DESASTRE RECOMIENDA | “Pasión por enseñar” de Gabriela Mistral | por Tomás Henríquez

Cuesta encontrar superlativos que la describan. Porque Gabriela Mistral ante todo fue un milagro. Uno de los pocos que ocurren en esta tierra. Y por eso cuesta tanto dejar de tirarle flores. Porque lo tenía todo para perder. Para terminar siendo otra de las tantas omitidas por la historia. Era mujer y de provincia, en un país tan machista como centralizado. Pero hizo de la adversidad, una ventaja. Y le puso palabras a un paisaje tan exuberante como también pobre, injusto, y forzado a la ignorancia. Y aunque su época la ignoró por ser mujer, hasta el último día ella no claudicó. Murió con los honores que merece solo quien con genuina humildad vive. Luego la dictadura redujo su figura a la de simple e ingenua profesora de niños. Por décadas se omitió a la rabiosa, a la oscura, a la mística, a la que hizo fluir torrentes de poderosa reflexión americanista. Y aunque hoy haya consenso en la necesidad de releerla, y tratar por fin de hacerle justicia, el exceso de entusiasmo hace que todos, y con justa razón, quieran tener su propia versión de la Mistral. Allí está la profesora, la feminista, la político, la ecologista, la queer, la liberal, la anti-comunista.

Por eso es tan importante la publicación de “Pasión de enseñar. Pensamiento Pedagógico” (Ed. Universidad de Valparaíso, 2017). Porque aquí es ella misma la que habla. Se trata de un compilado de cartas, discursos, apuntes personales, o textos publicados en la prensa, en diversas antologías, algunos incluso inéditos, la mayoría en prosa, los que si bien datan de hace ya casi un siglo, mirados en perspectiva, poseen una actualidad abismante. En ellos la Mistral entra en el debate de la educación y las políticas públicas. Y lo hace con argumentos difíciles de rebatir. Da cuenta de aquella figura de intelectual público, de enorme poder argumental, de carácter a veces arrebatado, colérico, iracundo, pero que intentó cultivar siempre, sin perder astucia ni ternura, de forma paralela a su oficio de maestra y poetisa.

Gran noticia este lujo de libro. Editada por Ernesto Pfeiffer y Cristián Warnken, y con ilustraciones de Roser Bru, llega ya a su tercera edición en menos de dos años. En él indaga sobre la relación de un profesor en el aula, describe su propia experiencia pedagógica, y más particularmente, su trabajo en México. De esta forma busca restituir al profesional de aula la dignidad que merece. El enseñar, nos dice Mistral, posee una enorme dimensión estética que toda maestra debe perseguir, sin perder el sentido práctico, pues allí habita un estrecho vínculo entre amor y responsabilidad. La educación sin poesía es letra muerta. La pedagogía es un arte y cada clase una pequeña gran obra. Por que tal como alguna vez ella misma lo dijo, para mejorar la educación se necesita tener profesores felices. Esto que parece una perogrullada, de una sensatez hasta ridícula, parece no obstante ser la piedra filosofal que los supuestos expertos en educación se han obstinado en no querer encontrar.

Amargo país el nuestro en el que enseñar parece ser un acto de heroísmo, acaso excéntrico, de silencioso y anónimo compromiso, cuyos resultados aparecen con mucha suerte a tan largo plazo que resulta vano esforzarse por hacer un tantito más. Tras el imperativo de bingos, subsidios y salvavidas subyace la idea de que cualquier gesto que fortalezca el patrimonio educativo del país es más un acto de caridad que una obligación. Triste paradoja, pues si en su época la Mistral fue ningunueada hasta el hartazgo, hoy su nombre incluso sirve para adornar discursos políticos con los que precisamente se justifica el paulatino abandono, la precarización y el descarnado negocio que para algunos significa la educación pública. Porque muchos dicen haberla leído, muchos la citan en discursos, la recitan en sus clases, pero pocos realmente la honran, como debe honrarse la memoria de quien se admira. Haciendo de su escritura y pensamiento, acto vivo.

“Pasión de enseñar. Pensamiento Pedagógico” es un libro inspirador, necesario, de una lucidez sorprendente, y en el que su autora da cuenta del enorme poder que tiene como prosista, de su vasta experiencia en el tema, de su imaginación desmesurada, pero ante todo de su ética. Porque de qué otra forma, nos dice, sino con el ejemplo es como un profesor enseña. Y sentencia: un maestro que deja de estudiar ya no es digno de su oficio. Estamos ante un libro que todo aquel que se digna de profesor debiera leer. Pero no por decir nada nuevo, sino por decirlo con la agudeza, la sensibilidad y la destreza con el lenguaje que solo alguien como ella, una maestra de escuela rural, que vivió de cerca los triunfos y las derrotas de la educación, puede saberlo. Por eso cuesta tanto olvidar a Gabriela Mistral. Porque a pesar de la ingratitud que sufrió, pasó a la historia y terminó siendo un milagro que ya quisiéramos se haga costumbre. Porque su escritura pulsa una memoria irrefrenable que mezcla tanta errancia y rebeldía, como responsabilidad y amor por un oficio vital. No en vano, sin exagerar, se le suele asignar un título que si bien nunca buscó, posee por mérito propio: ser la gran maestra de Chile.

Pasión de enseñar. Pensamiento Pedagógico
Gabriela Mistral
Ed. Universidad de Valparaíso, 2017
349 Páginas.