba y mis dientes siguen igual de torcidos. Las enfermedades retrasaron mi crecimiento que pudo ser más normal. Al parecer soy una de las personas más pequeñas del mundo, mido un metro y veinte.

Una mañana, mi madre me ha recordado, tan solo al llegar a la Primaria me encontré parado junto a tres escalones de mármol que descendían hasta el patio. La campana aún no indicaba el inicio de las clases que comenzaban antes de las 8 a.m. Me sentía extraño parado en ese lugar, como si no perteneciera al grupo de niños que jugaba abajo. Sentí angustia y quise llorar, pero no dejé escapar ninguna lágrima. Una profesora me preguntó qué pasaba. Me duele la garganta, dije, y fueron esas palabras las que me depositaron, de nuevo, en casa. De ahí todos los días fueron iguales hasta que egresé. No fui a la Primaria de Edogawa no sé por cuánto tiempo y usaba esas palabras que siempre me ayudaron. Otras eran en serio:

me duele el cuello

me duelen las rodillas

me duele la espalda.

A veces pasaban cosas buenas. Había profesoras que nos trataban bien, sobre todo a mí, por parecer siempre el más chico, aunque hubiera otros enanos en el curso. Nos cantaban canciones de animé, nos dejaban dibujar a nuestros personajes favoritos de One Piece, hasta crear pequeños mangas que siempre alivianaban los estudios.

Sin embargo, ¿por qué no estaba en el hospital, atendido por enfermeras? ¿Qué había cambiado, es decir, qué había en vez de sondas y envases donde depositar orina? ¿Agujas y recipientes para la sangre, cables en mi cabeza, terapias kinesiológicas para mis articulaciones? ¿Por qué ahora debía levantarme antes de las 7 a.m. y debía volver pasadas las 4 p.m.? ¿Por qué no podía estar todo el día en casa, viendo tele junto a mi abuela, acompañarla a su taller de Ikebana y mirarla, mientras llovía, entretejer tallos en sus dedos y amarrarlos en camelias?

Al salir de la Secundaria me vi sin muchas oportunidades. Alguien de mi estatura no se contrata en muchas partes. Además, a los dieciséis tuve mi primer trasplante de médula que me dejó en la cama del hospital el año entero. Creo haber tenido fiebre la mayor parte de los días, náuseas, también dificultad para respirar. Volví a terapias para que mi cuerpo se agilizara, a pasar drogado, por lo que las energías se condensaron en mi recuperación. Después salí a trabajar como programador de computadores en una empresa. Pasaba más de seis horas sentado frente a un computador, la espalda se me encorvaba todavía más. Terminé trabajando desde de mi casa, como freelance, por seis meses.

Un día mi hermana me llevó a un casting de actuación. Hicimos una fila en la que vi mujeres de baja estatura operadas, de pechos enormes, incluso de pelo rubio teñido y otros discapacitados como ciegos, parapléjicos, tullidos. No me di cuenta que el casting era para una industria bad word ográfica.

Ya estoy en esto, le dije a mi hermana.

Quise hacerlo. Pensé que era una de las pocas cosas en las que podría desempeñarme. No me atreví a continuar con los estudios universitarios. Eso era peor y mucho más estresante que la Secundaria.

En el set estaban la mayoría de la gente de producción y algunos directores. Uno de ellos se fijó en mí. Mi hermana me tomaba la mano. Ese día andaba con un short, camisa y una corbata de rayas. El director dijo que era el enano más hermoso del casting, el más hermoso incluso que había visto en su vida. Me tomó en brazos. Yo gemí, pataleé e insistí en que me bajara. Me dolían las rodillas por esperar tanto rato en la fila. Dijo que eso ya no importaba, porque era el nuevo actor de la compañía.

No he regado las plantas. En mi pieza, dejo la iluminación al sol que se pone.

En São Paulo los días parecen ajetreados, peor incluso que en Tokyo. El departamento que compré en Liberdade es tranquilo; puedo mirar, desde lo alto, uno de los parques más lindos de la ciudad, las ferias de comida japonesa los fines de semana, la luminaria roja de la calle. Cerezos, arbustos, juegos para niños, parejas de ancianos que deambulan y pasan las tardes, oficinistas que se sientan a comer algún refrigerio. Eso para mí es un parque: no estar ahí, mirarlo, observar cada silueta que se corre, que desaparece cruzando una calle. Mirar, siempre, algún perro, papagayos y loros perdidos.

Recuerdo haberme encontrado un loro muerto, a la entrada del edificio. Le dije a Hina que lo recogiera y lo subiéramos para que le tomara fotos. Entonces puso al loro encima de una tabla negra y dijo que yo encendiera la luz. Traté de saltar solo por apurarme y aun así no alcanzaba. Tuvimos que remodelar algunos enchufes y ciertas conexiones para que se adecuaran a mi tamaño. En eso Hina resulta actuar con eficiencia. Creo que todas las comodidades que ahora tengo, pequeñas y sutiles, se deben a ella.

No me había fijado en el problema de la luz, porque nunca tuve iluminación directa del sol. Siempre, en los espacios, la iluminación designa cierta altura, sin embargo Hina se daba cuenta. En este departamento de un ambiente solo hay ventanales y aprovechamos la luz lo más que se pueda.

Por las mañanas, al menos, medito una hora con el sol entrando directo a mi cabeza, calentándome, incluso quemándome durante los días de verano. Creo que así a mi cuerpo le entra fuerza, vigor, mi anatomía se conecta con el sol de mañana y genera fotosíntesis. Así le llamo cuando me siento y los rayos pesan en mi nuca.

Ni siquiera en São Paulo he tomado un tono distinto al blanco.

Ahora el sol de la tarde tiñe rojas las nubes. El momento exacto en que la luz baja y de pronto oscurece. Ya no distingo quién está en la plaza, salvo por la luz artificial, quizá sombras nocturnas en enredaderas, bajo el ciruelo, sombras de amantes, tráfico, cosas que especulo desde acá arriba.

Espero a Hina. Me gusta estar con ella, verla desnuda cada mañana. Sus costillas pronunciadas, sus senos pequeños y su boca en las almohadas, abierta, botando saliva. Algunas noches de insomnio las paso así, mirándola, o confundiendo sombras que entran por la ventana.

Coches policiales = sombras rojas, azules, verdes

Autos = sombras amarillas

Personas = sombras negras, alargadas

Luces = sombras naranjas

Hina ha llegado. Trae feijoada, uno de mis platos favoritos, y también, en una bolsa, una caja de helado de alubias rojas. Nos servimos en los mismos platos de plumavit. Como con hambre, pero me lleno rápido. Lo demás se lo dejo a Hina, aunque ella apenas toca su plato. Me encargo de guardarlo en la heladera. Nos servimos agua. Siento, entremedio de mis muelas, los hollejos dulces de las alubias.

Le pregunto cómo le fue.

Bien. Hoy montamos.

Ella es quien se encarga de rodar mi película. Este tiempo, por salud, no logro ir al estudio. Trato de ver las cosas de la casa. Tengo pocas energías. Mi confianza es Hina. En un mes debería reunirme con el equipo; estrenaríamos a principios del año entrante y ya tener mis problemas de salud solucionados.

Me pregunta cómo estoy.

Bien, le digo, solo que ya no soporto estar parado más de cinco minutos.

Le digo que lo que más me provoca ansiedad es el cuello. Siento que es tan débil que si lastimo la médula espinal quedaría paralítico del cuello hacia abajo. Pero creo que podría superarlo y trato de no preocuparme demasiado porque no hay nada que pueda hacer.

En la primera escena un hombre de baja estatura sostiene una pancarta.

En la pancarta hay un número.

El hombre de baja estatura está sentado entre dos ventanas.

El plano general a su altura.

En otro plano, dos mujeres de baja estatura van a la piscina. Nadan. Son lentas. Cada una lleva lentes acuáticos y gorras. En un momento se duchan. El plano en sus caderas, el pelo mojado que arrastra agua.

En uno de los planos finales, un grupo de hombres de baja estatura lanza gallinas. Se oye cómo revientan en el piso.

Hina se quedó en casa y me muestra algunas cosas del montaje.

Detengo la película. Digo que borremos las gallinas. Lo encuentro violento.

Hina dice que se le ocurre cambiar las gallinas por mariposas.

Digo que haga memoria, porque en una secuencia entrevisto a un hombre que come hormigas y su padre, cuenta, comía mariposas.

Partió, como su burro, mascando margaritas, y vio que justo, mientras lo hacía, una mariposa blanca se posó encima. Y la tragó.

El hombre cuenta en la secuencia que su padre murió vomitando sangre. Llevaba meses escupiendo, debido a un cáncer de pulmón. Siempre creyó que sus gargajos eran mariposas.

Pienso, quizá, en otra secuencia así. El momento en que hacemos con Hina que nos casamos. Todo desde su perspectiva. Creo que salir en mi película es un buen impulso. Me siento enano.

Sigo siendo famoso por mis videos en Japón. De mi casa al estudio siempre fui escoltado. Había fanáticas que no me permitían tranquilidad; por ejemplo, dejaban regalos en la puerta de la casa, o alguna conseguía mis llaves y me esperaba en el living, otras veces en mi cama. A Hina le hacía gracia, pero a mí no: necesitaba, ya a esas alturas, una vida normal. Mis horarios se ajustaron. Las sesiones de grabación preferí dejarlas durante la mañana. Así la tarde quedaba libre, podía estar en casa y a las fanáticas las controlaba desde mi escritorio. Mandaban correos contando que no solo era un fetiche verme en pantalla, sino también un show, y adoraban mi enfermedad y adoraban que pareciera apenas de doce años.

Otros no eran fanáticos. A veces recibía mensajes de odio en mi correo electrónico o cartas que llegaban a la casa. Como le sucedió a la cantante de J-Pop, Mima Kirigoe, los mensajes venían de alguien que me espiaba. «Estoy preparándome para matar a algunas personas más. Koehy Nishi, Aiko Yanai, Mayu Watanabe».

Sin embargo, en mi departamento de Liberdade conservo algunos regalos. Alguien, no sé cómo, imagino que una muchacha, me envió, semana a semana, por casi dos meses, Ikebanas de camelias, como los arreglos florales que mi abuela hacía. Empecé a coleccionarlos, hasta que la muchacha dejó una nota donde decía que solo por esa primavera correspondía un regalo así. La camelia, decía, representaba la belleza en estado puro, como yo, que simbolizaba el refinamiento junto a la pasión y el deseo. Decía, también, que su video favorito mío era cuando solo me dedicaba a besar los pezones de una mujer. Un bebé, escribía, en estado puro.

Hina logra editar nuestras voces y la música. En la grabación hubo problemas en un centro de salud. Entrevistamos a una niña que nació enana, pero sin brazos. Entonces nos quisieron echar. No lo lograron y grabamos, con ella, casi el día entero y conservamos su imagen corriendo por el parque del centro. Jugaba con un niño de prótesis de piernas, se tiraban una pelota, ella con sus pies y él con sus prótesis. El atardecer se colmó de nubes y, después de una lluvia, se tiñeron violetas.

Hina escribe en su libreta los cambios que hacer. Esas hojas aprovecho de escanearlas. Se las mandamos a nuestro productor. Él trabaja en la televisión, hace teleseries. Es un rubio de ojos rasgados, hijo de un japonés y una brasileña.

Trato de averiguar qué se escribe Hina con el productor, pero apenas distingo las letras. Mi brasileño, aún torpe, se combina con que necesito siempre lentes para leer y, además, me cuesta aprender la escritura del alfabeto: mis manos están rígidas debido a la artritis. Hina ordena que usaremos dos secuencias, ambas iguales. Le recuerdo aquella en la que hay unos enanos en la playa. Uno de ellos se quita el traje de baño y corre hacia las olas.

En otra secuencia grabamos un partido de fútbol. Todo el público enano y los jugadores enanos. En Japón nunca vi algo así. Esta era la selección de São Paulo contra la de Recife.

La caja de helado se acaba y Hina se sirve vino. Dejamos el trabajo para mañana.

Siempre me prohibieron el alcohol. Nunca, en un cocktail, pude tomar sake. Pero creo que ya no es algo importante. Puedo fumar marihuana, pues alivia mis dolores de piernas. Alguna vez, además, pensaron que tuve ataques epilépticos. Sufrí convulsiones cuando niño, pero nunca más. Los electroencefalogramas no dieron resultados.

He sabido de gente con epilepsia que fuma mucha marihuana. En Japón era difícil conseguir, pero acá es el productor quien me da diez gramos mensuales. Muelo un poco. He mejorado mi técnica de enrolar, así que trato de montarle una boquilla. Echo saliva en la pegatina y queda una especie de bate, calculo, de 0,5 gramos. Hina lo enciende y vamos compartiéndolo, tirando el humo en la pieza, que escapa hacia la abertura del ventanal.

Felipe Lira | Pablo Sheng

Felipe Lira | Pablo Sheng

Felipe Lira (Buin, 1988). Artes visuales U ARCIS. Actualmente desempeña su trabajo como artista en el área de la ilustración y el tatuaje.

Pablo Sheng (Independencia, 1995) Fue parte del taller de poesía de la Fundación Neruda. Obtuvo el premio Roberto Bolaño de novela los años 2016 y 2017. Publicó Charapo (Cuneta, 2016).
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