Ya no llueve | Gabriel Zanetti

Fotografía: Víctor Salgado

Tengo gran parte de la memoria fijada a finales de los ochenta y principios de los noventa. Me suele ocurrir cuando escribo estas crónicas, que aparecen en su mayoría imágenes lluviosas y frías, como si en esos tiempos solo se hubiera prolongado un largo invierno chileno. Recuerdo un día específicamente, luego de una comida familiar con el menú de la estación de esos años –cazuela de pava con chuchoca, ajiaco, plateada con puré–, ventanas transpiradas y televisor transmitiendo las noticias, que relataban, a su manera, fragmentos de nuestra historia reciente.

Era una época en la que a los niños se les asignaba obstinadamente tareas a modo ejemplar y educativo. Esa vez, además de pasarle los remedios a mi abuelo, me tocó retirar la mesa, llevar los platos, copas y cubiertos a la cocina y botar las servilletas usadas. Me dirigí al patio de servicio donde mis abuelos usaban el basurero. En vez de tirar rápido los desperdicios, me quedé debajo del techo de zinc, entremedio de ropa tendida y húmeda, escuchando el temporal reventar en mi cabeza. Quedé impactado, como si estuviera frente a un fenómeno paranormal, que provocara la asimilación del entorno. Tengo la sensación de que no volví a ser el mismo, o mejor dicho, comencé a ser quien soy ahora. Podría interpretar desde el presente que la realidad la asumí como un  invierno de aluviones, damnificados, cortes de luz, neblina, mañanas de pasto congelado. La catástrofe –o la naturaleza sin más– como el relato a leer.

Tal vez ahí reside el éxito de poetas como Jorge Teillier –que anota en su poema Pequeña confesión: “Y soñaré techos de zinc y cercos de madera”–, o Pablo Neruda. Este declara en el discurso del Premio Nobel: “Yo vengo de una oscura provincia, de un país separado de todos los otros por la tajante geografía… mi poesía fue regional, dolorosa y lluviosa…”. Más allá de lo que piense en la actualidad de este señor, de su vida y obra, creo que las líneas anteriormente citadas son bastante certeras en cuanto lo que quiero decir. Hoy, el escenario, en muchos sentidos, parece ser otro. Sin ir más lejos, hace unos cuantos años no llueve con la regularidad ni puntualidad de antes. Cuando se asoma alguna gota se celebra con té, sopaipillas e historias melancólicas, como una forma de materializar el pasado. Tal vez de ahí viene la obsesión de la televisión por informar la lluvia y lo que pueda ocurrir en la ciudad, pensado de esta manera, además de transmitir el temporal, las pantallas muestran una posibilidad de idiosincrasia. Por otro lado, desde hace algún tiempo, la literatura lluviosa suele ser considerada un lugar común, o sencillamente algo pasado de moda.

Un correlato de los nuevos tiempos es la desaparición de las fuentes de soda –y  de sus parroquianos–. Quedan algunas –La unión chica en calle Nueva York, El mesón danés en la entrada de Avenida Brasil, y la memorable Panamá cerca de Avenida Grecia o el Regenbogen, en Gorostiaga y Diagonal Oriente–, pero en general están siendo reemplazadas por boliches –y personas– de conceptos más sofisticados. ¿Desde cuándo nos pusimos tan sofisticados? O mejor dicho ¿desde cuándo compramos o nos inventamos una historia de la sofisticación? Nada contra la novedad, aunque la ansiedad por asimilar estilos o modos de vida es preocupante y símbolo de inseguridad social y cultural o simplemente mental. No hay que ser un genio para darse cuenta que Santiago es una máquina de tragar pasado –asunto que tal vez nos define en torno a la memoria colectiva–, por el contrario de capitales como Madrid o Buenos Aires que parecen negar el presente.

La memoria puede instalarse en cualquier parte, por eso el Estado declaró Monumento Nacional el letrero de Monarch de Avenida Rancagua y Vicuña Mackenna sin la oposición de nadie. Creo que no existe niño de mi generación que haya pasado por ahí y no le haya llamado la atención. Me cuesta pensar qué recuerdos serán clave para mis hijas cuando sean mayores. Qué momento, idea, esquina o edificio quedarán grabados hasta su vida adulta. Tal vez es innegable que el invierno y la lluvia son llaves universales de la melancolía. Qué extraña y adictiva es esta sensación, parece ser más un amor profundo por los relatos, que una obsesión por el pasado, porque lo sensato, o sano, sería olvidar con naturalidad.

Gabriel Zanetti

Gabriel Zanetti

Santiago, 1983. Ha publicado Cordón Umbilical (Spleen Ediciones + ML Ediciones 2008, Malaletra Editores, 2009) y Prohibiciones y títulos (Lecturas Ediciones, 2015). Es productor literario en Ediciones UDP.
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