SEQUÍA VALDIVIANA | Delfina Harms

 

Estaba cortada el agua. Era la primera vez que, en vez de ubicarnos en un hotel, nos llevaban a un complejo de cabañas de veraneo, en pleno invierno, en Valdivia. Todos estaban emocionados porque las cabañas suponían más libertad, autonomía, y había quinchos entre los árboles, donde sí se podía tomar hasta la hora que diera la gana, sin que un ejecutivo del hotel pusiera una queja con los jefes del teatro. Era el año 1996 y la Filarmónica de Chile empezaba la segunda mitad de una fría gira por el sur. La Chica, mi mamá, había decidido llevarme porque las fechas coincidían con las vacaciones de invierno y era gratis. Siguiendo el bus de la orquesta en un volvo azul, viajaba la Claudia, una sobrina de mi mamá, psicótica y fumona, que había decidido a los 30 años dedicarse a la música clásica, aunque no tocaba ningún instrumento, ni leía partitura. Venía de fracasar en medicina y de pasarse su año sabático a las afueras de distintos edificios gubernamentales, con carteles y megáfono, protestando por todas las causas que llegaron a sus oídos. En el programa de concierto figuraba la popular 5ta sinfonía de Beethoven, y la Claudia no se perdía ensayo ni función. Decía estar estudiándola en profundidad. Mi mamá y mi tío eran músicos de planta de la orquesta y tenían que esconderse bajo la mesa del restorán del hotel cada mañana cuando la Claudia, de alguna manera, lograba entrar al desayuno del equipo e intentaba hablar con Veltri, un argentino glotón que era el director titular de la orquesta. “¡Maestro!, ¡¿Por qué tan lenta la quinta?!”, le preguntó una mañana, de una mesa a la otra, y al director se le perdió una salchicha entre el esófago y la tráquea, de pura rabia. Igual, al cabo de un par de conciertos, hasta él había logrado acostumbrarse a esa violenta presencia. Yo me divertía con la Claudia, me gustaban sus trucos, cuando hacía la invertida y caminaba en sus manos, cuando me prestaba la boquilla de sus cigarros para jugar, cuando me mostraba cómo sabía hacer formas con el humo, y entre medio podía tomar café. Me gustaban sus zapatos de charol y su traje de caballero, su pelo corto y brillante, su voz rasposa e incisiva. Mi mamá decía que estaba loca, aún más que ella.

Pero estábamos varados en las cabañas y al parecer no habría ensayos ni conciertos. La lluvia arrasaba con Valdivia y los quinchos goteaban en las cabezas de los que a pesar de todo habían salido a tomar en la noche. La Claudia había pasado, para variar, todo protocolo de seguridad y estaba instalada cómodamente en el camarote de arriba nuestro, en una cabaña junto con dos hermanas. Los borrachines se habían puesto un diario doblado en la cabeza y habían ido a buscar a mi mamá para que fuera con ellos a fiestear, pero ella había quedado de hacer la once con las hermanas, que desde adentro la miraban acusadoramente. La Claudia saltó del camarote, se encajó sus zapatitos y salió con los amigos de mi mamá a empinar oporto y vino que el complejo de cabañas había regalado a los ocupantes por las molestias.

Juntábamos agua de lluvia en palanganas para poder tirar la cadena del baño, y a última hora de la noche, nos trajeron botellas de agua con gas. Mi mamá se reía aún, y había decidido cerrar el boliche. Nos hicimos un lulo en el camarote de abajo. Casi amanecía cuando escuché los charolitos de la Claudia darse contra la escalera de fierro que la subía a su glorioso trono sobre nuestras cabezas. Me daba gusto tenerla cerca.

En la mañana mi mamá se levantó al baño y aún no había agua. Les habían informado a varias personas que no habría ensayo, que había que quedarse todo el día en el complejo de cabañas, y que la reparación del agua estaba todavía en proceso, sin hora prevista. Mi mamá ahora se reía menos. Había tratado de llamar un taxi para llevarnos a un restorán en Valdivia, pero, con tanto barro y lluvia, ningún taxista tenía ganas de ir a buscarnos a los bordes de la ciudad. La Claudia juntaba moscas en su camita, con los zapatos aún puestos y un brazo sobre sus ojos agotados. Cerca de medio día los músicos estaban todos asomados en sus cabañas, hablando a gritos de acá para allá, compartiendo su indignación, haciendo planes de protesta, quejándose de la lluvia, el hambre, el aburrimiento, y culpando a algún administrativo. Con la agitación y los reclamos, un trabajador del complejo, paraguas en mano, se plantó en medio de todas las cabañas y comenzó a pedir disculpas y a dar explicaciones a los furiosos músicos. Mi mamá gritaba que ella tenía a su hija de 6 años con ella, que cómo era posible, que quería lavarse el poto. Pero el hombre parecía hablarles sólo a los caballeros y hacía caso omiso a lo que, seguramente para él, eran gritos de histeria insensata. La Chica había aprendido a lidiar con eso hacía años. Salió de la cabaña, se sacó la ropa mirando al funcionario, gritó que tenía derecho a tener el poto limpio y se bañó bajo la generosa lluvia Valdiviana. Los gritos habían despabilado a la Claudia, que lamentó haber dejado el megáfono en Santiago, y estaba seria, con los ojos muy abiertos, pasándole el jabón y el shampoo a mi desnuda madre, contemplando a su tía ejercer el acto de protesta con el que ella siempre había soñado. En el fondo, todas las García tienen algo de nudistas. La orquesta reía y aplaudía a la Chica, que siempre hacía carapálida en las reuniones del sindicato si no la dejaban hablar, pero que hoy había transgredido sus propios límites.

Y fue como si el exhibicionismo de la Chica hubiese acomodado las cosas. El agua llegó en menos de una hora. La lluvia se fue cuando mi mamá se puso toda su ropa de vuelta, y supe hace poco que la Claudia se había graduado en derecho laboral.

Delfina Harms

Delfina Harms

Recoleta, 1990. Estudié música e interpretación desde niña en distintas instituciones, luego Licenciatura en Música en la UMCE, virando a medio camino hacia la luthería de cuerda clásica. En 2013 me radiqué en Francia, donde pasé un año en la capital desarrollando mi primer proyecto literario y gráfico. En 2014 me mudé a Marsella donde, además de parir un hijo, concreté con el taller Meraki y la micro editorial Les mot que~, la publicación artesanal de mi primer libro. Hoy escribo y dibujo tan compulsivamente como leo y compro libros. Habito los Alpes franceses, cerca de Heidi, Niebla y El Abuelo.
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