Crónica sobre el deseo| Fiesta erótica FAE en Barrio Yungay | por Kati Lincopil


Nadie me quiso acompañar. Camino por calle Catedral buscando un número sobre el adobe descascarado de los edificios del Barrio Brasil. Cruzo Maturana. En la esquina hay un bar restorán medio pituco, y al lado una puerta cerrada desde donde se escuchan unos bajos. Algunas personas tocan la puerta. Debe ser ahí, así que aprovecho de entrar con ellos.

Al entrar la música pega fuerte. La casa es antigua, y la puerta da inmediatamente a una escalera ancha que lleva al segundo piso. En el descanso veo a Inka y Carol recibiendo a la gente. El chico que nos dejó entrar inspecciona la calle antes de volver a cerrar la puerta. Corro el velo que divide la escalera y subo hacia la fiesta. No sé en qué estaba pensando cuando se me ocurrió venir sola. La sola frase “fiesta erótica” espantó a los amigos a quienes prácticamente les supliqué que me acompañaran. Y aquí estoy, una pacata que se hace la liberal, abrigada hasta la nariz entre medio de una masa de gente bailando a medio vestir.

La casa se ocupaba hasta hace poco como un hostal, pero ahora vive un grupo de chicos que la arrienda a veces para hacer fiestas clandestinas. Aún quedan casas como esta en el barrio Yungay-Brasil, en el casco histórico de Santiago. Muchas se han quemado, se cayeron antes o después del terremoto. Las que han sobrevivido son ocupadas como bares, restoranes, y paradójicamente como hostales para gringos hipsters, o como residenciales que aprovechan los techos altos para armar “lofts” hechizos donde viven sobre todo inmigrantes que no pueden pagarse nada mejor.

 

 

En los primeros años del 2000 Chile se ve escandalizado por una nueva tribu urbana: Los pokemones. Los medios hacen notas y reportajes, sacan libros donde la estudian junto a otros fenómenos paranormales que recorren el Paseo Ahumada para encontrarse en el Eurocentro, punto de reunión donde se proveen de chapitas, collares, poleras con nombres de bandas satánicas, mezclas de colores para el pelo, VHS y DVD piratas con los últimos animés. Los pokemones impactaron. Chicos y chicas de sexualidad difusa que acostumbraban ir a fiestas diurnas en el Rapa Nui o la Blondie, donde se prometían espuma, música ensordecedora y concursos de índole sexual que hicieron clausurar a más de un local. Estos niños con pinta de lolitas nabokovianas a la moda harajuku se juntaban en estas discos, algunas más decadentes que otras, a coleccionar besos y sexo que llevaban como trofeos representados en pulseras flúor.

Este sería para Beatriz Saldaña, fundadora del Festival de Arte Erótico que se organiza desde el 2014 en Santiago, una especie de despertar sexual generacional. Se dedicó por años a recorrer fiesta por fiesta, sola, cruzando de una comuna a otra, en un trabajo de inmersión que tenía como propósito de entender y vivir el hambre de otros cuerpos. La sed de liberación.

Estamos en un café frente a la Plaza Brasil. Es una mañana particularmente fría. Cuando Inka me contó sobre las FAE le pedí inmediatamente que nos reuniéramos con Beatriz y Carol Mockridge, sus productoras. Después de saludarnos, pedimos pasteles, té y sánguches de queso. Me siento un poco intimidada. Hay un tipo de mujer que vengo conociendo desde la época del liceo. Son productoras innatas, disciplinadas, que pueden pasar largas jornadas trabajando. Inka ya me había contado antes de reunirnos que no más de cinco personas han conformado el colectivo en estos años y que, sin fondos ni concursos, son capaces de hacer lo que sea para levantar el Festival.

Es ahí y después de explicarles detalladamente de qué va lo que estoy haciendo (investigar sobre la catarsis nocturna santiaguina) que se van relajando y comienzan a contarme sobre el proyecto. Beatriz, quien fundó el colectivo, estudió artes escénicas en la ARCIS. “En el teatro el erotismo me parecía una farsa, no se traspasaba al público, queda atrapada en la escena, en la representación”, me cuenta. A diferencias de otras, las artes escénicas parecían estar al debe en esa exploración. El festival nace de la pregunta por el erotismo alejado de la por·nografía. Por esos años ya se empezaba a hablar del pospo·rno, un género que desde el feminismo pretende poner en crisis el erotismo heteronormado. El festival quiere ser una instancia de encuentro donde los cuerpos y deseos que no tienen espacio en el erotismo normado tengan un lugar, me dice Carol.

Pero más allá de una razón definida o una base teórica, el festival nace por una pulsión. “Nosotros no postulamos a fondos, no trabajamos con plata. ¿De dónde sacamos la energía? De las resistencias que nos mueven”. Es por esta pulsión que convence a dos amigas más y realizan la primera convocatoria para el festival. Para financiarlo deciden armar una fiesta, una especie de apéndice del festival mismo. La primera la organizan en Axalote, un centro cultural ubicado en Santa Rosa con Matta. La segunda en en Casa Brasil, donde tuvieron que trabajar en parte de pago levantando vigas y limpiando los escombros del interior que dejó el terremoto.

Como muchos colectivos, escarban la ciudad buscando un espacio.

 

 

Volvamos a la fiesta. Aullidos. Luz roja. Los bajos fuertísimos hacen vibrar las tablas del suelo. La gente se abraza contra los muros. Los pasos vibran contra las tablas. En el techo hay un hueco donde alguna vez hubo una enorme lámpara de lágrimas. Ahora una luz roja lo cubre todo. Un grupo de nudistas prende un caño bajo los neones. Sus culos brillan bajo la luz. El olor a quemado y sudor calienta la nariz, las fosas nasales. Uno de los nudistas se pone los calcetines. Estamos a 28 años del lanzamiento de I touch myself de Divinyls, que suena ahora, y a 18 años de ...Baby one more time, pienso mientras escucho el setlist noventero-ochentero que hace bailar a todos. Los abrigos comienzan a quedar colgados como guirnaldas en los pasamanos de la larga escalera que lleva al tercer piso, donde otra DJ toca música electrónica.

Plumas, encajes, leggins. Gente sube y baja por las escaleras que dan al tercer piso, explorando. Un tipo graba con una handycam a dos minas en un rincón. Una de ellas está en colaless de frente contra la pared mientras la otra le besa el culo. Son las dos de la mañana. Los nudistas comienzan a vestirse y los vestidos a desnudarse, como si la fiesta estuviera buscando un equilibrio.

En una de las salas Scorpio Issues, armó una pequeña cabina de sexo en vivo decorada con telas, flores plásticas y luces led. Lo que pasa dentro de la cabina se transmite a través de Cam4 —una página de p·ornografía amateur vía streaming— que a la vez se muestra a nosotros a través de una pantalla. El cubículo empieza a moverse. En la pantalla, los pixeles a mezclarse. Algunos se paran frente a la pantalla. Afuera, una chica de pelo largo y rosado que lleva lentes de sol, hace de anfitriona y vende fotos análogas que tiene sobre una mesita junto a una declaración de principios. Scorpio Issues produce material erótico en 35 mm y 8 mm, sus integrantes dicen participar libremente en esa producción, y desde una visión del sexo y el erotismo positiva, respetuosa, voluntaria y anti hegemónica. Una pareja heterosexual lleva harto rato en la pantalla. Luego me entero que los tipos que grababan en la escalera son parte de Scorpio Issues, que aprovecharon la fiesta para generar material para su página web. La anfitriona llama a una amiga que baila con una chica en peto y calzas. ¿Quieres entrar a la cabina?, le pregunta. Ella le contesta que después, por algún motivo que no alcanzo a escuchar, y  se aleja con la chica de peto a la profundidad de la pista de baile.

 

 

Era tanto y tan diverso lo que llegaba a las convocatorias del Festival que en el 2016 invitan a Antonio Urrutia a participar en el diseño curatorial del proyecto. Ese año solo queda Beatriz del grupo original y se suma Carol, con quien trabajan hasta hoy. “Creo que si bien el FAE se ha reestructurado, no ha perdido su esencia: ser una plataforma donde ocurren cosas, más que el FAE cree cosas para un espectador. La idea es que tanto artistas como no artistas se acerquen a utilizar este espacio y proponer”. Creen y sienten que hay una necesidad de debatir y conversar sobre lo político-sexual. De que exista esta plataforma donde cuestionar y visibilizar las diferentes formas de pensar y vivir el deseo.

Las fiestas no buscan llamar a un público específico, sino que a todos. Aunque la primera fiesta que realizaron fue más punk, a través de estos años se ha ido abriendo. Hoy su objetivo es integrar a la comunidad migrante y empezaron las conversaciones con los organizadores de Noche Africana. Las fiestas convocan a mucha gente. Eso, para ellos, habla de una necesidad generacional. No solo de pensar, sino que de sentir. Desentumecerse.

Ya son las cinco de la mañana. La música declinó hace rato a los ritmos africanos. Hay harto atraque en general. Inka me cuenta que más temprano hubo performances organizadas por algunas de las integrantes de la colectiva Locas Putas y Brillantes, integrada por travestis de la Universidad Chile que realizan puestas en escena donde exploran los nudos conflictuales, emocionales y políticos de la disidencia sexual en Chile. Ahora ya casi todo es baile y sexo. Una fila de gente llena el pasillo donde está la Pieza Erótica. Una chica con antifaz y corsé recibe a quienes entran vendándoles los ojos y ayudándolos a cruzar la cortina que hace de puerta. Algunos salen tambaleándose. Otros, como si nada. Las experiencias en su interior son diversas y depende de los límites de cada quien. Puede durar desde unos minutos a casi una hora.

En el tercer piso ya no hay música. Hay una puerta que da a una terraza enorme remodelada por los antiguos dueños del hostal donde algunos fuman. En el segundo piso hay menos gente pero se compactan, buscando contacto. Se frotan, se lamen, se besan. El frío exterior no penetra en la fiesta y pocos están aún con polera. Me siento en uno de los escalones a mirar. Van a ser las seis de la mañana y, como siempre, todos los caminos llevan a Baila morena.

Kati Lincopil

Kati Lincopil

Independencia, 1989. Estudió Teoría e Historia del Arte en la Universidad de Chile. Librera. Editora y co-fundadora en revistadesastre.cl
Kati Lincopil