Bailar sobre las ruinas | Una noche en Recreo Festival | por Kati Lincopil

“¿Dónde es la fiesta?”, pregunta el conductor del UBER a medida que nos acercamos a Echeverría 1072. “En un colegio”, le contesto mientras miro alrededor buscando grupos de personas o filas frente a alguna puerta. Afuera comienzan a aparecer los alrededores de La Vega. Galpones abiertos, camiones estacionados y las luces de algunos locales de trago y comida. Unos pocos borrachos se tambalean en las veredas. Aún falta mucho para que abran los clandestinos. Es temprano, apenas las ocho de la noche, pero una amiga me llamó hace más de una hora advirtiéndome: “Vente luego, está lleno, capaz que no logran entrar”.

De pronto comienzan a aparecer autos y peatones salidos como de la nada. “Es aquí”, me dice el conductor, mirando por la ventana con curiosidad. Veo el mapa en mi celular. Aquí estamos.

Llevo tres meses yendo a fiestas electrónicas en clandestinos, sótanos y casas medio abandonadas en diferentes lugares de Santiago para entender la cultura nocturna que hoy eclosiona en este festival. Esta noche no culmino el recorrido, pero al menos sí es un punto alto. Según me cuentan, el Festival Recreo se realiza en un colegio que lleva más de diez años abandonado, y la Municipalidad de Independencia, bajo no sé qué trato, se lo pasó a Club Sauna y junto a CATODO reunieron a 28 colectivos de artistas, fiestas y músicos para hacer esta especie de congreso capital del tecno y la disidencia. El edificio está a punto de ser demolido, pero esta noche y por algunas más verá sus salas de clases, casi.no, gimnasio y patio llenas de nuevo hasta cada rincón.

Al cruzar el portón metálico y pasar por un par de controles, recorremos un patio estrecho y oscuro hasta llegar al patio principal. El colegio está rodeado por enormes torres nuevas de departamentos desocupados, en las que 1989________ y Cinerana proyectan gráficas geométricas noventeras en perpetuo movimiento, que intervienen la rigidez de la grotesca obra inmobiliaria. La fiesta ocupa el primer y segundo piso del colegio, al que se llega por una escalera estrecha iluminada de rojo. Hay música intermitente en el centro del patio principal y a ratos se activan instalaciones, intervenciones y performances, como la de La Purga, que instalaron una celda de torturas a cargo de dos cocineras carnívoras drags; o la de las Drogadas y Dragueadas y su sala de clases que se revolucionó travesti en medio del colegio; lo que arma un ambiente muy de las fiestas de La Perrera Arte ahí como por el 2012, y que hoy son la tónica.

Alrededor del patio de cemento hay varias salas. En dos de ellas, las que parecen haber sido el cacin0 y la cocina, hay montones de sacos rellenos que sirven para descansar no solo de las largas horas de baile, sino los ojos y los oídos. La luz de los halógenos se refleja en los azulejos blancos que esterilizaban sus muros. Varios artistas intervinieron el edificio, y en esta sala FIFA 2000 pintó varios Gokus y Vegetas follando a la altura de nuestras cabezas. La sala parece una especie de limbo o sala de espera yaoi. Algunos cargan sus celulares, hacen historias en Instagram y fuman pitos o cigarros que llenan el aire de humo.

Hay tres pistas de baile además del patio principal. La más grande, probablemente el gimnasio del colegio; otra más pequeña, que lleva el cartel de “Laboratorio” en su entrada; y el segundo piso, donde se habilitaron algunas zonas y se cerraron otras. Abro una de esas puertas cerradas y en una sala completamente iluminada de roja, sobre un colchón en el suelo duerme una chica. “Es la performista”, me dice Bea del Festival de Arte Erótico, aunque la siesta no es parte de la performance. Me cuenta que tipo una y media de la mañana van a habilitar en esa sala la “Pieza erótica” que suelen armar en las fiestas que organizan para recaudar fondos para el Festival.

Todas las pistas están repletas. Es raro cruzar la puerta, dejar atrás el aire frío del exterior y sumergirse en la oscuridad, el movimiento y los bajos. La música me recuerda a la de Mortal Kombat. El humo en el interior pica los ojos y la garganta. La humedad y el calor que emana de los cuerpos vuelve el aire espeso. Las luces parecen cortarlo en pedacitos, atravesándonos. Botellas de agua y pupilas dilatadas es lo que predomina. El DJ es el chamán de la comunión. La música, repetitiva, lleva al trance. Hay que entregarse a ella, a la oscuridad, a los rayos y a los cuerpos de todos. Brazos y piernas perpetúan movimientos en algunos cerrados, calmados, en otros intensos y explosivos. No es la cadera el centro del baile, ni tampoco la excusa para rozar el cuerpo de otro. El movimiento se da en una zona individual, pero no por eso individualista. En el baile colectivo se disuelve el yo, hay un acto de complicidad. Las pastillas, el ácido y la marihuana que recorre los cuerpos intensifica los sentidos, los abrazos, los besos, pero también la colectividad y el estar con uno mismo.

“El diseño sonoro arma una paisajística”, dice Dj Maxicat. “Genera como un espacio. La música electrónica es un lugar, no tiene a un cantante dando instrucciones, no hay una representación de algo que tenga que ver con la identidad individual. Es espacial, textural”. La cultura de club, me cuenta, democratiza. Es un lugar de expresión, de libertad. Maxi llegó temprano a tocar con GAMERA en Baila Como Quieras, a eso de las tres de la tarde. Le pregunto cómo vive este tipo de fiestas. “En general es un trabajo, pero hoy es la celebración de un esfuerzo colectivo. A veces amerita lanzarse”. Su noche, como la de los otros DJs que están hoy acá, será larguísima.

En el patio y en la pista colisionan tatuadores, artistas, estudiantes, travestis, escritores, performers. A pesar de que hay más de dos mil personas, la barra está a ratos casi vacía. Aunque más tarde algunos harán su aparición, es raro ver gente borrada o violenta. No es el alcohol el centro de la fiesta. No es la fiesta una excusa para reventarse. El centro del estímulo es la música.

Sigo recorriendo el edificio y tanteo las pistas. Bailo un par de horas en una, descanso, entro a otra, descanso. Tomo agua de los lavamanos bajitos que están afuera de los baños y me mojo la cara. Llevo recién en un par de horas en esto y no entiendo como algunos están acá desde el día. Los DJs van rotando pero la música no se interrumpe. Es lo único estable. Subo la escalera y evito a un grupo de personas desnudas que se apilan entre sí en un rincón, mientras algunos sacan fotos desde el primer piso.

Son las diez de la noche y hay cuatrocientas personas en la entrada principal del colegio. La calle vibra con la música y la luz de las proyecciones se alcanza a ver apenas. Los cuidadores de autos miran extrañados el desfile de abrigos de piel falsa, brillos, chaquetas Adidas y plataformas. Sale alguien de la organización y grita: “Váyanse a la casa a dormir. Nadie más puede entrar. No caben más.” Hay enojo, ansiedad. Algunos, enfurecidos, empujan el enorme portón metálico que resguarda el interior. “Llevo una hora intentando salir”, me dice Inka en un whatsapp, “Hay una horda de zombis afuera”.

Subo una historia a instagram y al rato me llega un mensaje por interno. “Conozco a los que tienen ese sombrero”. Se refiere a un grupo que lleva boinas como de capitán de barco glam decoradas con bisutería. ”Son un grupo de amigos que se encontraban en fiestas electrónicas”. El entusiasmo los llevó tan lejos que tienen una cuenta de Instagram y una página web, y en la pista llevan una especie de báculo con un enorme corazón brillante en la punta que hace rato se me aparece como el estandarte de una declaración de amor. La difusión de la fiesta se hizo solo por redes sociales. No se invirtió nada en publicidad. Es una fiesta de redes. El boca a boca popularizó el evento al punto que aunque en esta segunda versión los precios de las entradas subieron considerablemente, la fiesta está llena. Compañeros de universidad, conocidos de otros carretes, antiguos compañeros de colegio, primos lejanos y cercanos. De todos modos, adentro era posible encontrarse con cualquier persona que tuvieras en alguna red social.

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El festival reúne un circuito no solo de la música electrónica, sino que de fiestas en general. En este tiempo de intenso trabajo de campo —normal para algunos, brutal para mí— me he cruzado con la misma gente que veo en inauguraciones de arte, lanzamientos de libros, cumpleaños o con los que terminé tomando en La Terraza de Baquedano. Y así también con toda una generación que no conocía en absoluto. Pero algo nos une. Como a todas las generaciones, la música, pero también el carnaval, la purga. Hay una resistencia cultural a través del baile. Recreo convoca y es convocada por la generación del Ritalin, la que vivió su infancia atravesada por la crisis asiática y la depresión colectiva de los años de transición. Los que vivieron la explosión del animé en la televisión abierta, que amenazaba con detonar ataques de epilepsia por la rápida secuencia de luces intermitentes. Pero es también la de la revolución pingüina, el ponceo, la liberación sexual, la recuperación de derechos. Los niños que querían aquietar frente a un televisor o en la sala de clases hoy recorren un Santiago enardecido, que ruega por un poco de catarsis, de goce, de libertad. Un quiebre frenético en una ciudad aletargada. Pero que comienza a despertar.

“El tecno me cambió la vida”, me cuenta Fran cuando salimos a tomar aire. Hace ya unos años se deja caer al menos una noche a la semana en alguna de las fiestas clandestinas que abundan en Santiago. Cuando aún no conocía el tecno, ni tampoco le interesaba, una polola lo llevó a un festival de música electrónica. Esa noche tomó su primer M. “La conexión que tuve con mi cuerpo esa noche reparó asuntos que arrastraba desde niño.” Lleva acá desde las seis de la tarde y piensa quedarse hasta el final. Son las doce de la noche. Fran irradia al menos el doble de energía que yo. Le pregunto si tomó algo. “Todavía no. Más rato, una pasti”, me dice sonriendo. No es la primera vez que escucho una historia parecida. Experiencias donde las drogas, la música, y el baile como una reflexión corporal —como forma de meditación, ejercicio, conexión o catarsis— afectan de algún modo profundo, dan cierta perspectiva. Intento conectarme con esa forma de vivir la fiesta. Afuera hace frío, pero la ropa acá se empieza a hacer pesada. Cierro los ojos y las luces a ratos me traspasan los párpados. No observo a nadie ni siento que nadie me observa. Respiro el aire que los demás exhalan. Siento mi cuello, codos, espalda, cabeza. De pronto pierdo la noción del tiempo.

Ya son las dos de la mañana. La fiesta lleva once horas y le quedan tres más. Muchos llegaron cuando aún era de día y planean ser los últimos en irse. Mi cuerpo no resiste más, y a pesar de que quiero ver cómo termina una fiesta que parece no agotarse nunca, decido dar la noche por terminada. Afuera los que perdieron tiempo en hacer la previa, como una forma de escudarse de la experiencia social y el pudor del baile, comienzan a empujar las puertas y los gritos se escuchan a medida que me acerco a la salida. Afuera nos recibirá el frío, las luces estáticas del alumbrado público y el aire seco del valle de Santiago.

Kati Lincopil

Kati Lincopil

Independencia, 1989. Estudió Teoría e Historia del Arte en la Universidad de Chile. Librera. Editora y co-fundadora en revistadesastre.cl
Kati Lincopil